Aunque la situación económica (inflación, crecimiento, valor del dólar, evolución de los salarios, la ocupación y el consumo) es el factor que más incidirá en las elecciones de este año que culminan en la presidencial de octubre-noviembre, desde el fin del carnaval se observan signos de naturaleza política que, puestos en contexto, van aclarando el paisaje y dibujan vectores del desarrollo de los próximos meses. Por Jorge Raventos


El primero ocurrió un domingo atrás en Neuquén: allí, en la elección de gobernador y legisladores provinciales, las expresiones locales de las fuerzas que encarnan el duopolio polarizador - el kirchnerismo y, sobre todo, la coalición oficialista Cambiemos - quedaron ampliamente relegadas ante dos vertientes del sapagismo provincial, la oficial, el Movimiento Popular Neuquino que consiguió la reelección del gobernador Omar Gutiérrez , y la “herética”, representada por el ex gobernador Jorge Sobisch. Los polarizadores sumaron poco más del 40 por ciento, es decir, la polarización se ahogó en la sopa.

Ese resultado también actualizó una lección clásica: mejor no sacar conclusiones precipitadas de lo que anuncian las encuestas, según las cuales Ramón Rioseco tenía una levísima ventaja sobre Gutiérrez.


La Casa Rosada temía ese pronosticado triunfo de Rioseco por el influjo que un resultado de esa naturaleza podría ejercer sobre los inquietos mercados (que ya están impulsando una nueva trepada del dólar: un factor de zozobra para el electorado, particularmente para el del oficialismo).

Aunque Rioseco no es kirchnerista como difundieron muchos, la confusión estaba cargada de sentido. La señora de Kirchner estaba dispuesta a reivindicar como propia una victoria de Rioseco y a capitalizarla en el escenario nacional.

No pudo ser: Rioseco sacó menos votos que en la elección anterior y quedó 12 puntos por debajo de Gutiérrez. El kirchnerismo tuvo que encerrarse en desilusionado silencio.

En rigor, ese resultado es un traspié que legitima varios de los argumentos del peronismo alternativo: en una sociedad argentina que mayoritariamente quiere superar la llamada grieta (es decir: el ping pong en el que oficialismo y kirchnerismo pretenden confirmarse recíprocamente protagonismo político), la expresidente tiene una fuerza electoral indudable pero inconducente, en el mejor de los casos, destinada al segundo puesto. Es decir, a la derrota.

Ese argumento penetra hoy, aunque todavía no se exprese en voz alta, en sectores del kirchnerismo que empiezan a deslizarse sutilmente hacia el peronismo de los gobernadores.

Es que los datos objetivos indican que a la señora de Kirchner no sólo le resultaría muy improbable triunfar en un ballotage por motivos cuantitativos, sino también por las condiciones políticas imperantes: la atmósfera regional ya no es la de los tiempos de Lula, Chávez y Correa, aquellos tiempos del socialismo del siglo XXI, sino la del Brasil de Bolsonaro, los Estados Unidos de Trump y ...la Venezuela oscurecida de Nicolás Maduro.

Ese mismo “círculo rojo” de empresarios del que la Casa Rosada suele desconfiar opera hace semanas para convencer a la expresidente de que no presente su candidatura. No son el único sector de influencia que se mueve en la misma dirección.

En ese contexto, la señora de Kirchner ha viajado a La Habana con motivo de una delicada enfermedad que sufre su hija Florencia. Es probable que allí escuche a algún mensajero portador de una propuesta del mismo tipo. A ella le sobra astucia para comprender que tantas muestras de interés son una prueba de que la máxima victoria a la que puede aspirar reside en ser un factor que contribuya, con un paso al costado, a impedir un nuevo triunfo del oficialismo. Significativamente, algunos voceros cercanos han empezado a tratar ese tema en voz alta. Con ese acto dañaría letalmente la estrategia de la Casa Rosada. Simultáneamente, es obvio, oficializaría el final político del kirchnerismo y su paulatina reabsorción como ingredientes o condimentos de un peronismo que atraviesa un proceso de redefinición.


Turbulencias oficialistas


Otro hecho de importancia política consumado en las últimas horas es la ruptura de la coalición oficialista Cambiemos en Córdoba, la la provincia en que Mauricio Macri hizo la mejor elección en 2015.

