El gobierno y la oposición en estado gaseoso

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Gobierno y oposición comparten muchas condiciones, entre ellas el estado gaseoso de su formato. La administración de Cambiemos cubre su retirada con tumultos que procura embozar detrás de prolijas fotografías de

conjunto, como la de la mesa política que mostró Macri con los aliados y sin ya los funcionarios de su gobierno, como Marcos Peña ni Rogelio Frigerio. Tiene sellos de goma, pero no futuro — es decir poder y lapicera. El peronismo comparte el estado gaseoso, tiene el futuro que le da el resultado electoral, pero no tiene ni los sellos ni la lapicera para salir de ese estado que se define como una de las fases de la materia —el gas— que los físicos caracterizan como moléculas no unidas, expandidas y con poca fuerza de atracción, lo que hace que los gases no tengan volumen ni forma definida. La etimología de la palabra “gas” remite a “caos”. Como la Argentina vivió ya en 2001 el caos que arrasa a la región, el sistema resiste y les permite a oficialismo y oposición pasar este interregno entre las elecciones y el 10 de diciembre haciendo ejercicios precompetitivos que anuncian manera de gobernar y de ser oposición. El clima de transición enrarece todo. Macri nunca dejó un gobierno. Tiene que aprender esa bolilla. Alberto no es un político, no sabe que tiene la manzana rodeada. Si sigue echando nafta a los insurgentes de La Paz y de Santiago de Chile se le va a encender la pradera, como decía el proverbio que repetía el legendario Mao Tse Tung para anunciar la revolución (“Una sola chispa puede incendiar la pradera”). Estos movimientos merecen algo de lupa porque son ensayos de gobernabilidad sin aún los poderes para gobernar.

Cristina comenzó a gobernar por tuit

Lo más estridente ocurrió el miércoles 13 a mediodía, cuando hubo que datar el primer acto del gobierno nonato de Cristina de Kirchner como vicepresidente. Fue el desconocimiento de la senadora Jeanine Áñez como presidente suplente de Bolivia. El medio fue la herramienta de acción pública que adoptó desde que dejó el gobierno: a las 12:03 de ese día, desde La Habana, con el auxilio de vaya a saber qué equipo de crisis —si uno propio, a la distancia en el Instituto Patria, u otro provisto por los anfitriones de la isla— le marcó la cancha a todo el peronismo. Alberto Fernández no estará como presidente a tiro de decreto, como cuando era jefe de Gabinete de Ministros. Pero si estará a tiro de tuit. Cada crisis que enfrente en el futuro, cada decisión o toma de posición, estará observada por un tuit vicepresidencial. Tendrá que acostumbrarse y va a ser la forma de participación de la presidente en el nuevo cargo. Nadie la imagina en un despacho rodeada de expedientes, aunque sí ejerciendo el control con la crueldad del gato maula con el mísero ratón (Celedonio Flores, “Mano a mano”, tango). Es comprensible el método, por el grado de dispersión que tiene el nuevo gobierno en el debate sobre qué hacer y con quién. La afición de los políticos débiles por el secretismo sobre sus proyectos favorece la inestabilidad de las moléculas que, como dice la física acerca del gas, hace que tengan poca fuerza de atracción, no tengan volumen ni forma definido, y se expandan libremente hasta llenar el recipiente que los contiene. Ese recipiente estará listo recién el 10 de diciembre.

Lamento boliviano

El Gobierno también camina con tanteos que lo muestran en estado de informalidad y dispersión. Se mueve con objetivos que, es esperable, responden más a situaciones personales o de grupo que a los de un conjunto con liderazgo y objetivos firmes. Ha perdido del poder, es decir el futuro, y cada cual busca una salida con la mejor cobertura. El tratamiento del caso Bolivia lo demostró. Cuando uno pregunta en el área presidencial por qué Macri se metió él solito en el debate zonzo de que si fue golpe de Estado u otra cosa, responden que quiso ser coherente con el alineamiento con Estados Unidos. “No me peleen con Estados Unidos”, era el mensaje. Un político con visión estratégica, y en la situación migratoria de Macri, debió condenar con las palabras más estridentes la salida de Evo como un rechazo de toda intromisión institucional, y se hubiera puesto al frente de las condenas. Por el contrario, calló y explican por allí que buscó ser coherente. ¿Ante qué clientela? La propia. ¿Para qué, si ya la tiene consigo? Es algo que puede valer en el futuro, es la explicación-consuelo. A menos que haya sido una salida personal movida por la herida que le significó a Macri que Evo en las campañas electorales de su país usase el lema “Mesa es Macri”. El boliviano empleó el caso de la crisis argentina con la misma intención que acá Cambiemos usaba el emblema de Venezuela.

