Atravesamos semanas muy interesantes y, de a ratos, dramáticas. El ataque a balazos a dos personas ligadas a la actividad pública (un diputado nacional y un funcionario), a metros del Congreso de la Nación generó en primera instancia la sensación ominosa de que estallaba una nueva etapa de violencia política.Por Jorge Raventos

La necesidad tiene cara de hereje: a Mauricio Macri le disgustan ideológicamente los acuerdos de precios, los subsidios y, en general, cualquier mecanismo político que perturbe a la (a menudo hierática) mano invisible del mercado...Por Jorge Raventos- Envío especial Total News-TNA-


... pero el próximo miércoles, veinticuatro horas después de que el INDEC revele la inflación del mes de marzo (en torno al 4 por ciento), él anunciará una batería de disposiciones, convenios y acciones políticas tendientes al menos a exhibir que su gobierno hace algo para ordenar la desbocada economía doméstica que sufren los argentinos. El Presidente seguirá repiténdoles su mantra sobre el “único camino posible, sin atajos” (que el sarcástico Jorge Asís define como: “Tienen que morirse patrióticamente de hambre. O mejor: No tenían ningún derecho al esparcimiento, ni al aire acondicionado, ni a los churrascos”), pero, por si la elocuencia de las encuestas no bastara, los propios gobernadores de su coalición le han recordado a Macri que este es un año electoral, que dentro de seis meses se juega el poder en las urnas y que toda regla merece su excepción. Así, el Presidente se ve forzado a practicar el marxismo (de Groucho): aquellos son mis principios; si no les gustan, aplicamos otros.


La debilidad del duopolio polarizador


Quizás no se ha reflexionado suficientemente sobre los resultados de los procesos electorales provinciales que ya se han concretado en el país. Si se los estudia con atención y sin preconceptos, esos pronunciamientos democráticos ofrecen indicios más ricos que muchas encuestas para palpitar la pulseada política nacional de octubre y noviembre.

Hasta el momento se ha detectado algo cierto (y obvio): tanto en los casos en que se ha elegido gobernador (Neuquén, Río Negro) como en las primarias que preparan esa definición triunfaron los oficialismos: el sapagismo neuquino y el “rionegrismo” que conduce el gobernador Alberto Weretilneck (a quien un fallo de la Corte Suprema le cerró la puerta de la reelección, pero transfirió su influencia a una candidata de su misma línea) ya aseguraron su continuidad. Por su parte, el gobernador Sergio Uñac triunfó abrumadoramente en las PASO sanjuaninas y se proyecta a la reelección en la elección del 2 de junio, mientras en las PASO chubutenses se impuso el gobernador Mariano Arcioni, que sucedió al fallecido mandatario peronista (no K) Mario Das Neves y aspira ahora a sucederse a sí mismo.


El factor federal


El rasgo más significativo de todos estos procesos no reside sólo en que triunfaron los oficialismos, sino que en todos los casos la victoria correspondió a fuerzas locales, independientes no de la política nacional, sino del duopolio polarizador que encarnan el macrismol y el kirchnerismo.


En todos los casos, esas líneas polarizadoras fueron desplazadas a los márgenes del espectro político. Cambiemos salió tercero en Neuquén (con menos del 14 por ciento de los votos) y en Río Negro arañó el 6 por ciento. En ambos casos el gobierno se resignó a celebrar no su propia performance, sinoel premio consuelo de que el otro polo (el kirchnerismo) no pudiera acreditarse un triunfo.

En rigor, ni en Neuquén ni en Río Negro compitieron fuerzas estrictamente kirchneristas: ni Ramón Rioseco ni Martín Soria son feligreses de la señora de Kirchner. En el caso de Soria, él mismo tomó distancia de la expresidente, Si bien se mira, esa diferenciación es otra señal de que el electorado no quiere acompañar a los polarizadores, busca navegar lejos de la llamada grieta.

Aunque los procesos ya ocurridos tuvieron como escenarios distritos de menor influencia relativa, los triunfos localistas están apuntando a un factor que inevitablemente ganará protagonismo en los próximas etapas político-institucionales: el factor federal.

A los procesos ya mencionados hay que sumar la evidente influencia que despliegan los gobernadores, tanto en el peronismo alternativo (peronismo federal), como en la propia coalición oficialista, donde los gobernadores radicales y en no menor medida los del Pro son los que están impulsando modificaciones en el rumbo del gobierno.

Los gobernadores justicialistas conforman el eje del proceso de reorganización partidaria y de superación de la etapa kirchnerista.


La liga de gobernadores oficialistas


Los gobernadores oficialistas necesitan pensar más desde la función que desde sus lógicas partidarias, aunque tengan que hacerse cargo de éstas.

Los de origen radical quizás sienten, como sus correligionarios sin poderes territoriales, que el Pro es una competencia que invade su público tradicional. Y que su núcleo duro alienta el propósito de reemplazar a la UCR como partido de la clase media. Sin embargo, no por eso tienen vocación de pelear ahora con el gobierno de Macri, sino más bien de corregirlo y ayudarlo a ganar en octubre. Y allí convergen con sus colegas del Pro.

Por ejemplo, Horacio Rodríguez Larreta, uno de los gobernadores del Pro y miembro nato de la mesa chica de Cambiemos, hace rato que considera que el gobierno debe afinar el rumbo y encarar variantes realistas. El -como María Eugenia Vidal- ve que la combinación de intransigencia y tropiezos del Ejecutivo nacional erosiona el capital político común y afecta sus posibilidades en el propio distrito. María Eugenia Vidal consiguió que el Presidente dictara un controvertido decreto que modifica normas electorales para obstruir la tentación opositora de coincidir en un candidato único a la gobernación bonaerense.

Rodríguez Larreta, por su parte, admite como posible y hasta virtuosa una fórmula presidencial Macri-Martín Lousteau, que contribuiría a tranquilizar a los radicales, le agregaría energía electoral a la coalición (Lousteau es un político que “mide bien”) y, en su caso, eliminaría el riesgo de que el ex embajador en Estados Unidos vuelva a desafiarlo a él en la Ciudad Autónoma, donde estuvo a punto de dar el batacazo en el ballotage de 2015.

Lousteau -como los radicales, en general- mañerea y usa la irrupción de Roberto Lavagna como instrumento que mejora sus capacidades negociadoras: alterna sus almuerzos en Olivos con extensos meriendas con el “protocandidato”.

Más allá de lo que condicionan las necesidades electorales, lo relevante es que el cerrado entorno que ha ido rodeando al Presidente (y muchas veces ha aislado al gobierno) se ve forzado a abrirse por presión de sus gobernadores. Los de la Unión Cívica Radical hicieron punta en el reclamo de medidas económicas más amigables con los votantes. El Ejecutivo predica contra esas concesiones pero ahora se resigna a admitirlas.

En principio, los acuerdos sobre precios (¿y tarifas?) que ahora prepara el gobierno implican una corrección hacia el centro. Habrá que ver con qué decisión se encara ese giro.

En la oposición, Lavagna, de su lado, no condena las tratativas con el Fondo Monetario Internacional pero anticipa (lo hizo en conversaciones con los propios técnicos del FMI) que habrá que renogociar los acuerdos para poder cumplirlos. Y que, para ello, es necesario poner la prioridad en el crecimiento. Una estrategia que apunte al crecimiento hará posible -con participación sindical, como ya ocurrió en Vaca Muerta- la reforma laboral que el gobierno no pudo encaminar por priorizar el ajuste.

La silenciosa pero terca resistencia a la polarización de la mayoría estadística que muestran las encuestas vuelve plausible la búsqueda de un consenso de centro y de un programa que se abra con realismo a dar respuesta a necesidades que, aunque desde los extremos suelen pintarse como radicalmente contradictorias o recíprocamente incompatibles, deben ser abordadas complementariamente.


Los “ni-ni” buscan su canal


La conducta de los electorados de provincia que ya se pronunciaron parece anticipar la tendencia a evitar la polarización de un muy amplio sector de la ciudadanía. Un estudio demoscópico reciente de alcance nacional producido por la consultora Synopsis parece confirmar esa línea de fuerza al revelar que algo más del 50 por ciento de los votantes estaría dispuesto a cambiar su voto para evitar que alguno de los dos extremos de la polarización (Mauricio Macri- Cristina Kirchner) triunfe en los próximos comicios.

Esa opción teórica antipolarizadora (“ni-ni”), que las estadísticas radiografían y las pasadas elecciones provinciales registraron, tiene una dificultad en la práctica: a seis meses de la primera vuelta electoral y a cuatro del último plazo de oficialización de candidaturas, todavía no está encarnada con claridad en alianzas distinguibles y nombres propios.

Por cierto, Roberto Lavagna empieza a recortarse como figura posible, pero la ingeniería de acuerdos y procedimientos jurídicos que requiere un consenso tan amplio como el que pretende construir el ex ministro demanda tiempo y afronta muchas dificultades, algunas emanadas de su propia fuerza original, el peronismo, desde donde hay sectores que le reclamen que participe en una elección interna partidaria.

Lavagna ha insistido, desde que aceptó su actual condición de “protocandidato”, en que se necesita un acuerdo que incorpore más miradas que la del peronismo y que esos otros sectores no pueden ser conminados a integrarse a una lucha interna justicialista. Por otra parte, agrega, esa idea en la actualidad fragmenta y divide: ¿por qué insistir en que, en lugar de una estrategia de consenso y acuerdo, prevalezca una de división a la que no se someterán (ni se les exige) los candidatos polarizadores, Macri y la señora de Kirchner? Son argumentos muy razonables, pero no alcanzan los argumentos para remover obstáculos. Y el tiempo corre.


Consenso y federalismo


No hay a la vista ni personalidades ni estructuras que puedan sostener hoy un dispositivo centralista para recuperar la autoridad legítima y eficaz que el país necesita como condición para ordenarse y desarrollarse. Es obvio que de la situación crítica sólo se puede salir con acuerdos de Estado que van más allá de los pactos entre partidos. Y el factor federal es un ingrediente insoslayable en la mesa de los consensos.

El gobierno de Mauricio Macri se ve hoy presionado a escuchar a sus propios gobernadores. El próximo gobierno tendrá que escucharlos a todos.

Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas. Por Jorge Raventos-Total News-TNA-


 

 

 

Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas; particularmente con los sectores de identidad peronista que, en primer lugar, habían contribuido a desmantelar los proyectos de re-reelección de la señora de Kirchner y, en los hechos, habían  aportado los votos que le permitieron convertir su derrota en la primera vuelta electoral en una victoria en el ballotage. Esa plataforma de coincidencia fue la que le permitió al gobierno encaminar la primera etapa de su período (la que mejora el promedio general que hoy ostenta).

 

Candidatura de choque

 

El discurso con el que el último viernes inauguró por cuarta vez las sesiones del Congreso, estuvo si se quiere en las antípodas del inicial. Esta vez Macri eligió la cuerda de la confrontación, un giro varias veces estridente y crispado que, en cambio de buscar consensos, procuró acentuar diferencias, reservando los tonos  claros y brillantes para describir la gestión propia y dulcificar la exculpación por las asignaturas pendientes, mientras empleaba la paleta sombría para pintar al adversario amenazante.

 

Todos los cronistas coincidieron en que la presentación del Presidente ante la Asamblea Legislativa fue, más bien, el discurso de un candidato (“con la campaña electoral como telón de fondo y la reelección como objetivo propietario”, escribió, por ejemplo, Laura Serra en La Nación”.

 

El Presidente reiteró algunos temas que había desarrollado en análoga circunstancia un año atrás. Estaba cantado que, con el paisaje de procedimientos judiciales que enmarca a las más altas jerarquías del gobierno anterior, volvería  evocar la corrupción que campeó bajo la administración kirchnerista. Ese recurso rinde cuando uno está en campaña: reconforta al público propio incondicional y puede conmover a parte del público vacilante.

 

También estaba claro que, ante la preocupación acentuada sobre la inseguridad pública que no dejan de iluminar las encuestas, el Presidente levantaría el asunto, una asignatura en la que se siente cómodo. Macri está dispuesto a buscar sin demasiados prejuicios el respaldo de considerable segmentos de la opinión pública que reclaman mano dura para narcotraficantes, criminales, delincuentes y malentretenidos y -de inmediato presentó un proyecto- bajar la edad de imputabilidad para incriminar la delincuencia de menores.

 

La cuestión seguridad es quizás el más  significativo de la agenda actual del oficialismo en su intento por llegar a los sectores más humildes (que son los que más sufren la inseguridad). Ciertas inflexiones de esa política chocan, sin embargo, con estilos y pruritos de sectores de clase media que constituyen un fragmento fundamental del electorado de Cambiemos, así como de seguidores de algunas de las fuerzas de la coalición, como radicales y cívicos de Elisa Carrió (se sabe que ella es una admiradora de Hannah Arendt que repudia de sobrepique todo lo que le huele a “fascismo”, inclusive si proviene de ministros de Macri).

 

El PBI (Producto Bruto Invisible)

 

En cambio, la materia que sigue resultándole difícil rendir  al Presidente es la económica. Allí no podía inspirarse en su discurso del año pasado, cuando hizo afirmaciones que doce meses después lucen como promesas o vaticinios patéticamente frustrados y, por lo tanto, irrepetibles.

Él mismo quiso conjurar el mal paso criticando a quienes le recuerdan que él dijo entonces que “lo peor ya pasó y ahora vienen los años en los que vamos a crecer”. Argumentó,  sorprendentemente, que “eso es lo que hicimos, ese crecimiento invisible sucedió”.  

 

El INDEC, que cuando mide el PBI no se refiere al Producto Bruto Invisible,  acaba de poner en números parte de la performance de 2018: el último año la economía argentina se achicó un 2,6 por ciento. Por otra parte, los analistas ya descuentan que en el año en curso la caída rondará como mínimo 1,5 por ciento, con lo que el Presidente dejará al finalizar su mandato un balance de cuatro años de 5 por ciento de encogimiento del producto per cápita (sólo en 2017 hubo crecimiento positivo).

 

No suena realista afirmar, como dijo el Presidente el viernes, que “estamos mejor que en 2015”.

 

Tampoco es plausible explicar los traspiés porque “pasaron cosas” que lo impidieron  y aludir sólo a causas externas (sequías, cambios financieros globales) y nunca a las malas políticas propias.

 

Resulta complicado volver a alimentar expectativas si no hay alguna autocrítica explícita y específica sobre los presagios fallidos.

Un año atrás, el Presidente  había producido, ante la Asamblea Legislativa, un razonable diagnóstico sobre la problemática de la inflación (“la inflación castiga a la mayoría, dificulta la competencia, nos mantiene presos del corto plazo”). Pero, ay!, lo que resultó muy chingado fue otra vez su pronóstico: “La inflación está bajando - aseguró aquel día-. No queremos sólo bajarla, queremos que nunca más sea un instrumento de la política”.

 

Instrumento o consecuencia de la política encarada por su gobierno, 2018 cerró con una inflación de 47,6 por ciento, la más alta después de los últimos corcoveos de la hiperinflación de tiempos de Raúl Alfonsín.

 

Ya en  la asamblea legislativa  de 2018 Macri no había mentado su antigua promesa de “pobreza cero”, una consigna que el tiempo cruelmente deterioró en paralelo con un incremento del número de pobres e indigentes. El Presidente proclamó, en cambio, que “la desocupación está bajando”. Pero en 2018 se perdieron casi 200.000 puestos de trabajo.

 

Es por estos motivos y otros parecidos o relacionados (las tensiones con el dólar y las tasas de interés, el endeudamiento, el aletargamiento del crédito a la vivienda) que el Presidente se ve condicionado a volcar su exposición a temas no económicos y a derivar la conversación a  las bolillas en que se siente más fuerte.

 

El mundo no vota aquí

 

Una materia en la que Macri se tiene fe es la de la inserción en el mundo.

 

“Recuerden el G-20”, recomienda con nostalgia, invocando la exitosa cumbre mundial de la que Argentina fue país anfitrión. El Presidente lo amarga que el juicio de los observadores internacionales y de los líderes que frecuenta en visitas y cumbres no pese internamente, ni influya  sobre la sociedad argentina en la medida en que él lo pondera. Los comentaristas socarrones observan que el mundo exterior es muy importante pero no figura en el padrón electoral.

 

De la amplia agenda exterior, lo que más empleó el discurso de Macri en el Congreso (y se reiterará en los meses que median hasta la elección)  es el drama venezolano. No sólo ni principalmente  porque el régimen de Nicolás Maduro registra una inflación que supera largamente a la argentina (que queda así segunda en el ranking del continente y quinta en el mundo), sino porque la catástrofe económica e institucional en la que se hunde el régimen chavista le resulta al Presidente una metáfora muy instrumentable para pintar a la contrafigura política que él prefiere, que dibuja con el rostro de la señora de Kirchner. El relato electoral  del gobierno incluye como uno de sus ejes la idea de que el gobierno evitó que Argentina se convirtiera en otra Venezuela; pero que ese riesgo vuelve s presentarse si se frustra la reelección de Macri.

 

La sinécdoque antiperonista

 

El  más atendido consejero político del Presidente, Jaime Durán Barba, ya ha conjeturado  incluso que  “si Cristina gana las elecciones, cambia la Constitución, como anuncia, y arma a los barras bravas, a su Vatayón Militante de presos comunes, a los motochorros y a grupos de narcotraficantes para que maten a sus opositores tendríamos una guardia semejante" a la guardia revolucionaria paramilitar de Maduro.

 

Al respecto, vale la pena compartir la rigurosa reflexión del analista y politólogo Eduardo Fidanza (La Nación, 2 de marzo): “El problema es que se trata del principal consejero de comunicación del Presidente, considerado un gurú por la mesa chica del Gobierno. Este consultor, que pretende ser un profesional moderno y democrático, parece que quisiera hacernos retroceder a la Edad de Piedra de nuestras guerras civiles. Hundirnos aún más en la grieta para sacar rédito político (...)Acaso dictadas por la desesperación ante una eventual derrota, las afirmaciones del asesor presidencial dañan al sistema. Y lo banalizan al esconder bajo la apariencia de argumentos ntelectuales una serie de prejuicios apocalípticos al servicio de una mera estrategia de marketing electoral”.

 

Esa pintura apocalíptica es sólo una pieza de tal estructura de marketing, Hay otra que  ya empieza a transparentarse en la narración y el discurso del oficialismo. La descripción salvaje del  gobierno K y sus principales exponentes es el primer paso de una operación mayor en la que se busca describir con la contaminación que emerge de esos trazos una totalidad mayor, que sería el peronismo en conjunto.

 

En retórica se llama sinécdoque a la figura que designa una cosa con el nombre de otra, llama al todo con el nombre de la parte (o viceversa) o a la especie con el del género.

 

El propio Presidente ensayó esta traslación en declaraciones de viaje, desde Abu Dhabi. “Al final del día, en general, terminan juntándose todos. La gran mayoría de los que están fue parte del Gobierno de los Kirchner”, afirmó, irritado porque una comisión bicameral rechazó varios decretos de necesidad y urgencia que él había firmado.

 

La perspectiva de que haya candidatos peronistas más difíciles de  embestir que Cristina Kirchner  lleva al gobierno a identificarla a ella con el peronismo en su conjunto, sospechando que será  el peronismo en su conjunto la fuerza con la que  polarizar. Es al peronismo al que, por ejemplo, le imputa dificultades políticas que emergen naturalmente de la lógica institucional: el ministro de Justicia Germán Garavano, tras constatar que los cambios inducidos en la Corte Suprema no se traducen como el gobierno esperaba, se inquieta porque sospecha (“no quiero creer”, dice) que  hay en el tribunal superior “una mayoría peronista”.

 

El rechazo al DNU sobre extinción de dominio (cuestionado en su constitucionalidad por toda la oposición, por sectores internos del propio oficialismo y por un amplio espectro de juristas independientes) es atribuido “al peronismo” y a su vocación de retener privilegios y abusos a cualquier costo”.

 

El posicionamiento electoral elegido parece arrastrar al gobierno a polarizar no con el kirchnerismo, como aparenta, sino con el peronismo en su conjunto.

Esa deriva había sido anticipada con precisión por el presidente del bloque del Pro, Nicolás Massot, quien dejará ese puesto al terminar el mandato de Macri. Decía en diciembre:  “Con Emilio (Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, que también abandona su cargo)  vemos con preocupación que nos convertimos de una expresión antikirchnerista a una expresión antiperonista. Estamos convencidos de que no debería ser así, que la Argentina no saldrá adelante si estamos solos y que las reformas estructurales que exige el país requieren mayorías amplias”.

