Sujeto político, ¿una utopía?

Opinion
Lectura

En teoría, la  democracia es el régimen que posibilita al individuo  transformase  en sujeto político.Por Ernestina Gama

 

 Este sujeto es el que  se interesa en trascender del ámbito individual al  ámbito colectivo, en pasar del ámbito privado al público y se interesa también por  participar en forma responsable  en la construcción y transformación de su propia realidad  y la de su entorno. El sujeto político autónomo, solidario  y responsable se construye  a partir de un recorrido  entre ambos espacios y luego convive en una simultaneidad  entre  las dos esferas sin confundirlas y manteniéndose en esa tensión sin abandonar las reglas.

 

El Estado como forma de organización política está  dotado de poder soberano e independiente, que integra a  la población de un territorio. El Estado Democrático garantiza  el respeto a  las libertades civiles y está administrado en sus distintos organismos, por sujetos políticos. Es impersonal ya que el estatus de ciudadano con sus gobernantes no depende de  vínculos personales de parentesco o de amistad. Es de suponer que los que se encargan de la administración del Estado llegan por méritos, formación o conocimientos técnicos.

 

Hasta acá la teoría, lo deseable.  

 

Vale aquí introducir  una observación del incisivo Jorge Luis Borges  reflejada en una frase:

 

“El estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho, no lo justifico o excuso”

 

Esta mirada hace que nos preguntemos si podemos albergar la esperanza de alcanzar alguna vez niveles  de transformación de cultura ciudadana  para acercarnos a estas pautas y  para poder conseguir verdaderos sujetos políticos  que puedan convivir en un estado de derecho respetando  las leyes. Hasta ahora los habitantes del país se han mostrado  indolentes ante lo público e indiferentes ante  la corrupción cuando no, partícipes.

 

Esa confusión que hace que los dineros públicos se deslicen hacia patrimonios privados por el sólo hecho de administrarlos, produce un permanente estado de  malversación, tanto  de plata como de valores. Administrar da poder y ni bien se le toma el gusto produce adicción y  hay que retenerlo mediante   sistema de alianzas o complicidades que  se alimentan del reparto del botín a espaldas de la ley. Resulta una costumbre dispendiosa que además y a cualquier precio necesita satisfacer el deseo de todos los estamentos de la sociedad para así posponer el juicio y alimentar la indiferencia de los que cada tanto los convalidan con su voto.

 

Una relación complementaria de amos y de esclavos. Es en épocas de bonanza, real o ficticiamente sostenida, cuando  probablemente  cada uno pretenda perseverar en su rol. Durante las épocas de abundancia, cuando el ciudadano de nuestro país tiene excedentes que le permiten consumir más de lo necesario, en esa relación personal con su deseo no hay escollo que se le interponga. Con las defensas altas, no queda espacio para reflexionar si su conducta  significa un salto al vacío para los tiempos que siguen y mucho menos para protegerse de  ese virus llamado corrupción.

 

En épocas de bonanza no se invierte pensando en el largo plazo, no se educa en una cultura de la austeridad para que los frutos de ese bienestar se sostengan en el tiempo. No se educa en ningún sentido y los grupos  postergados están desvinculados  de la idea de formar un ciudadano que pueda participar en las decisiones que lo llevarían junto con  su entorno a situarse en una corriente social ascendente. Lejos de eso, se lo incita al consumo de  lo inmediato, al placer de lo fácil.

 

Esas clases más sumergidas, acostumbradas a la dádiva y vivir en la indolencia no están adiestradas para pensar en la posibilidad de convertirse en sujetos políticos ya que esa figura no existe  en su universo conceptual.  Ese sujeto con estados de precarización intermitentes ni siquiera es consciente de que en relación a sus ingresos es un gran contribuyente ya que sin capacidad ni cultura del ahorro todos sus oscilantes beneficios van directamente a consumo con un gravamen  demasiado  alto en términos relativos.  Si lo advirtieran tal vez reclamarían por el uso que se le da a lo que ellos aportan.

 

Pero las épocas de escasez llegan directamente proporcionales a la ficción con que ha sido sostenida la bonanza. Y es  el desconsolado bolsillo de cada uno el que limita el deseo. Ante la potencia limitada aparece  el miedo y la percepción de la precariedad de nuestros anticuerpos éticos. Alguien con sus tropelías fue el culpable  de nuestro estado, jamás nuestro descuido y ceguera. Y es en este punto en que la observación de Borges alimenta el escepticismo de todos aquellos que   nunca abandonan  la mirada crítica y que vaticinan el desastre.

 

El 20 de junio, día del festejo de nuestra insignia patria, unos cuantos ciudadanos  nos juntamos frente a los Tribunales reclamando decencia, en todas sus acepciones. Casi no asistieron jóvenes menores de 45 años. Lamentable la proyección de esta demanda  corporizada en gente que en su mayoría había cruzado  la mitad de la vida, hizo de este reclamo  un vacilante deseo para legar a futuras generaciones en ese momento ausentes.

 

Qué puede esperarse de esta falta de participación de los más jóvenes  en temas que nos atañen a todos. Es trillado decir que la corrupción es una mancha que se extiende contaminando hasta los intersticios menos visibles. La corrupción es extorsiva porque aún sin quererlo, si no se tienen convicciones y conocimiento suficiente hace caer en su redes hasta a los mejor intencionados.

 

Es fundamentalmente la ignorancia,  la falta de cultura cívica, el descuido de las reglas, hasta de las más elementales,  las que deshilachan la convivencia y el tejido social. Las que dificultan reconocer al otro que integra junto a cada uno de nosotros una trama que forma la comunidad republicana y democrática. 

 

*escritora y Directora de con-texto

 

fuente gentileza de con-texto