Ir a elecciones es como montar un dragón

Economia
Lectura

Ir a elecciones es montar un dragón. Sabés como empieza, no cómo termina y si lo que hacés va a funcionar. Tampoco se aprende en ninguna academia. Es la fascinación que

tiene la política en ciertos ánimos. Quienes miran Game of Thrones aprenden allí las mancias del poder, que intentan aventar la incertidumbre. Daenerys Targaryen lo invitó el domingo anterior a Jon Snow a cabalgar sobre el dragón. “No se cómo se monta un dragón”: (Snow: I don’t know how to ride a dragon. Daenerys: Nobody does. Until they ride a dragon.) Arrinconados por las desgracias encadenadas de la economía, oficialismo y oposición apuestan a que se repita aquel clima de hace cuatro años, cuando el resultado de las elecciones presidenciales salió de una timba en la que el ganador se impuso por poco más de dos puntos en el ballotage. La incertidumbre que surge de ese cuadro explica los movimientos de unos y otros. Pero el resultado de octubre seguramente saldrá de la puja entre la realidad y la burbuja, que inflan los campañólogos para instalar un futuro que nadie tiene en sus manos. Alimenta el desconcierto de la oferta explicativa de la política, que el gobierno apueste a un formato de campaña que insiste en modelos extraños de apelación al público, que se apartan de las recetas convencionales. El manual de autoayuda indica que un presidente con estos niveles de inflación, de bajo prestigio en las encuestas, saliese por cadena nacional, cambiase el gabinete, llamase a la oposición y mandase al Congreso tres grandes leyes. Para recordar el retablo que fascina a los memoriosos, Raúl Alfonsín anunciando, juntos, reformas junto a Antonio Cafiero en 1988. Ese formato los arrastró a los dos. Macri prefirió deslizarse como el rey de los youtubers en un videíto mal filmado, y que apuesta a esa idea de que el gobierno sabe leer la realidad con oídos que nadie tiene, y según unos mecanismos de escucha de la conversación de la sociedad que sus adversarios no entienden.

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En política, la historia es maestra de vida

Los resultados de las elecciones provinciales (generales de Neuquén y Río Negro; PASO de Entre Ríos, Chubut y San Juan) demuestran la fragilidad del estereotipo según el cual el país vota mirando los canales de TV de la Capital o leyendo los diarios metropolitanos. El cristinismo, antes de las elecciones en las dos provincias patagónicas, parecía amenazar al oficialismo del MPN o de Alberto Weretilnek. Ni por asomo alcanzaron a hacerle mella. Tampoco le cambió la suerte a los partidos que integran Cambiemos por allí, que están lejos del poder desde hace años. En Entre Ríos este estereotipo tampoco permite entender cómo, en la provincia predilecta del ministro más poderoso de la Argentina, Rogelio Frigerio, el peronismo de Gustavo Bordet diera vuelta el resultado de las legislativas de 2017, en las que Cambiemos había ganado con comodidad. Aquel 52,97 a 37,98, viró al 58,15 a 33, 65 de este año. Estos resultados interpelan la climatología de campaña que ganó terreno en el último mes, según la cual el gobierno está condenado a una derrota en las elecciones de octubre. Ese ánimo entusiasma a la oposición y refugia al oficialismo en: 1) la estrategia de la victimización, o sea recordarle al electorado propio los daños que pueden venir en caso de que pierda el poder; 2) la memoria: si uno revisa las encuestas de intención de voto del primer semestre de 2015, todas vaticinaban un triunfo de Daniel Scioli por más de diez puntos por sobre Macri, acercando la ilusión de que el peronismo podría ganar las presidenciales en primera vuelta.

En la desesperación, agarran la bicha con la mano

El plano inclinado no ayuda a nadie. Por Olivos pululan los arúspices que sacan conclusiones sobre el rostro del presidente, psicólogos de ocasión que sacan conclusiones o hacen futurología mirándole el rostro y contándole las canas a Macri. Como si esa imagen no fuera también una fabricación de sus peluqueros y maquilladores, oficios que ganan terreno a medida que se acercan las elecciones. Lo mismo hacen quienes observan por los pasillos del Instituto Patria cómo puede afectar las decisiones de Cristina su suerte judicial o, algo más delicado, la salud de su hija. Ella prolonga el juguete rabioso de los políticos, que es demorar en decirle al público si será o no candidata, un entretenimiento para movileros, que es funcional sólo a una fantasía de campaña que alimenta el gobierno: que su destino depende de una polarización extrema entre ella y Macri, como si fuera posible inventarlo en un laboratorio, y no de una fatalidad de la realidad, que nadie puede manejar. Eso es tan artificial como ese mensaje que sale de Olivos, que afirma que las medidas del paquete del jueves van en contra el ánimo presidencial, que no le gustan y que las admite a regañadientes, como si fuera un académico del CEMA, frente a recetas de keynesianismo variado. Los políticos agarran la bicha con la mano cuando el agua amenaza con taparlos, porque siempre la gobernabilidad se impone por sobre los programas. Mantener el poder es el objetivo del político; después decidirá para qué lo quiere.