Esa quiebra es un penúltimo capítulo de los tironeos entre la Casa Rosada y el radicalismo. La UCR viene exigiendo, en tono cada vez más elocuente, que Cambiemos opere como un frente no reducido al terreno parlamentario, en el que los socios participen también en el diseño de las políticas de gobierno y en las decisiones sobre estrategia electoral y reparto de posiciones.

El Pro siempre se opuso a la idea de que el de Macri fuera un gobierno de coalición. Y los responsables de la estrategia electoral (en primer lugar Marcos Peña y Jaime Durán Barba) se han empeñado en manejar este campo con rienda corta y poca deliberación. Esta inflexibilidad auguraba renovadas tensiones, que se intensifican en la medida en que la economía no aceita los engranajes.

Fueron la imprevisión política de ese comando electoral y el manejo altanero de las instrucciones tácticas los que volvieron irreversible la crisis del oficialismo cordobés, que sólo requería de algunos sentidos elementales: olfato, visión, oído y, sobre todo, tacto.

El intendente de Córdoba capital, Ramón Mestre, defendió contra viento y marea su derecho a ser candidato y la vía electoral para decidir la fórmula. El centro (Marcos Peña y el propio Mauricio Macri, estimulados por Elisa Carrió) quería favorecer la candidatura de Mario Negri y prefirió arriesgar la ruptura a admitir el desafío de Mestre y aceptar la elección interna. Mestre se amuralló tras el federalismo: “Nos quieren imponer criterios y una fórmula por teléfono desde Buenos Aires”.

Más allá de Córdoba, la inflexibilidad centralista que impera en la conducción electoral de Cambiemos es un generador de renovadas tensiones con la UCR, donde se va afirmando una opinión interna propensa a una mayor autonomía en relación con el Pro que se hará escuchar en la convención partidaria de abril. En el radicalismo se ha iniciado el proceso de preparación espiritual para una nueva etapa.


Otras voces, otros ámbitos


De todos modos, estos son apenas detalles de color frente al hecho sustancial: la quiebra cordobesa de Cambiemos anticipa el triunfo sin suspenso de Juan Schiaretti en la elección provincial de mayo y muy probablemente también la conquista de la capital de la provincia por el peronismo cordobesista. El último intendente peronista de Córdoba fue José Domingo Cacho Coronel, cesado (y detenido) por el proceso militar en marzo de 1976.

Se confirma la centralidad de Schiaretti en el dispositivo del peronismo de los gobernadores, eje de poder del peronismo alternativo.

Schiaretti converge, por otra parte, con la propuesta política de Roberto Lavagna y acaba de ampliar las bases de su gobierno con el centro progresista de Margarita Stolbizer y los socialistas, que trabajan por la candidatura del ex ministro de Economía.

Así, entre las señales que han ofrecido los últimos días habría que sumar la casi obvia -aunque hasta ahora tácita- candidatura presidencial de Lavagna. Alrededor de su nombre se va componiendo una constelación de fuerzas cuya principal coincidencia es el deseo de salir de la parálisis de la grieta y de la estrategia de una polarización deliberada. Lavagna ha convocado a figuras individuales que trascienden los marcos partidarios (desde la intelectual Beatriz Sarlo al mediático y exitoso Marcelo Tinelli, pasando por el prestigioso neurocientífico Facundo Manes) y que se muestran dispuestos a aportar a una política de sensata unión nacional..

El ex ministro de Economía tiene virtudes propícias para encarnar un programa de ese carácter: es considerado como “propio” o “amigo” por peronistas y radicales; tiene diálogo franco con el sindicalismo y vínculos óptimos con el mundo empresarial (el economista liberal ortodoxo Miguel Angel Broda confesó esta semana en público: "La clase empresarial está muy entusiasmada con Lavagna. Yo prefiero a Macri, pero mis clientes no. Hubo una decepción muy grande con este gobierno”).

Como se ha comentado en esta columna, los empresarios están disconformes por la falta de claridad que impide el crecimiento de la economía y con la estrategia polarizadora a la que recurre sistemáticamente el gobierno, que hace crecer la figura de la señora de Kirchner, la convierte en un factor de alarma para los inversores y acentúa así la parálisis de la actividad económica.