 

Por su parte, Federico Pinedo, reelecto a la cabeza de la Cámara Alta, también se diferenció esta semana de los que “confunden al kirchnerismo con el peronismo. Yo no soy nada antiperonista”, declaró. Todo un mensaje.

En la Casa Rosada trabaja gente que piensa de otro modo.

Reconfortado con la idea de que ha encontrado una solución para estabilizar el valor del dólar, el gobierno inició el mes de mayo dispuesto a recuperar cierta iniciativa. Por Jorge Raventos-Envío especial Total News-TNA-

El último viernes el FMI confirmó oficialmente la liberación de otros 10.800 millones de dólares en beneficio del Tesoro nacional (ya había desembolsado 20.800 millones el año último). En la misma jornada el dólar trepó en la City a casi 45 pesos. Por Jorge Raventos- Envio especial Total News-TNA-



El minué que entrelaza el valor del dólar, las altas tasas de interés y la inflación es observado como una danza macabra por una sociedad en la que se extiende el escepticismo. El gobierno y muchos especialistas confían en que a partir de la segunda quincena se podrá estabilizar el valor de la divisa merced al ingreso de dólares de las exportaciones del campo y a las subastas diarias que le permitirán a la conducción financiera intervenir módicamente en el mercado. Con buenas razones, el gobierno está obsesionado en evitar una disparada del billete norteamericano, aunque su empeño tenga resultados esquivos.


¿Cambio o más de lo mismo?


Interrogado hace unos días por el escritor Mario Vargas Llosa, Mauricio Macri afirmó que si es reelegido continuará “por el mismo camino lo más rápido posible”. Para algunos se trata de una demostración de firmeza, para otros es un signo de obcecación.


El Presidente inició sus funciones en 2015 convencido de que las cosas difíciles tendrían merced a su gobierno una solución sencilla. La sociedad acompañó esa ilusión durante un tiempo. Después se inició un ciclo de desencanto que hasta ahora no ha concluido y que el oficialismo registra dolorosamente en encuestas y en aproximaciones mayores al electorado, como los timbreos o los actos de inauguración de obras. La respuesta que reciben los protagonistas de esos encuentros suelen ser decepcionantes para ellos. Las usinas ideológicas del Pro han preparado un manual para instruir a sus adherentes en las discusiones cotidianas. Es que ahora esos simpatizantes deben explicar muchos retrocesos a un público que tiene dificultades a la hora de pagar los servicios públicos y cuyos sectores menos desfavorecidos en el primer trimestre de este año encogieron un 15 por ciento su consumo de carne vacuna.

Los giros políticos desubican a quienes prefieren amurallarse detrás de certezas que los flujos de la realidad desbarataron. La retórica porfiadamente reincidente que todavía baja de la cúpula del oficialismo se ve forzada a moderarse.

Pese a lo que el Presidente le dijo a Vargas Llosa, los hechos llevan al gobierno a vacilar ante la idea de “hacer lo mismo”. Desde la Casa Rosada se filtró esta semana, por ejemplo, la novedad de que el PRO podría conceder a sus socios radicales la candidatura a vicepresidente, un objetivo que tienta particularmente al presidente del comité nacional de la UCR, el gobernador de Mendoza Alfredo Cornejo, que no tiene derecho a reelección en su cargo actual


Vientos de fronda


Se sugería que la oferta sería formalizada el próximo lunes en una reunión del Presidente con altos mandos de la UCR, pero esa reunión fue reemplazada por otra de gobernadores radicales con el vértice electoral del Pro (sin Macri) y ahora hay dudas de que llegue a concretarse la apertura de la fórmula presidencial en beneficio del radicalismo (Jaime Durán Barba, ideólogo electoral del Pro, desaconseja ese paso).

No obstante, el mero hecho de haber incluido o admitido en la agenda de alternativas hipotéticas el cambio de Gabriela Michetti por un barón (y varón) del radicalismo en la cumbre de la boleta de Cambiemos da cuenta de que el optimismo profesional del vértice del Pro empieza a experimentar fisuras.

Es probable que echar a rodar el tema de la fórmula compartida haya sido un intento de calmar los aires de fronda que agitan al radicalismo y amenazan la integridad de Cambiemos. Se trataría, claramente, de una mniobra defensiva.

Pese a que los estrategas del Pro sostienen que los radicales no se animarán a romper la coalición porque, según ellos, no tienen ningún destino alternativo, íntimamente temen que un sector de la UCR emigre hacia el consenso opositor que promueve Roberto Lavagna y le reste al oficialismo algunos puntos vitales en una votación que seguramente se definirá por una pequeña diferencia (Macri ganó por dos puntos el balotaje de 2015). La irrupción de la candidatura del economista le ofreció a la UCR un eficaz instrumento de presión sobre el macrismo más intransigente. Por eso penetra en el núcleo duro del Pro la idea de que “algo habrá que conceder”.

En cualquier caso, lo que los radicales más rebeldes dicen que no pretenden tanto un puesto visible en la boleta (mucho menos uno que sólo habilite a tocar la campanilla en el Senado), sino más bien la participación en las decisiones de gobierno y la discusión de un programa de la coalición. En su defecto, quieren que se abra el debate y se permita una elección primaria en la que el radicalismo podría preservar su identidad ideológica y expresar sus diferencias con el perfil (“neoliberal”) que adjudican al Pro.

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Para el influyente jefe de gabinete Marcos Peña la idea de dirimir la candidatura presidencial de Cambiemos en una interna es una ocurrencia insalubre: él pretende que la postulación de Macri a la reelección sea visualizada como una circunstancia natural e indiscutible. Peña también la considera una alternativa amenazante: hay encuestas que muestran a Martín Lousteau (el más nombrado de los desafiantes que podría postular el radicalismo) como victorioso en un mano a mano con el Presidente en el escenario de las PASO oficialistas.

Admitir en la agenda la chance de tocar la candidatura a vicepresidente es una forma indirecta de subrayar lo que no se toca: el primer término del binomio es Mauricio Macri. Sin challengers ni reemplazantes. Sin PASO y sin Plan V. (“A María eugenia la queremos en la provincia”)

Horacio Rodríguez Larreta, uno de los gobernadores del Pro y miembro nato de la mesa chica de Cambiemos, hace rato que considera que hay que encarar variantes realistas. El -como María Eugenia Vidal- ve que la combinación de intransigencia y tropiezos del Ejecutivo nacional erosiona el capital político común y afecta sus posibilidades en el propio distrito. Para Rodríguez Larreta una fórmula presidencial Macri-Lousteau tendría varias virtudes: contribuiría a tranquilizar a los radicales, le agregaría energía electoral a la coalición (Lousteau es un político que “mide bien”) y, en su caso, eliminaría el riesgo de que el ex embajador en Estados Unidos vuelva a desafiarlo a él en la Ciudad Autónoma, donde estuvo a punto de dar el batacazo en el ballotage de 2015.

En fin, que en el partido del Presidente hay varios que quieren registrar más atentamente los datos de la realidad- Y Macri y Peña, que antes que cambiar, quieren hacer lo mismo, intuyen que tendrán que resignarse a hacer ajustes, aunque no saben cuáles cambios serán eficaces para mantener su objetivo.

Hay que releer a Lampedusa.

Otra vez se ha puesto en marcha la calesita del dólar. El miércoles 20 de febrero la cotización del billete verde superó los 41 pesos, en una semana en la que, aunque al fin se consiguió hacer control de daños, se interrumpió la calma chicha que imperó durante una breve temporada en el mercado cambiario. Por Jorge Rventos


Agitación en el gobierno. Allí, con motivos muy atendibles, se atribuyen al precio del dólar los rasgos de un papel de tornasol: sus trepadas indican crecientes niveles de acidez en el ánimo público.

No es el único indicador de malestar, claro. Para frenar el dólar el Banco Central apela a subir la tasa de interés (es decir: vuelve más inalcanzable el crédito a la producción) y además, en paralelo con el alza de la divisa se registra un incremento notable de la inflación.

En la ciudad de Buenos Aires, según la oficina porteña de Estadísticas, los precios superaron en enero en casi un punto la media nacional registrada por el INDEC (3,5 por ciento contra 2,9). Los analistas privados estiman que la inflación de febrero superará la del primer mes del año. Con un agravante: lo que más crece es el precio de la canasta básica alimentaria, metro patrón de la línea de indigencia que incluye la cantidad mínima de alimentos para subsistir. En este caso el alza de enero fue de 3,9 por ciento y se prevé que en febrero vuelva a superar la inflación media. Traducción: lo más pobres pagan más caro, la indigencia crece

Tout va très bien, Madame la Marquise

Evadiendo esos datos duros, el optimismo panglossiano que difunde la propaganda del oficialismo suele combinar dos argumentos. El primero contiene el plagio inconfeso de una célebre frase de Carlos Menem (“Estamos mal pero vamos bien”) y busca consuelo a las desgracias del presente remitiendo al incierto porvenir: todo estará mejor en el segundo semestre, la economía experimentará un oportuno repunte justo para el tiempo electoral.

Se sabe que predecir es difícil; sobre todo, el futuro.

El segundo razonamiento saltea directamente la economía y sostiene que la verdadera fortaleza del oficialismo reside, más bien, en la política. En este sentido, las noticias no parecen tampoco demasiado buenas últimamente. La autoridad política de la Casa Rosada se ve desafiada desde dentro de la misma coalición de gobierno y golpeada por sus propias bases.

Y afuera, lo que estaba (y aún sigue estando) fraccionado, empieza a juntarse.

El amarillo ya no cae tan bien

La derrota de Carlos Javier (El Colorado) Mac Allister en la interna de Cambiemos de la provincia de La Pampa para nominar al candidato del oficialismo nacional a la gobernación representó una señal ominosa para los estrategas de Balcarce 50. Mac Allister es un protegido del Presidente, unido a él desde Boca Juniors, y fue vencido por el radical Daniel Kroneberger en una proporción de casi 3 a 1. Dato singular: en una elección no obligatoria, los votos en blanco también superaron en esa proporción a los del hombre de Macri, en una muestra de protesta que, si puede golpear a la política en su conjunto, sin duda afecta más a los que tienen más responsabilidad.