Lecciones en Olivos, patriotas vs. populistas

El clima enrarecido por el campañismo explica escenarios como el de Olivos el miércoles de los anuncios, que transcurrían al mismo tiempo que Macri escuchaba una clase a solas del economista Miguel Bein, quien había caído esa mañana por ahí, invitado por el presidente para dar una charla al gabinete. Se encontró que todos estaban en otra. Los ministros clave estaban entre el gabinete y la conferencia de prensa, y el visitante se encontró a solas con el presidente y su cuadernito, ése en el que anota todo lo que escucha como si lo revisase todas las noches. Nunca se sabrá de qué hablaron. Bein es el inventor de esa idea que repite Marcos Peña de los años pares e impares. Los pares son para los patriotas, responsables de gobernar para el interés público y el largo plazo, tomando medidas antipáticas y necesarias. Los impares son para los populistas, que tienen que tomar medidas que aseguren su gobernabilidad, porque las elecciones ocurren en años impares. Macri tuvo esa mañana una exposición de los fundamentos de esta hipótesis directamente de su autor, que las expresa en ocasiones en términos futbolísticos: “Este es un año bilardista, resultadista, lo importante es ganar. Nada de ‘jogo bonito’, olvidate de otra cosa”. Macri anota puntual y con el rostro pregunta cuál es la receta: no jodan con las paritarias, no les pongan topes, dejen que la gente tenga plata en el bolsillo. El visitante tiene ejemplos para justificarlo. ¿Acaso no es lo hizo en 2017 María Eugenia Vidal, que se saltó en aquel año el tope que ponía Olivos del 17% y se fue al 24? ¿Cómo creés que ganó? ¿O cómo creés que Scioli hizo la elección de 2015? Cristina hizo lo mismo. Es la ley de los años impares, planchá tarifas, frená el dólar y ponele plata a la gente. Eso es economía política, y no lo que indican los mercados, que seguramente se van a enojar si vos mandás la plata del pago de los bonos al gasto electoral. Pero los mercados no te votan, te vota la gente y la gente es la población que no tiene por qué entender el largo plazo, las inversiones. La respuesta, después de anotar, era el gesto de “es lo que estamos haciendo”. Como dice el lema oficial, hacemos lo que hay que hacer.

Ahora, turno en el escenario para los socios de Cambiemos

¿Llegaba tarde la explicación? Este coaching personalizado de uno de los expertos más escuchados sobre economía política expresa el final del debate en el gobierno entre: 1) los ortodoxos que creen que el plan es bueno y, como los hornos, auto limpiantes, que es perfectivo en sí mismo y que va a dar resultados antes o después. Esto es Macri en el CIPPEC diciendo que cree en la salida de la crisis con las mismas reglas con la que comenzó. Casi una jactancia intelectual y 2) Los intervencionistas, que creen lo mismo, pero que afirman que no hay tiempo y que el tiempo lo da la política. Macri, que escucha y escucha, les dio espacio a los intervencionistas, pero halagando a los ortodoxos. Casi un político, que además les hace caso a los aliados. Desarmó el martes por la tarde el escenario previsto para el lanzamiento, y desbarató el formato de salir a anunciar medidas rodeado de los cinco gobernadores de Cambiemos, tres de los cuales son radicales. No ayudaban mucho, cualquiera fuera el resultado del programa. Los críticos dirán que fue una imposición de los radicales, y ni qué decir si las medidas no funcionan. Los convoca para esta semana, el martes seguramente, que es además el día de la reaparición de Elisa Carrió, para intervenir en la campaña en Córdoba. Será también el tiempo para saber cuál es el formato de su acuerdo con Martín Lousteau, a quien ha exhibido como participante en tertulias privadas y públicas. Macri tiene tecnología de sobra para la manipulación del oro, y mide adecuadamente la semiología de sus movimientos. En algo andará con Lousteau y eso es parte del rearmado del Partido del Ballotage para las elecciones de octubre.

La otra obsesión, la fórmula presidencial

Estos pergeños proselitistas conviven con hondos debates estratégicos que el Gobierno también sumerge en el sigilo. El principal que se libra es sobre la integración de la fórmula presidencial. La ansiedad crece, porque se ha impuesto en elGobierno la idea de que en 2015 no había quien le sumase a Macri más votos que lo que él podía acercar. En 2019, Macri necesita quien le sume. La segunda convicción es que en 2015 la vice debía ser una mujer —Gabriela Michetti—, un símbolo de diferenciación positiva, que tenía sentido como mensaje político. En 2019, después del debate sobre la despenalización del aborto, la señal del sexo ha sido superada por la señal del género, porque la sociedad de las mujeres se ha divido en torno al aborto. Para decirlo de otro modo, la dialéctica ya no es hombre-mujer, sino verde-celeste. Desde esta lectura, si Macri es candidato a presidente, tiene que llevar de vice a alguien que no sea del todo celeste, como él, sino que llame moderadamente a los verdes. La base de este argumento es que el aborto se va a convertir en un tema de campaña y que todos los partidos lo van a buscar, como marca de identidad. Esa dialéctica aparece en la franja del voto de la derecha, espectro en donde el grupo que sostiene al economista José Luis Espert ha tomado distancia del que patrocina una candidatura del ex militar Juan José Gómez Centurión, porque éste se ha pronunciado como un candidato proVida junto a un conjunto de partidos identificados con la causa antiabortista. Espert, un liberal, se ha dicho a favor de la despenalización del aborto. Este debate ocurre en una franja minoritaria del electorado, que hasta ahora Cambiemos tenía como propia. Pero en tiempos de sequía todo voto vale mucho. El 24 de abril el juez federal de San Luis, provincia en donde está radicado el expediente, le dará la personería al Partido Demócrata Nacional, después de años de trabajo hormiga por parte de los conservadores de todo el país, por recuperar esa marca partidaria. Abundan los dirigentes de esa militancia que se sienten atraídos por la oferta de Espert, Gómez Centurión y la construcción que puedan ampliar con Ricardo López Murphy, Darío Lopérfido, Roberto Cachanosky y otros. No están para romper las urnas, pero el Gobierno se pone ansioso ante esos “brotes verdes”, que son los únicos que crecen.