La visita del Papa y el cambio que se entrevé


Conviene anotar otra señal de cambio que se hace visible estos días: los obispos argentinos, reunidos en Pilar, han hecho saber que el mes próximo, en Roma, pedirán al Papa Bergoglio que “no se prive de la alegría de visitar su patria”. Suponer que esa declaración responde a una ocurrencia local no consultada previamente con Roma sería un grave signo de desinformación. La invitación de los obispos es, si se quiere, una autoinvitación de Francisco. Y eso implica un indicio inequívoco de que el Pontífice entrevé a corto plazo una situación que permitirá superar el espíritu de la grieta, que ha sido el principal obstáculo a un viaje suyo a la Argentina.


En las próximas 10 semanas muchas de las cuestiones que hoy permanecen en el terreno de lo tácito o lo conjetural tendrán respuesta clara: principalmente, la actitud de la señora de Kirchner y el formato y candidaturas que adoptará el peronismo alternativo, con su eje en los gobernadores (por ejemplo: una candidatura de Lavagna requiere decisiones y coincidencias que involucran a Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey).

Lo que parece ya indudable es que las elecciones de octubre/noviembre determinarán cambios. Está claro que no se puede encarar el fortalecimiento del país ni las grandes reformas que se necesitan para alcanzar simultáneamente competitividad y gobernabilidad, productividad y una expectativa de bienestar, con métodos sectarios y con pretendidos verticalismos de uno u otro signo que sólo consiguen debilidad, crispación e impotencia.

Como vienen señalando dentro del oficialismo figuras como Emilio Monzó o el jefe de los diputados del Pro, Nicolás Massot, “hacen falta mayorías amplias”..


Los cambios son indispensables y de una manera u otra se producirán.

Sea porque se configura una nueva mayoría, con eje en el peronismo federal, vértice en una candidatura como la de Lavagna y diálogo con la oposición que se constituya, sea porque un Macri vencedor en segunda vuelta - montado sobre una coalición Cambiemos que ya está fisurada en su estructura y en la que el radicalismo reclamará espacios con más énfasis que ahora- tendría por delante una tarea inabarcable para un gobierno solitario que debería hacerse cargo de su propia herencia y que ya no podría seguir apelando al recurso de compararse con el pasado. La necesidad objetiva lo obligaría a un cambio en la estructura del poder y a un acuerdo con el peronismo (liberado del lastre K) para sostenerse sobre una una política de base ancha y programa básico común.

La Argentina, con su inmenso capital alimentario (que sigue siendo la principalísima fuente de divisas) y sus estratégicos recursos en el sector de la energía, debe ponerse de acuerdo consigo misma para superar los obstáculos que le impiden ganar (o recuperar) su lugar en el mundo.

La gran política es el arte de impulsar ese acuerdo.

Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas. Por Jorge Raventos-Total News-TNA-


 

 

 

Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas; particularmente con los sectores de identidad peronista que, en primer lugar, habían contribuido a desmantelar los proyectos de re-reelección de la señora de Kirchner y, en los hechos, habían  aportado los votos que le permitieron convertir su derrota en la primera vuelta electoral en una victoria en el ballotage. Esa plataforma de coincidencia fue la que le permitió al gobierno encaminar la primera etapa de su período (la que mejora el promedio general que hoy ostenta).

 

Candidatura de choque

 

El discurso con el que el último viernes inauguró por cuarta vez las sesiones del Congreso, estuvo si se quiere en las antípodas del inicial. Esta vez Macri eligió la cuerda de la confrontación, un giro varias veces estridente y crispado que, en cambio de buscar consensos, procuró acentuar diferencias, reservando los tonos  claros y brillantes para describir la gestión propia y dulcificar la exculpación por las asignaturas pendientes, mientras empleaba la paleta sombría para pintar al adversario amenazante.

 

Todos los cronistas coincidieron en que la presentación del Presidente ante la Asamblea Legislativa fue, más bien, el discurso de un candidato (“con la campaña electoral como telón de fondo y la reelección como objetivo propietario”, escribió, por ejemplo, Laura Serra en La Nación”.