Que el candidato del Presidente haya perdido como perdió reabre una duda en, por ejemplo, la provincia de Buenos Aires: la decisión de no desdoblar la elección que tomó María Eugenia Vidal, ¿beneficiará a Macri traspasándole a él los índices de aprobación que obtiene la gobernadora, o la perjudicará a ella contagiándole los rechazos que recibe la gestión nacional?

En su afán por explicar una derrota incómoda, Mac Allister se refugió por su parte en una lógica inconveniente: aseguró que había ocurrido una colusión entre el radicalismo y La Cámpora, convirtiendo así de rondón al kirchnerismo en vencedor oculto del Pro, y a sus aliados en Cambiemos en cómplices y beneficiarios de una conjura: "A mí me ganó el peronismo. Está claro que hubo un acuerdo entre los K y los radicales. Perdí porque hubo un acuerdo entre ellos".

Las relaciones entre el partido del Presidente y la UCR ya están suficientemente tensas como para agravarlas con excusas narrativas.

La desobediencia cordobesa

Más significativa que la derrota pampeana ha sido la desobediencia cordobesa. La Casa Rosada se empeñó durante semanas en desaconsejar una elección interna para dirimir las principales candidaturas de esa provincia (y, de hecho para imponer una fórmula amiga constituida por un radical filoPro, el diputado Mario Negri, y un Pro puro de oliva, el exárbitro Héctor Baldassi). Pero el intendente de la ciudad de Córdoba, líder partidario de la UCR, no sólo resistió la sostenida presión de Balcarce 50 e inscribió su precandidatura a gobernador para enfrentar a Negri, sino que sumó a su rebeldía a Rodrigo de Loredo, l yerno del ministro de Defensa Oscar Aguad y hasta ahora considerado un miembro conspicuo de la feligresía del jefe de gabinete nacional, Marcos Peña. De Loredo se postulará a la candidatura de intendente de la capital cordobesa en la lista de Mestre y enfrentará a Luis Juez, el preferido por la Casa Rosada para esa posición.

El miércoles 20, Mestre confió a una radio porteña que había recibido múltiples presiones del Ejecutivo nacional para que le allanara el camino a la fórmula Negri-Baldassi, es decir: para que desistiera de sus propias aspiraciones y evitara una interna, pretensión que rechazó con firmeza no exenta de elegancia:

“Me plantearon como que votar hacía crujir al espacio político. Y eso no es así, recordemos que nuestro presidente, Mauricio Macri, llegó por primarias", razonó.

Un argumento que se reitera

El argumento de no temer a las elecciones internas es moneda corriente en la UCR. Martín Lousteau lo esgrimió durante la gira por Oriente a la que fue invitado por Macri. Muchos radicales imaginan que el propio Lousteau podría ser challenger del Presidente en una PASO destinada a definir la principal candidatura de Cambiemos en octubre. Figuras de peso como Enrique Nosiglia, Ricardo Alfonsín o Ernesto Sanz son favorables, si no necesariamente a la postulación de Lousteau, a la concreción de una interna.

"Yo creo en las PASO presidenciales, me gustan", dijo por caso, Sanz esta semana, saliendo de un extenso período de silencio político. Nosiglia, por su parte, que comparte con el Presidente la pasión boquense y abundantes conversaciones sin testigos, ha insistido ante Macri que una buena puja interna por la candidatura presidencial contribuiría a contener y encauzar los talantes críticos que de otro modo pueden buscar otras formas de expresión. “La interna fortalece”, le ha dicho. Pero esa no es la doctrina de Balcarce 50, que administra sobre todo Marcos Peña: desde allí se pretende unidad, verticalidad y disciplina como instrumentos para fortalecer la autoridad del Presidente.

Por el momento lo que se observa es que el Pro, la fuerza del Presidente, va perdiendo influencia en la coalición Cambiemos. Por caso, en otra provincia importante, Santa Fé, donde el macrismo estuvo cerca de quedarse con la gobernación en 2015 con el cómico Miguel Del Sel como candidato, en esta ocasión decidió ceder el terreno a los radicales y frustrar las aspiraciones de su líder partidario local, Federico Angelini, presionado a dar un paso atrás para no arriesgar una nueva interna con la UCR. Después de La Pampa, el Pro se atiene a la frase sobre “el que se quemó con leche…” (en Entre Ríos, otro caso, acaban de resignarse a que la candidatura de Cambiemos quede en manos de otro radical).

La maniobra santafesina, manejada desde el poder central, ni siquiera consiguió dar una alegría a la difícil aliada Elisa Carrió (que pretendía que su primo Mario Barletta, radical y ex intendente de Santa Fé, fuera el beneficiario de la retirada del Pro): la UCR impuso su deseo, la candidatura de José Corral.

Dato lateral: ese radicalismo santafesino ante el que el Pro cedió terreno es ya una fuerza tan revuelta internamente que una semana atrás fue intervenido por el comité nacional de la UCR. La dura medicina fue el único procedimiento que encontró la conducción partidaria para imponer la alianza con el Pro en Cambiemos como estrategia única del radicalismo en la provincia. La necesidad del escarmiento traduce una progresiva debilidad del magnetismo: el Pro va perdiendo sex appeal.

Después de las elecciones provinciales y de las nacionales de octubre-noviembre, la coalición oficialista, tanto si le toca volver a gobernar o (más aún) si una derrota la traslada al papel de oposición, habrá cambiado sustancialmente su relación de fuerzas interna y, en suma, sus rasgos de identidad.

Mirando al otro polo

Hay otro flanco débil en la perspectiva político-electoral del oficialismo: su apuesta estratégica a la polarización con Cristina Kirchner y a la división opositora empieza a ser desafiada en la realidad.

En primer lugar, el peronismo alternativo y el kirchnerismo, sin disimular las diferencias que los separan, parecen decididos a privilegiar una estrategia opositora común (incluso abierta eventualmente a otras fuerzas). Están consolidando ofertas o procedimientos electorales unificados ya en una decena de provincias. En Santa Fé, por ejemplo, el kirchnerismo replegó sus candidatos para facilitar la convergencia de distintas familias justicialistas (incluyendo a los renovadores de Sergio Massa), que confluirán, sea en una interna entre María Eugenia Bielsa y Omar Perotti, sea (hay tiempo todavía) en una fórmula para la gobernación acordada por todas.

En el Congreso, esa tendencia a golpear en conjunto se tradujo esta semana en la Comisión Bicameral Permanente de Trámite Legislativo: allí rechazaron tres decretos de Necesidad y Urgencia firmados por Mauricio Macri, entre ellos el que dictó la extinción de dominio sobre bienes y fondos de origen sospechoso. La oposición política (y muchos juristas independientes) habían cuestionado la vía del decreto para imponer esas penalidades cuando en el Congreso ya había en trámite avanzado un proyecto de ley. Más allá de los argumentos, la jugada indica los riesgos de la estrategia oficialista de apostar a una división que puede volverse ilusoria.

La misma estrategia central de la polarización con Cristina Kirchner empieza a ingresar en zona opaca. Ya se ha señalado en esta columna que sectores de lo que en el gobierno llaman “el círculo rojo” temen los efectos de esa política y hasta han empezado a operar para neutralizarla y para convencer a la expresidente de que no presente su candidatura.

Más allá de esas ideas y gestiones (significativas inclusive si no consiguen su objetivo) la duda sobre la candidatura de CFK ha comenzado a filtrarse en medios y columnas que hasta hace muy poco la consideraban indiscutible. Algunos comentaristas de evidente simpatía oficialista hacen conmovedores esfuerzos argumentales, menos para convencer a terceros que para seguir convencidos ellos mismos de que esa hipótesis, clave de la estrategia electoral de la Casa Rosada no puede fallar. Quizás deberían permitirse alguna duda: la señora de Kirchner viene mostrando una astucia táctica probablemente guiada por la comprensión de que la mayor victoria a la que puede aspirar reside en impedir el triunfo del oficialismo. Una verónica de ella expondría dramáticamente los flancos débiles de la estrategia de la Casa Rosada.

Lo más problemático de la situación del gobierno es que, a diferencia de lo que piensan sus cruzados más facciosos, en condiciones de debilidad política (poder insuficiente y tres años de desgaste) sus conjeturas más ambiciosas dependen menos de sus propios actos que del comportamiento de terceros: los mercados, la sociedad, los consumidores, los inversores, los votantes, la opinión pública.

Y de una oposición política que, evidentemente, también juega.

Una semana atrás, una encuesta de discutible factura alcanzó para alarmar a los mercados: diagnosticaba un probable triunfo de Cristina Kirchner en el ballotage de noviembre. Esta semana, el efecto se extendió ante la noticia de que la expresidente publicó un libro de presuntas confesiones políticas.Por Jorge Raventos- Envio especial Total News- TNA-



“Es una señal inequívoca de que ella se presentará”, afirman ahora con mirada sombría los vaticinadores. Esa es la ecuación que presentan: libro más encuesta, igual catástrofe. Aunque la encuesta sea un embeleco y la “señal inequívoca” no represente (hasta ahora), en verdad, más que un palo de ciego.

¿Cristinomics o Macrinomics?

Si indicios tan conjeturales bastan para desatar estos vientos es porque se observan en un contexto diseñado por la táctica electoral que el gobierno priorizó: la polarización extrema con Cristina Kirchner y el empleo de la figura de ella como sinónimo de peronismo. Los aprendices de brujería no controlan las fuerzas que ponen en movimiento. Lo que teóricamente les sería favorable a la hora de la elección desata tempestades en las vísperas y desarticula una economía ya destartalada por mérito propio.

El jueves 25, el riesgo país perforó la barrera de los 1.000 puntos mientras el dólar volvía a remontarse, buscando más vertiginosamente de lo imaginado el tope de la banda de flotación fijado por el Banco Central para que rija hasta diciembre. Simultáneamente, el Financial Times titulaba “Argentina en el borde”, El País, de Madrid, consideraba que “Argentina se asoma al precipicio” y el matutino porteño más próximo al oficialismo informaba en su primera plana que “Wall Street cree que la crisis puede obligar al Gobierno a activar el plan V” (es decir, reemplazar la candidatura presidencial de Mauricio Macri por la de María Eugenia Vidal).

La candidatura es mía, mía, mía

Desde la Casa Rosada, precipitadamente, se dispuso una batería informativa para corroborar con vehemencia que no hay “plan V” alguno en las carpetas y que el solo y único candidato presidencial del oficialismo es Macri. Horacio Rodríguez Larreta apeló incluso a una infrecuente dosis de patriotismo verbal para ratificarlo: “Decidimos en la Argentina, no en Wall Street”, aseveró. El énfasis de las aclaraciones testimonia la intensidad de las presiones, no las desmiente.