El peronismo llega tarde

Con esa actitud el Gobierno se comió la querella del peronismo, que advirtió la ventaja de hacerle admitir al Gobierno que era un golpe de Estado, para inducirle la necesidad de defenderlo a Evo, algo que hubiera devaluado más a Macri desde el sintagma: si el golpe es malo, Evo es bueno. La crisis le sirvió a Alberto para darle funcionalidad a la candidatura de Felipe Solá, el Caballero Audaz, como canciller. Con ese traje se movió el exgobernador en el Congreso, negociando una declaración de repudio con el actual oficialismo, que fracasó y le dio titulares al peronismo de derrota al oficialismo. Es importante porque las sesiones en Diputados y en el Senado del jueves fueron el debut de los bloques como oficialismo (el peronismo) y oposición (Juntos por el Cambio). Una rareza a la que ayuda el estado gaseoso de las formaciones respectivas, y ese clima extraño que campea en la colectividad política. Hombres con lapicera sin tinta, lapiceras listas a firmar no saben dónde. La ventaja para el peronismo fue recuperarse del golpe de la salida de Evo justo cuando sesionaba en Buenos Aires la ONG grupo de Puebla, una especie de PAMI del tercerismo latinoamericano, que agitan expresidentes que van por la vuelta. Conmueve este intento de recrear la foto en sepia del club de amigos de Néstor, a quienes los gobiernos Kirchner embocaron en sus intereses. A Ricardo Lagos le cortaron el gas, a Tabaré le cerraron los puentes por las pasteras, a Dilma le plantearon una guerra comercial por asimetrías que no se ha cerrado, con cierre de las fronteras a productos de un lado al otro. Llega siempre tarde el peronismo. Ahora llega tarde a recomponer la relación con estos jubilados de la política. Como antes llegó tarde a la lucha por los derechos humanos. En 1983 aceptaban la amnistía de Bignone y rechazaban integrar la Conadep de Alfonsín. Despertaron 20 años después. Tampoco se entiende bien cuál es el rédito para un gobierno que comienza, tamaño compromiso con el túnel del tiempo. Como dice un peronista con recorrido: acá falta un toque de Jorge Taiana, el resto son aprendices.

Dudas de protocolo

Hasta ahora la candidatura de Solá eran promesas periodísticas, además de las consultas informales que hace en su nombre, en la cancillería, el exembajador Pablo Tettamanti. Este funcionario tiene relación con la burocracia saliente porque está en los equipos del G20 y es ahora el enlace del nuevo gobierno con la Cancillería. Los vasos comunicantes entre un gobierno y una oposición en estado gaseoso despiertan tramas que entretienen, un consuelo si la situación no fuera crítica en esta transición. Por ejemplo, quién hará las invitaciones al acto de asunción de Fernández. La lista la suele hacer el gobierno que se va, a pedido del que viene. Pero el Gobierno hasta ahora no ha recibido ninguna solicitud. Se preguntan con una sonrisa, ¿quieren que invitemos a Maduro o a Guaidó, a Evo o a Áñez, a Lula o Bolsonaro, a Mujica o a Lacalle? Recuerda a aquella ardida transición de 1975 en España. Había muerto Franco y lo tenían invitado al sepelio a Pinochet. Nadie quería saber nada con él, y menos el rey que asumió, que terminó haciendo dos turnos de transición. Lo más probable es que no haya invitaciones formales, aunque sí presencias callejeras o en los santuarios y parrillas del oficialismo. Hasta ahora lo único que se sabe de eso lo contó el jueves a un grupo de empresarios en el Alvear el artesano Juan Carlos Pallarols: lo llamó Alberto para pedirle que en el bastón que está elaborando para este acto incluya una leyenda que diga “Argentina de pie”. Estamos salvados.

El dominó de la democracia

La reticencia de Macri a salir con una declaración de condena, que le evitara el debate “golpe sí, golpe no”, hirió a los radicales. Gerardo Morales, como si no tuviera muchos problemas, debió intervenir para que se auxiliase a la embajada de su comprovinciano Normando Álvarez García en la protección de funcionarios de Evo, cuya seguridad peligraba. La misma noche de los hechos, ya tenía a un ministro, mientras en Buenos Aires hacía decir que no había asilados, como si la designación de asilado o refugiado fuera importante. El embajador cumplió con esa protección, pese a que recién a los cuatro días le mandaron la decena de gendarmes que había pedido para vigilar la sede diplomática. En este punto Olivos fue vencido por la posición del radicalismo, que navegó una declaración que se llevó al Congreso, en repudio de todos los golpes. Macri allí tuvo que convencerse de que la política exterior de estos aliados era la más sólida. El texto se discutió con legisladores de los dos interbloques sobre un borrador elaborado por la Fundación Alem, think tank de los radicales, que apeló a la tradición de Raúl Alfonsín como constructor de la democracia continental y su teoría del dominó democrático de la región. Sin democracia en los vecinos, decía Alfonsín, no habría democracia segura en la Argentina. Por eso Alfonsín auspició y hasta subvencionó a los opositores a las dictaduras de la región, que entraron en transición a lo largo de la década de los años 80. Uno de los expertos de la Alem, Jesús Rodríguez, dedicó a esa historia del “dominó democrático” de la región uno de los capítulos del libro “Adelante radicales”, compilado por Andrés Malamud. Este cruce es un festival del radicalismo burgués, producto del peronismo para la ciudad en donde Macri ganó por más de 16 puntos, 52.38 a 35.63, el resultado inverso al de PBA, que fue por el mismo porcentaje a favor de Alberto: 52.13 a 35.93. Radicalismo burgués es gobernar por derecha, acordando con Donald Trump a través de Elliot Abrams —uno de los lanzallamas de Washington), con quien se reunió Alberto en México, y a la vez halagar a la izquierda con fotos con Lula y Pepe Mujica.

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