 

El Presidente reiteró algunos temas que había desarrollado en análoga circunstancia un año atrás. Estaba cantado que, con el paisaje de procedimientos judiciales que enmarca a las más altas jerarquías del gobierno anterior, volvería  evocar la corrupción que campeó bajo la administración kirchnerista. Ese recurso rinde cuando uno está en campaña: reconforta al público propio incondicional y puede conmover a parte del público vacilante.

 

También estaba claro que, ante la preocupación acentuada sobre la inseguridad pública que no dejan de iluminar las encuestas, el Presidente levantaría el asunto, una asignatura en la que se siente cómodo. Macri está dispuesto a buscar sin demasiados prejuicios el respaldo de considerable segmentos de la opinión pública que reclaman mano dura para narcotraficantes, criminales, delincuentes y malentretenidos y -de inmediato presentó un proyecto- bajar la edad de imputabilidad para incriminar la delincuencia de menores.

 

La cuestión seguridad es quizás el más  significativo de la agenda actual del oficialismo en su intento por llegar a los sectores más humildes (que son los que más sufren la inseguridad). Ciertas inflexiones de esa política chocan, sin embargo, con estilos y pruritos de sectores de clase media que constituyen un fragmento fundamental del electorado de Cambiemos, así como de seguidores de algunas de las fuerzas de la coalición, como radicales y cívicos de Elisa Carrió (se sabe que ella es una admiradora de Hannah Arendt que repudia de sobrepique todo lo que le huele a “fascismo”, inclusive si proviene de ministros de Macri).

 

El PBI (Producto Bruto Invisible)

 

En cambio, la materia que sigue resultándole difícil rendir  al Presidente es la económica. Allí no podía inspirarse en su discurso del año pasado, cuando hizo afirmaciones que doce meses después lucen como promesas o vaticinios patéticamente frustrados y, por lo tanto, irrepetibles.

Él mismo quiso conjurar el mal paso criticando a quienes le recuerdan que él dijo entonces que “lo peor ya pasó y ahora vienen los años en los que vamos a crecer”. Argumentó,  sorprendentemente, que “eso es lo que hicimos, ese crecimiento invisible sucedió”.  

 

El INDEC, que cuando mide el PBI no se refiere al Producto Bruto Invisible,  acaba de poner en números parte de la performance de 2018: el último año la economía argentina se achicó un 2,6 por ciento. Por otra parte, los analistas ya descuentan que en el año en curso la caída rondará como mínimo 1,5 por ciento, con lo que el Presidente dejará al finalizar su mandato un balance de cuatro años de 5 por ciento de encogimiento del producto per cápita (sólo en 2017 hubo crecimiento positivo).

 

No suena realista afirmar, como dijo el Presidente el viernes, que “estamos mejor que en 2015”.

 

Tampoco es plausible explicar los traspiés porque “pasaron cosas” que lo impidieron  y aludir sólo a causas externas (sequías, cambios financieros globales) y nunca a las malas políticas propias.

 

Resulta complicado volver a alimentar expectativas si no hay alguna autocrítica explícita y específica sobre los presagios fallidos.

Un año atrás, el Presidente  había producido, ante la Asamblea Legislativa, un razonable diagnóstico sobre la problemática de la inflación (“la inflación castiga a la mayoría, dificulta la competencia, nos mantiene presos del corto plazo”). Pero, ay!, lo que resultó muy chingado fue otra vez su pronóstico: “La inflación está bajando - aseguró aquel día-. No queremos sólo bajarla, queremos que nunca más sea un instrumento de la política”.

 

Instrumento o consecuencia de la política encarada por su gobierno, 2018 cerró con una inflación de 47,6 por ciento, la más alta después de los últimos corcoveos de la hiperinflación de tiempos de Raúl Alfonsín.

 

Ya en  la asamblea legislativa  de 2018 Macri no había mentado su antigua promesa de “pobreza cero”, una consigna que el tiempo cruelmente deterioró en paralelo con un incremento del número de pobres e indigentes. El Presidente proclamó, en cambio, que “la desocupación está bajando”. Pero en 2018 se perdieron casi 200.000 puestos de trabajo.