Ni eso ni la suba de tasas y otras palancas empleadas por el Banco Central impidieron que el jueves y el viernes el dólar se mantuvieron en la zona roja. Algunos piden que la dirección del Banco Central cuente que nuevas herramientas.

Quienes, con mirada liberal, propiciaban políticas que dejaran actuar sin obstáculos al mercado, ahora se inclinan por la intervención. Es una combinación de ironías que, ante las turbulencias, el gobierno esté implorando al Fondo Monetario Internacional más libertad de acción para intervenir en el mercado con los fondos transferidos por el organismo y la cúpula del Fondo haga la vista gorda ante las transgresiones al acuerdo vigente aunque todavía refrene su inclinación a autorizarlas formalmente. "Usen la guita y cá..ense en el Fondo", habría exhortado con estilo heterodoxo Jaime Durán Barba al gabinete después de constatar en sus estudios demoscópicos que la volatilidad del dólar horada con persistencia la imagen del Presidente-candidato.

“La guita” la están usando: el Central de los casi 11.000 millones de dólares que el Fondo envió a principios de abril ya se evaporó más del 50 por ciento.


Una cuestión de confianza

Lo que ocurre es que el gobierno atraviesa una extendida crisis de confianza que no consigue revertir. Los analistas diagnostican ya que las medidas anunciadas la última semana no se cumplirán a raíz de los vaivenes violentos de los mercados; consideran también que la turbulencia no ha sido superada y que las dificultades políticas se prolongarán hasta que se entrevea una solución más consistente y convincente para los mercados y para el público.

Los mercados se preguntan si el gobierno producirá o no cambios políticos para recuperar terreno; si el peronismo alternativo conseguirá construirse como opción de poder. Y si, en definitiva, Cristina Kirchner presentará su candidatura presidencial. Los interrogantes son varios y apuntan en varias direcciones. Lo que evidencia que el gobierno no es ni el único ni, quizás, el principal protagonista.

El día menos pensado

Si la Casa Rosada insiste en sólo aplicar parches para anestesiar la impaciencia pública hasta noviembre (el mes del ballotage), estará expuesta a un desgastante examen en el día a día.

El país querrá saber, además, qué le deparará el día después de la anestesia.

Y todos se preguntarán a qué medicina de urgencia se podría recurrir el día menos pensado.

El gobierno sufre las consecuencias de su inestable combinación de gestión y marketing político. La lógica de la polarización que las usinas electorales oficiales han motorizado sin pausa despliega en el centro de la escena sus perfiles amenazantes.

A las contrariedades que provoca una situación ya suficientemente sensible, el gobierno debe sumar la ansiedad de sus propios jugadores.

Elisa Carrió y Herminio Iglesias

Elisa Carrió, por caso, interpretando quizás que el oficialismo no subraya suficientemente el rechazo al peronismo, viajó a Córdoba y pronunció una frase descalificante (“Gracias a Dios que De la Sota murió”) que el gobierno nacional asimiló en silencio porque no se siente en condiciones de discutir con ella.

El que sí reaccionó desde Cambiemos fue Ramón Mestre, alcalde de la capital cordobesa y candidato radical a la gobernación: repudió los dichos de la diputada oficialista y los comparó con “el cajón de Herminio Iglesias”, una referencia al episodio de último momento que, en 1983, habría definido al electorado independiente contra los candidatos peronistas y en favor de Raúl Alfonsín. El domingo 12 de mayo, tras la elección provincial, la diferencia a favor que obtenga Juan Schiaretti (seguro vencedor de esa contienda) permitirá medir si la comparación de Mestre fue o no adecuada.

Las primarias santafesinas de hoy ofrecen otra oportunidad para explorar la dimensión de los problemas electorales que atraviesa el oficialismo. En esa provincia, la tercera en importancia económica del país, Cambiemos, con la candidatura del actor Miguel Del Sel, dió una pelea pareja al socialismo y estuvo cerca de consagrarse. Hoy la mayoría de las encuestas le vaticinan un tercer puesto. Es cierto, son apenas las PASO. Pero a menudo las primarias anticipan el resultado final.

El llamado núcleo duro del gobierno ha decidido atarse al timón para no dejarse influir por los cantos de sirena: ni por los mercados (“piensan a corto plazo”), ni por las encuestas (“es temprano para tomarlas en cuenta”) ni, hasta cierto punto, por los propios aliados. Se trata de persistir en el mismo libreto. Aunque transitoriamente pueda copiar medidas de sus antecesores en las que no cree, ha renunciado a cualquier plan alternativo, sea V, B o W. Macri es presidente y candidato. Hay que resistir el temporal hasta la hora de las urnas.

En rigor, la intensidad de los vientos aconsejaría ocuparse menos del marketing y los camelos electorales y atender con decisión la urgencia política: la clave (para oficialismo y oposición) es darle al país y al mundo datos ciertos de una estrategia de unidad nacional, alcanzar los acuerdos serios que sienten las bases de un sistema político estable, asumir las responsabilidades (pasos al frente, pasos al costado, pasos atrás) que la profundidad de la crisis reclama.

La realidad es la que impone la agenda.

Las constataciones del INDEC sobre el significativo crecimiento de la pobreza en el país (1 de cada 3 argentinos es pobre; 1 de cada 2 menores de 14 años es pobre), la persistencia de la inflación, el parate económico, la amplia brecha entre precios y salarios ensombrecen el paisaje social...Por Jorge Raventos- Total News-TNA-



Las constataciones del INDEC sobre el significativo crecimiento de la pobreza en el país (1 de cada 3 argentinos es pobre; 1 de cada 2 menores de 14 años es pobre), la persistencia de la inflación, el parate económico, la amplia brecha entre precios y salarios ensombrecen el paisaje social en un año en el que se dirimen la presidencia de la Argentina y, si se quiere, el rumbo que el país debe adoptar para salir de la crítica situación.

Aunque Mauricio Macri, interrogado por el escritor Mario Vargas Llosa, afirmó esta semana que si es reelegido “voy a tratar por el mismo camino lo más rápido posible”

el gobierno empieza a darse por enterado de que hay un malestar creciente en la calle que alcanza a su propio público, a su propia coalición electoral y a su propio partido. Habrá que ver si es capaz de sacar las conclusiones adecuadas de esos hechos o si preferirá -como sugiere aquella declaración del Presidente- la autoafirmación retórica y la repetición. Los giros políticos sorprenden sobre todo a quienes prefieren amurallarse detrás de certezas que los cambios de la realidad han dejado desubicadas.


Una experiencia histórica


No está mal buscar antecedentes. Entre las claves de la victoria electoral de Raúl Alfonsín en 1983, por ejemplo, hay que contabilizar los cambios moleculares que se produjeron a lo largo de los meses anteriores en el seno de los círculos amistosos y, sobre todo, familiares de amplios sectores de las clases medias trabajadoras. En esos ámbitos, más íntimos y contenidos (y también más influyentes) que los del llamado debate público, la agenda temática que enarbolaba el líder radical se perfilaba como más pertinente y tranquilizadora que la que presentaba un peronismo todavía remiso en su renovación.

En la mesa familiar de muchos barrios obreros, el padre militante político o sindical y defensor de las banderas tradicionales del justicialismo empezaba a perder la discusión con su hijo estudiante, inquieto por las denuncias de un pacto militar-sindical y defensor apasionado de los derechos humanos. El arbitraje materno paulatinamente se iría inclinando por la posición del hijo y ese vuelco se objetivaría en las urnas, aportando la diferencia que distingue una derrota de un triunfo.

Es posible que en 2019 el oficialismo actual esté sufriendo deslizamientos parecidos a aquel que perjudicó 36 años atrás al partido que se veía como seguro ganador, de allí la “calentura” que ahora confiesa con énfasis el Presidente y su apelación al “aguante”.


El optimismo profesional


La Casa Rosada no puede sino registrar lo que las murallas de optimismo profesional de su entorno procuran asordinar: sus argumentos ya no convencen como antes a sus propios votantes, los contrastes de la gestión (no sólo los económicos: no hay que olvidar los del ámbito jurídico, como la falta de diálogo con una Corte Suprema a la que se intentó infructuosamente operar; o los políticos, como la sucesión de cortocircuitos que recorren su coalición electoral o los desmanejos de la inteligencia) se vuelven cada vez más difíciles de sostener en la conversación cotidiana.

Ya no se trata, por otra parte, de confrontar con interlocutores del kirchnerismo, a los que los seguidores oficialistas podían echar flit con rápidas y fáciles réplicas sobre la herencia recibida, alusiones a los cuadernos del chofer Centeno, citas de Fernández Díaz o de Feinmann y escuchas telefónicas propaladas por Majul. Ahora, en cambio, la base de Cambiemos tiene que defender a su gobierno en temas álgidos como la inflación que desobedece los pronósticos oficiales, el dólar que se dispara, la pobreza que se incrementa o las tasas escaladoras frente a argumentos de otra índole, cuyas fuentes pueden ser desde Roberto Lavagna hasta Ricardo Alfonsín, desde el socialismo que gobierna Santa Fé hasta Marcelo Tinelli o el ex embajador de Macri en Estados Unidos, Martín Lousteau, o dirigentes empresarios grandes y medianos.

Es sin duda valiente la actitud presidencial de afrontar con vehemencia estos momentos especialmente aciagos. Es probable, sin embargo, que ese gesto no sea suficiente para recuperar terreno perdido. Necesitaría como mínimo un éxito notable en algún campo que se encuentre entre las prioridades de la agenda de la sociedad. Necesitaría prestarle atención a esa agenda. Y necesitaría explicar cómo imagina un segundo gobierno dado que, a juzgar por las encuestas actuales, difícilmente pueda esperar un cambio sustancial de las relaciones de fuerza legislativas que hoy imperan.


Fuego amigo


Quizás es la percepción de que abajo se mueven esos estados de ánimo crecientemente escépticos lo que impulsa reacciones en los planos medios y superiores de la coalición oficialista.

El radicalismo está agitado y amenaza con apartarse de Cambiemos. El más que centenario partido debe, por sus normas internas, aprobar en una convención su participación en frentes o alianzas electorales. De hecho, fue la convención radical realizada en 2015 en Gualeguaychú la que dió luz verde a la constitución de Cambiemos y a su presentación en aquellos comicios que llevaron a Macri a la Casa Rosada. Este año debe haber una nueva convención para que la UCR pueda orgánicamente avalar la alianza. Y sucede que no es para nada seguro que lo haga, razón por la cual esa reunión, que debe ser convocada por el Comité Nacional, se viene postergando (ahora se supone que recién ocurrirá a fines de abril o mediados de mayo).

El presidente de la convención nacional de la UCR es el cordobés Jorge Sappia, y él ha opinado (en La Política Online) que “si no hay un giro de 180 grados, al radicalismo no le queda otro camino que terminar con Cambiemos”.Sappia acompañó a Ricardo Alfonsín a entrevistarse con Roberto Lavagna.

Otra figura importante de la UCR, Federico Storani, también expone sus reticencias, considera que puede haber mejores candidatos que Mauricio Macri para la coalición y se queja de que la Casa Rosada no habilita una PASO, en la que a él le gustaría respaldar a Martín Lousteau como candidato a presidente. ¿Acordar con Lavagna? "Todas las opciones están puestas sobre la mesa".

Entre las opciones no hay que descontar que el radicalismo, por temor a una convención borrascosa que pueda determinar una ruptura partidaria, suspenda sine die el encuentro y deje en libertad de acción a los distritos para que cada uno determine la táctica electoral que considere más conveniente.


Todos los fuegos, el fuego


Si los radicales están así de inquietos, también en el seno del Pro se cuecen habas. La liga de gobernadores del Pro -María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta- observan con preocupación que la caída de la imagen del gobierno nacional (empezando por la del Presidente mismo) afecta sus chances en los distritos que ellos encabezan y amenaza el capital político común acumulado en el Pro. Tanto Larreta como la gobernadora han caído en las encuestas (unos cinco puntos cada uno) y si bien todavía eso no entraña un riesgo existencial, en el tiempo que falta hasta el comicio la situación puede modificarse.

En la carta de tormentas que cruzan el Pro hay que registrar el affaire de la investigación clandestina sobre la gobernadora Vidal que apareció en los archivos del espía Marcelo D’Alessio. El sujeto declaró a la Justicia que trabajaba para dos cuadros de la AFI, la agencia de inteligencia oficial, conducida por un amigo personal del Presidente, el broker de futbolistas Gustavo Arribas, y una connotada dirigente del Pro, Silvia Majdalani. Es razonable que María Eugenia Vidal, que disciplinadamente acató la directiva de la Casa Rosada y no desdobló la elección presidencial para no perjudicar al Presidente, se encuentre ahora perpleja ante estos hechos misteriosos.

Como para mostrar que conserva cartas de autonomía, la gobernadora decidió cerrar la grieta con los sindicatos docentes de su provincia, aceptó aplicar la cláusula gatillo para equipar la inflación que el gobierno rechazara en 2018 y aceptó pagar una compensación por la pérdida salarial de 2018, como demandaban los gremios. Aunque no se la quiera definir de ese modo, es una política correctiva de la linea de confrontación sistemática que se ensayó el año pasado, en beneficio de una búsqueda de consensos.

En el fondo de estos acontecimientos se recorta (a la espera de confirmación) lo que quizás sea el principal error estratégico del comando electoral de la Casa Rosada: la apuesta prioritaria a una polarización con la señora de Kirchner, destinada a encerrar al electorado en una alternativa fatal, donde el remedo de Yo o El Diluvio vendría a ser,: o el gobierno o el retorno al kirchnerismo.

La señora de Kirchner podría estar eligiendo un juego que dejaría al gobierno afeitado y sin visita: sin poner condiciones ni pedir nada a cambio, está retirando los candidatos de su corriente Unión Ciudadana en los distritos más importantes (lo hizo en Córdoba, lo acaba de hacer en Tucumán) para dar apoyo a los candidatos locales de la liga de gobernadores (Juan Schiaretti en Córdoba, Juan Manzur en Tucumán) y facilitar así un triunfo del peronismo (o, lo que es lo mismo, una derrota de Cambiemos).


La esperanza del Papa


Ricardo López Murphy, uno de los primeros socios políticos de fuste que tuvo Mauricio Macri, viene de destacar las dificultades que supone ser Presidente y simultáneamente candidato en una situación crítica como la que atraviesa el país.

El gobierno ha padecido largamente esa dificultad, ya que ha hecho depender su política de sus estrategias electorales.

El Papa Francisco, entretanto, da muestras de optimismo sobre el futuro próximo del país. Acaba de declarar que espera visitar la Argentina “pronto”. Dos semanas atrás, al comentar la declaración de los obispos argentinos, en la que informaban que invitarían a Bergoglio a visitar la Argentina, habíamos adelantado en esta columna: “Suponer que esa declaración responde a una ocurrencia local no consultada previamente con Roma sería un grave signo de desinformación. La invitación de los obispos es, si se quiere, una autoinvitación de Francisco. Y eso implica un indicio inequívoco de que el Pontífice entrevé a corto plazo una situación que permitirá superar el espíritu de la grieta, que ha sido el principal obstáculo a un viaje suyo a la Argentina”.

En efecto, el Papa esperaba que amainara la crispación y se abriera un camino cierto al diálogo y los consensos. Esta columna lo había analizado ya en septiembre de 2017, cuando se iniciaba la reestructuración del Episcopado argentino: “Con una Iglesia argentina reordenada para el año próximo, una condición importantísima para el viaje de Francisco se habrá cumplido. Otras tienen que ver con la política. Si en Colombia el Pontífice llegó para encontrarse con una sociedad que avanza enérgicamente de la violencia al orden democrático y la paz, de la división al diálogo y la convivencia, en Argentina todavía ese camino no termina de consolidarse. Se mantienen activos rastros elocuentes de la grieta que prevaleció durante una década larga”.

En enero de 2018, cuando una campaña envenenada enrostraba al Papa que, habiendo llegado hasta Chile, no visitara su propia patria, se analizaba aquí: “Los críticos de Bergoglio no deberían considerar “evasivas” las razones que una y otra vez han sido invocadas desde El Vaticano y desde la misma Iglesia argentina. El obispo Víctor Fernández ya señaló hace varios meses, ante otra embestida parecida a la actual, que ‘la Argentina está pasando por un momento de excesiva polarización y crispación. Y el Papa teme que su presencia pueda ser utilizada para exacerbar aún más esta división’”.

La esperanza recién manifestada por Francisco de poder estar pronto en la Argentina, revela su fuerte expectativa en que se está abriendo un camino de salida de la grieta y el enfrentamiento.

En el Fondo Monetario Internacional no consumen solamente planillas de Excel, también leen encuestas sobre la situación política argentina. Y en esa literatura especializada el triunfo oficialista, que parecía una certeza algunos meses atrás, se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en una probabilidad entre otras.Por Jorge Raventos



Los técnicos del Fondo se entrevistan en Buenos Aires con economistas del planeta K (lo hicieron la última semana con Axel Kicillof, el principal asesor en la materia de la señora de Kirchner) y se interesan por el pensamiento de las fuerzas que crecen fuera de la polarización (el lunes 18 conversarán con Roberto Lavagna). Están urgidos por conocer los posicionamientos y los planes de los desafiantes del oficialismo, que van ganando terreno en la opinión pública.

El malestar empresarial

Los técnicos del FMI siguen con atención la información política y atienden como confesores discretos las impresiones que les transmite el mundo empresarial. Se enteran, así, de que la lógica de la polarización inquieta a los hombres de negocios tanto como la situación económica (¡y esto es decir mucho!).

Se puede iadivinar lo que los líderes de la producción comentan ante los técnicos del organismo financiero leyendo crónicas que reflejan el estado de ánimo del sector. Prevalecen las tonalidades sombrías: las firmas que no lamentan la caída de sus ventas se quejan de la presión impositiva, del hundimiento de la rentabilidad. Según la siempre enterada Silvia Naishtat (Clarín, 12 de febrero), para el presidente de la Unión Industrial Argentina, Miguel Acevedo, “no hay sector que esté a salvo”. Las cifras hacen coro con fría elocuencia: la industria cayó tres puntos y medio durante 2018 y caerá casi tres puntos en 2019, según la estimación de los expertos. La empresa más poderosa del país - Techint- se dispone a reclamar ante la Justicia por un retiro de subsidios y un inesperado cambio de reglas de juego dispuesto por el gobierno que afecta sus cuantiosas (y exitosas) inversiones en Vaca Muerta.

No obstante, incluso con ese cuadro como telón de fondo, la mayoría de los empresarios muestra más preocupación por el futuro que por el presente. Temen que la estrategia política que desarrolla el gobierno (azuzar la polarización) incremente la influencia de la señora de Kirchneer y le permita a ella, incluso sin adjudicarse una victoria, convertirse en una fuerza capaz de bloquear reformas que consideran indispensables y poner en peligro la gobernabilidad. Los interlocutores extranjeros de los líderes empresarios escuchan esos temores.

Aunque estén sufriendo el ajuste que conduce la Casa Rosada, sometidos a la disyuntiva que la estrategia electoral oficialista busca reforzar, la mayoría de los empresarios votarían la reelección de Macri, pero no ocultan su incomodidad ante esa opción aparentemente obligada.

Así como el FMI ausculta futuros posibles, estimulados sus temores por la declinante evolución de la imagen presidencial en las encuestas, un número no desdeñable de hombres de empresa explora en estos días algunos caminos laterales.


Explorar lo improbable

Se preguntan, por ejemplo, si es posible contribuir a que la señora de Kirchner evite su participación personal en la elección de octubre (y en todo caso, cómo hacerlo). Aunque prevalece un razonable escepticismo sobre el éxito de esas imaginadas gestiones, ellas en modo alguno se han descartado. Por el contrario, se están buscando los mediadores más adecuados para encaminar tales tratativas.

En paralelo, se trabaja en un plan B. Si se torna imposible acordar un paso al costado de la señora de Kirchner y, además, las chances del gobierno se siguen encogiendo, ¿hay caminos para rediseñar el cuadro político que emergerá de las urnas de octubre-noviembre?

Es natural que, en esa hipótesis, circule con fluidez el nombre de Roberto Lavagna. El ex ministro de Economía tiene vínculos óptimos con el mundo empresarial, particularmente con la industria, a lo que agrega su experiencia como piloto de tormentas (manejó con eficacia la salida de la crisis y el proceso de reactivación desarrollados entre finales de la presidencia de Eduardo Duhalde y primeros años de la de Néstor Kirchner) y sus muy buenas cifras en las encuestas de opinión pública en las que hoy es la única figura política de primera línea con imagen neta positiva (hasta María Eugenia Vidal, que se encontraba en la misma categoría, últimamente sobrelleva una leve superioridad de las opiniones de rechazo sobre las de aprobación).

En la otra columna del cuadro de fortalezas y debilidades de la hipótesis Lavagna, los analistas empresariales ubican el bajo conocimiento que el economista registra en el electorado más joven; suman también los condicionamientos que se le plantean desde sectores del peronismo federal que le reclaman que someta su eventual candidatura a una elección interna. Allí hay un punto conflictivo: Lavagna no contempla ser candidato como fruto de la competencia en el seno de una facción política, sino, en todo caso, del acuerdo y coincidencia de varias (peronismo federal incluido); claro que no hay espacio político realista para candidaturas diferenciadas del economista y de algún postulante del peronismo alternativo. Para que haya chances consistentes, de ese universo debe energer un solo candidato (no varios).

Un componente básico del realismo es el costo de las campañas y las espaldas financieras para bancarlas. Los grupos empresariales que analizan estas perspectivas pueden estar dispuestos (o resignados) a hacer un esfuerzo, pero sólo pasarán de la potencia al acto si el “plan B” tiene chances plausibles de ayudar a recomponer el sistema político y de aventar las posibilidades más inquietantes.

Exploraciones, indagaciones, estudios: aunque se transita ya la segunda quincena del segundo mes del año electoral, la incertidumbre y las vacilaciones no se disipan.

Desde la semana anterior se sabía que el gobierno anunciaría el miércoles 17 un plan que se propone aliviar las dificultades económicas de la población (y, de paso, tranquilizar a los aliados que le reclaman menos ajuste y más atención a la caída de la imagen presidencial en las encuestas). El martes 16, el inefable economista Juan Carlos De Pablo advertía: “Va a haber un anuncio, habrá que ver quién lo dice y si le creemos o no". Por Jorge Raventos


De Pablo dio dos veces en el blanco con una sola frase: el anuncio necesitaba un protagonista y dependía de algo tan sutil como la credibilidad (del público y de los mercados).


Protagonismo, confianza y redes sociales


El anuncio no tuvo un protagonista, sino tres. Los estrategas electorales de la Casa Rosada decidieron “no arriesgar” al Presidente ante la prensa con una enumeración de medidas que estaban en flagrante contradicción con “el único camino” trazado hasta unas horas antes por el gobierno y prefirieron presentar a Macri en un simulacro de visita espontánea a una vecina de Colegiales y un simulado video casero que velozmente colgaron en las redes (con tecnología poco casera).

Esa gambeta propagandística, que delegó el anuncio formal en tres ministros (Carolina Stanley, Nicolás Dujovne y Dante Sica), le habrá ahorrado algún eventual desgaste al Presidente pero ratificó la impresión de que el gobierno, presionado por la circunstancia electoral, no sólo está modificando su discurso sino, además, que lo está haciendo sin convicción. Eso se paga con credibilidad. Cuando la confianza escasea (o se ha erosionado por demasiados ensayos de prueba y error) su costo se eleva. Y puede volverse inalcanzable. Las redes sociales no son un banco de credibilidad.

La magia y el día después


El riesgo país trepó a 850 puntos y las acciones argentinas cayeron 8 puntos en Wall Street. Los volátiles mercados reaccionan rápido. La reacción del público dependerá del efecto que las medidas que empezarán a aplicarse la semana próxima produzcan sobre el poder adquisitivo de sus ingresos.

Para un sector de la opinión pública hay, claro, una primera

consecuencia del “programa de alivio”: las políticas que ahora se propone aplicar el gobierno no estaban en su propia caja de herramientas; más bien, habían sido condenadas como artificios mágicos empleados por el kirchnerismo, siempre pintado por la Casa Rosada como la encarnación del Mal, el gran adversario.

El cambio de dirección genera inquietud, sobre todo en fragmentos del electorado propio de Cambiemos. Borges supo aconsejar, sabiamente: "Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos".

Aunque concebido como un parche para anestesiar la impaciencia pública hasta noviembre (el mes del ballotage), el plan oficial no sólo estará expuesto a examen en el día a día de los próximos siete meses, sino que pronto el gobierno deberá empezar a explicar qué propone para el día después. Si tiene éxito en bajar la inflación y contener las variables fundamentales, ¿mantendrá estas políticas permanentemente o, en caso de que las urnas determinen una nueva victoria de Cambiemos, eliminará el parche y volverá a la ortodoxia del ajuste? En plena campaña electoral tanto los ciudadanos como la oposición, los mercados y sus propios votantes reclamarán respuestas.


Inflación: los promedios engañosos


El Plan Alivio fue una jugada obligada. Los intentos de disimular la pésima performance inflacionaria con el paraguas del “mal de muchos” ya estaban agotados. El 1 de abril, desde Junín el Presidente minimizó los guarismo actuales -47,6 por ciento en 2018- comparando con “ una inflación que, en 80 años, ha sido en promedio 62,5 por ciento, sin contar los años de hiperinflación. ¿Se dan cuenta?”.

La rigurosa organización Chequeado ajustó y puso en contexto esa afirmación: “De los 80 años marcados por Macri, 21 tuvieron una inflación mayor que la de 2018. En el resto (59 años), la inflación fue menor al 47,6 por ciento”. El viejo truco de los promedios.

Se puede avanzar más en ese sentido y analizar, si no los 80 años que aludió el Presidente, al menos 70, para empezar la serie allí donde el oficialismo suele señalar el origen de los males: en la presidencia de Juan Perón.

Si se consideran esos 70 años, en 31 de ellos hubo una inflación de menos del 20 por ciento (en 18 años, de menos del 10 por ciento; en 18 casos hubo una inflación de entre el 20 y el 45 por ciento; en 21 casos hubo inflaciones de más del 45 por ciento.

Si se discrimina la serie por líneas políticas de los gobiernos, entre los años con inflaciones menores al 20 por ciento, 23 años corresponden a gobiernos peronistas, 4 a gobiernos militares, 3 a gobiernos radicales.

De los 18 años con menos de 10 por ciento de inflación, 15 ocurrieron bajo gobiernos peronistas, 2 bajo gobierno radical (Fernando De la Rúa) y uno bajo gobierno militar (Juan Carlos Onganía).

Los casos con inflación superior al 45 por ciento se distribuyen entre: 9 años con gobiernos militares; 7 años con gobiernos radicales (se contabiliza a Frondizi como radical); 4 años con gobiernos peronistas y 1 año (el último) con el presidente Macri.

Más allá de esa historia, por el momento el gobierno considera plausiblemente que con el Plan Alivio (o “Plan Lleguemos”, como lo han bautizado los chuscos) al menos se ha proporcionado un alivio a sí mismo. Después de que el INDEC anunciara la inflación de 4,7 por ciento en marzo, se ha conseguido proyectar las expectativas hacia adelante.


Polarización y “espejismo demoscópicos”


Sin embargo, la realidad no deja mucho tiempo para el sosiego. La lógica de la polarización que las usinas electorales oficiales han motorizado sin pausa muestra algunos perfiles amenazantes. Un estudio de opinión pública difundido esta semana estimó que Cristina de Kirchner ganaría un ballotage frente a Macri por nueve puntos.

Esas cifras son una verdadera incitación a que la señora de Kirchner abandone cualquier idea de abstenerse de ser candidata: ¿quién renunciaría a una victoria que le pintan como tan probable?¿Cómo convencer a los cuadros propios, ansiosos de marchar chupados por esa fuerza arrolladora?

El hecho de que la encuesta esté producida por una consultora que habitualmente mide para el oficialismo puede, según se mire, avalar esos datos que elevan las chances de quien es, para la Casa Rosada, la principal adversaria o, al revés, despertar suspicacias. ¿Y si solo se tratara de una ilusión, de una apariencia ?, se pregunta en La Nación el siempre penetrante Eduardo Fidanza. Si se comprobara que “la ex presidente no posee la fuerza que se le atribuye -concluye - habría que pensar que es un espejismo demoscópico al que contribuyeron mucho menos sus fieles que aquellos que la necesitan para atizar el enfrentamiento taquillero de los buenos contra los malos”.

Es cierto que la encuesta también aportó un poco al alza del índice de riesgo país y provocó temor en algunos círculos financieros, pero, como acotó otro columnista, coincidiendo en el punto con Fidanza: “esa inquietud es explotada por parte del propio equipo electoral de Cambiemos. Macri y sus ministros le están diciendo a los sectores de poder: Ustedes deben elegir entre nuestro esfuerzo y el regreso del populismo".

Si la encuesta que se ha hecho trascender no fuera un “espejismo demoscópico” ni una carta marketinera para atizar la polarización, la preocupación electoral del oficialismo debería ser a estas alturas poder llegar al ballotage. Apenas tres semanas atrás la Casa Rosada le prometía a sus aliados una victoria en primera vuelta.

En agosto del año último apuntábamos en esta columna: “la sensación que inquieta a los inversores es que el país no termina de componer un sistema político estable, que pueda impulsar y mantener reformas básicas.En tal sentido, el verdadero interrogante político de 2019, más que el ganador de la elección es qué fuerzas definirán en el ballotage”.

En la táctica electoral de la polarización hay que buscar la causa del miedo de los inversores y, antes aún, el entorpecimiento y obstrucción de ese sistema estable de consensos básicos.

¿Todo para intentar llegar con parches que el propio oficialismo había denostado hasta anteayer?

Aunque la situación económica (inflación, crecimiento, valor del dólar, evolución de los salarios, la ocupación y el consumo) es el factor que más incidirá en las elecciones de este año que culminan en la presidencial de octubre-noviembre, desde el fin del carnaval se observan signos de naturaleza política que, puestos en contexto, van aclarando el paisaje y dibujan vectores del desarrollo de los próximos meses. Por Jorge Raventos


El primero ocurrió un domingo atrás en Neuquén: allí, en la elección de gobernador y legisladores provinciales, las expresiones locales de las fuerzas que encarnan el duopolio polarizador - el kirchnerismo y, sobre todo, la coalición oficialista Cambiemos - quedaron ampliamente relegadas ante dos vertientes del sapagismo provincial, la oficial, el Movimiento Popular Neuquino que consiguió la reelección del gobernador Omar Gutiérrez , y la “herética”, representada por el ex gobernador Jorge Sobisch. Los polarizadores sumaron poco más del 40 por ciento, es decir, la polarización se ahogó en la sopa.

Ese resultado también actualizó una lección clásica: mejor no sacar conclusiones precipitadas de lo que anuncian las encuestas, según las cuales Ramón Rioseco tenía una levísima ventaja sobre Gutiérrez.


La Casa Rosada temía ese pronosticado triunfo de Rioseco por el influjo que un resultado de esa naturaleza podría ejercer sobre los inquietos mercados (que ya están impulsando una nueva trepada del dólar: un factor de zozobra para el electorado, particularmente para el del oficialismo).

Aunque Rioseco no es kirchnerista como difundieron muchos, la confusión estaba cargada de sentido. La señora de Kirchner estaba dispuesta a reivindicar como propia una victoria de Rioseco y a capitalizarla en el escenario nacional.

No pudo ser: Rioseco sacó menos votos que en la elección anterior y quedó 12 puntos por debajo de Gutiérrez. El kirchnerismo tuvo que encerrarse en desilusionado silencio.

En rigor, ese resultado es un traspié que legitima varios de los argumentos del peronismo alternativo: en una sociedad argentina que mayoritariamente quiere superar la llamada grieta (es decir: el ping pong en el que oficialismo y kirchnerismo pretenden confirmarse recíprocamente protagonismo político), la expresidente tiene una fuerza electoral indudable pero inconducente, en el mejor de los casos, destinada al segundo puesto. Es decir, a la derrota.

Ese argumento penetra hoy, aunque todavía no se exprese en voz alta, en sectores del kirchnerismo que empiezan a deslizarse sutilmente hacia el peronismo de los gobernadores.

Es que los datos objetivos indican que a la señora de Kirchner no sólo le resultaría muy improbable triunfar en un ballotage por motivos cuantitativos, sino también por las condiciones políticas imperantes: la atmósfera regional ya no es la de los tiempos de Lula, Chávez y Correa, aquellos tiempos del socialismo del siglo XXI, sino la del Brasil de Bolsonaro, los Estados Unidos de Trump y ...la Venezuela oscurecida de Nicolás Maduro.

Ese mismo “círculo rojo” de empresarios del que la Casa Rosada suele desconfiar opera hace semanas para convencer a la expresidente de que no presente su candidatura. No son el único sector de influencia que se mueve en la misma dirección.

En ese contexto, la señora de Kirchner ha viajado a La Habana con motivo de una delicada enfermedad que sufre su hija Florencia. Es probable que allí escuche a algún mensajero portador de una propuesta del mismo tipo. A ella le sobra astucia para comprender que tantas muestras de interés son una prueba de que la máxima victoria a la que puede aspirar reside en ser un factor que contribuya, con un paso al costado, a impedir un nuevo triunfo del oficialismo. Significativamente, algunos voceros cercanos han empezado a tratar ese tema en voz alta. Con ese acto dañaría letalmente la estrategia de la Casa Rosada. Simultáneamente, es obvio, oficializaría el final político del kirchnerismo y su paulatina reabsorción como ingredientes o condimentos de un peronismo que atraviesa un proceso de redefinición.


Turbulencias oficialistas


Otro hecho de importancia política consumado en las últimas horas es la ruptura de la coalición oficialista Cambiemos en Córdoba, la la provincia en que Mauricio Macri hizo la mejor elección en 2015.

Esa quiebra es un penúltimo capítulo de los tironeos entre la Casa Rosada y el radicalismo. La UCR viene exigiendo, en tono cada vez más elocuente, que Cambiemos opere como un frente no reducido al terreno parlamentario, en el que los socios participen también en el diseño de las políticas de gobierno y en las decisiones sobre estrategia electoral y reparto de posiciones.

El Pro siempre se opuso a la idea de que el de Macri fuera un gobierno de coalición. Y los responsables de la estrategia electoral (en primer lugar Marcos Peña y Jaime Durán Barba) se han empeñado en manejar este campo con rienda corta y poca deliberación. Esta inflexibilidad auguraba renovadas tensiones, que se intensifican en la medida en que la economía no aceita los engranajes.

Fueron la imprevisión política de ese comando electoral y el manejo altanero de las instrucciones tácticas los que volvieron irreversible la crisis del oficialismo cordobés, que sólo requería de algunos sentidos elementales: olfato, visión, oído y, sobre todo, tacto.

El intendente de Córdoba capital, Ramón Mestre, defendió contra viento y marea su derecho a ser candidato y la vía electoral para decidir la fórmula. El centro (Marcos Peña y el propio Mauricio Macri, estimulados por Elisa Carrió) quería favorecer la candidatura de Mario Negri y prefirió arriesgar la ruptura a admitir el desafío de Mestre y aceptar la elección interna. Mestre se amuralló tras el federalismo: “Nos quieren imponer criterios y una fórmula por teléfono desde Buenos Aires”.

Más allá de Córdoba, la inflexibilidad centralista que impera en la conducción electoral de Cambiemos es un generador de renovadas tensiones con la UCR, donde se va afirmando una opinión interna propensa a una mayor autonomía en relación con el Pro que se hará escuchar en la convención partidaria de abril. En el radicalismo se ha iniciado el proceso de preparación espiritual para una nueva etapa.


Otras voces, otros ámbitos


De todos modos, estos son apenas detalles de color frente al hecho sustancial: la quiebra cordobesa de Cambiemos anticipa el triunfo sin suspenso de Juan Schiaretti en la elección provincial de mayo y muy probablemente también la conquista de la capital de la provincia por el peronismo cordobesista. El último intendente peronista de Córdoba fue José Domingo Cacho Coronel, cesado (y detenido) por el proceso militar en marzo de 1976.

Se confirma la centralidad de Schiaretti en el dispositivo del peronismo de los gobernadores, eje de poder del peronismo alternativo.

Schiaretti converge, por otra parte, con la propuesta política de Roberto Lavagna y acaba de ampliar las bases de su gobierno con el centro progresista de Margarita Stolbizer y los socialistas, que trabajan por la candidatura del ex ministro de Economía.

Así, entre las señales que han ofrecido los últimos días habría que sumar la casi obvia -aunque hasta ahora tácita- candidatura presidencial de Lavagna. Alrededor de su nombre se va componiendo una constelación de fuerzas cuya principal coincidencia es el deseo de salir de la parálisis de la grieta y de la estrategia de una polarización deliberada. Lavagna ha convocado a figuras individuales que trascienden los marcos partidarios (desde la intelectual Beatriz Sarlo al mediático y exitoso Marcelo Tinelli, pasando por el prestigioso neurocientífico Facundo Manes) y que se muestran dispuestos a aportar a una política de sensata unión nacional..

El ex ministro de Economía tiene virtudes propícias para encarnar un programa de ese carácter: es considerado como “propio” o “amigo” por peronistas y radicales; tiene diálogo franco con el sindicalismo y vínculos óptimos con el mundo empresarial (el economista liberal ortodoxo Miguel Angel Broda confesó esta semana en público: "La clase empresarial está muy entusiasmada con Lavagna. Yo prefiero a Macri, pero mis clientes no. Hubo una decepción muy grande con este gobierno”).

Como se ha comentado en esta columna, los empresarios están disconformes por la falta de claridad que impide el crecimiento de la economía y con la estrategia polarizadora a la que recurre sistemáticamente el gobierno, que hace crecer la figura de la señora de Kirchner, la convierte en un factor de alarma para los inversores y acentúa así la parálisis de la actividad económica.


La visita del Papa y el cambio que se entrevé


Conviene anotar otra señal de cambio que se hace visible estos días: los obispos argentinos, reunidos en Pilar, han hecho saber que el mes próximo, en Roma, pedirán al Papa Bergoglio que “no se prive de la alegría de visitar su patria”. Suponer que esa declaración responde a una ocurrencia local no consultada previamente con Roma sería un grave signo de desinformación. La invitación de los obispos es, si se quiere, una autoinvitación de Francisco. Y eso implica un indicio inequívoco de que el Pontífice entrevé a corto plazo una situación que permitirá superar el espíritu de la grieta, que ha sido el principal obstáculo a un viaje suyo a la Argentina.


En las próximas 10 semanas muchas de las cuestiones que hoy permanecen en el terreno de lo tácito o lo conjetural tendrán respuesta clara: principalmente, la actitud de la señora de Kirchner y el formato y candidaturas que adoptará el peronismo alternativo, con su eje en los gobernadores (por ejemplo: una candidatura de Lavagna requiere decisiones y coincidencias que involucran a Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey).

Lo que parece ya indudable es que las elecciones de octubre/noviembre determinarán cambios. Está claro que no se puede encarar el fortalecimiento del país ni las grandes reformas que se necesitan para alcanzar simultáneamente competitividad y gobernabilidad, productividad y una expectativa de bienestar, con métodos sectarios y con pretendidos verticalismos de uno u otro signo que sólo consiguen debilidad, crispación e impotencia.

Como vienen señalando dentro del oficialismo figuras como Emilio Monzó o el jefe de los diputados del Pro, Nicolás Massot, “hacen falta mayorías amplias”..


Los cambios son indispensables y de una manera u otra se producirán.

Sea porque se configura una nueva mayoría, con eje en el peronismo federal, vértice en una candidatura como la de Lavagna y diálogo con la oposición que se constituya, sea porque un Macri vencedor en segunda vuelta - montado sobre una coalición Cambiemos que ya está fisurada en su estructura y en la que el radicalismo reclamará espacios con más énfasis que ahora- tendría por delante una tarea inabarcable para un gobierno solitario que debería hacerse cargo de su propia herencia y que ya no podría seguir apelando al recurso de compararse con el pasado. La necesidad objetiva lo obligaría a un cambio en la estructura del poder y a un acuerdo con el peronismo (liberado del lastre K) para sostenerse sobre una una política de base ancha y programa básico común.

La Argentina, con su inmenso capital alimentario (que sigue siendo la principalísima fuente de divisas) y sus estratégicos recursos en el sector de la energía, debe ponerse de acuerdo consigo misma para superar los obstáculos que le impiden ganar (o recuperar) su lugar en el mundo.

La gran política es el arte de impulsar ese acuerdo.