 

Es por estos motivos y otros parecidos o relacionados (las tensiones con el dólar y las tasas de interés, el endeudamiento, el aletargamiento del crédito a la vivienda) que el Presidente se ve condicionado a volcar su exposición a temas no económicos y a derivar la conversación a  las bolillas en que se siente más fuerte.

 

El mundo no vota aquí

 

Una materia en la que Macri se tiene fe es la de la inserción en el mundo.

 

“Recuerden el G-20”, recomienda con nostalgia, invocando la exitosa cumbre mundial de la que Argentina fue país anfitrión. El Presidente lo amarga que el juicio de los observadores internacionales y de los líderes que frecuenta en visitas y cumbres no pese internamente, ni influya  sobre la sociedad argentina en la medida en que él lo pondera. Los comentaristas socarrones observan que el mundo exterior es muy importante pero no figura en el padrón electoral.

 

De la amplia agenda exterior, lo que más empleó el discurso de Macri en el Congreso (y se reiterará en los meses que median hasta la elección)  es el drama venezolano. No sólo ni principalmente  porque el régimen de Nicolás Maduro registra una inflación que supera largamente a la argentina (que queda así segunda en el ranking del continente y quinta en el mundo), sino porque la catástrofe económica e institucional en la que se hunde el régimen chavista le resulta al Presidente una metáfora muy instrumentable para pintar a la contrafigura política que él prefiere, que dibuja con el rostro de la señora de Kirchner. El relato electoral  del gobierno incluye como uno de sus ejes la idea de que el gobierno evitó que Argentina se convirtiera en otra Venezuela; pero que ese riesgo vuelve s presentarse si se frustra la reelección de Macri.

 

La sinécdoque antiperonista

 

El  más atendido consejero político del Presidente, Jaime Durán Barba, ya ha conjeturado  incluso que  “si Cristina gana las elecciones, cambia la Constitución, como anuncia, y arma a los barras bravas, a su Vatayón Militante de presos comunes, a los motochorros y a grupos de narcotraficantes para que maten a sus opositores tendríamos una guardia semejante" a la guardia revolucionaria paramilitar de Maduro.

 

Al respecto, vale la pena compartir la rigurosa reflexión del analista y politólogo Eduardo Fidanza (La Nación, 2 de marzo): “El problema es que se trata del principal consejero de comunicación del Presidente, considerado un gurú por la mesa chica del Gobierno. Este consultor, que pretende ser un profesional moderno y democrático, parece que quisiera hacernos retroceder a la Edad de Piedra de nuestras guerras civiles. Hundirnos aún más en la grieta para sacar rédito político (...)Acaso dictadas por la desesperación ante una eventual derrota, las afirmaciones del asesor presidencial dañan al sistema. Y lo banalizan al esconder bajo la apariencia de argumentos ntelectuales una serie de prejuicios apocalípticos al servicio de una mera estrategia de marketing electoral”.

 

Esa pintura apocalíptica es sólo una pieza de tal estructura de marketing, Hay otra que  ya empieza a transparentarse en la narración y el discurso del oficialismo. La descripción salvaje del  gobierno K y sus principales exponentes es el primer paso de una operación mayor en la que se busca describir con la contaminación que emerge de esos trazos una totalidad mayor, que sería el peronismo en conjunto.

 

En retórica se llama sinécdoque a la figura que designa una cosa con el nombre de otra, llama al todo con el nombre de la parte (o viceversa) o a la especie con el del género.

 

El propio Presidente ensayó esta traslación en declaraciones de viaje, desde Abu Dhabi. “Al final del día, en general, terminan juntándose todos. La gran mayoría de los que están fue parte del Gobierno de los Kirchner”, afirmó, irritado porque una comisión bicameral rechazó varios decretos de necesidad y urgencia que él había firmado.

 

La perspectiva de que haya candidatos peronistas más difíciles de  embestir que Cristina Kirchner  lleva al gobierno a identificarla a ella con el peronismo en su conjunto, sospechando que será  el peronismo en su conjunto la fuerza con la que  polarizar. Es al peronismo al que, por ejemplo, le imputa dificultades políticas que emergen naturalmente de la lógica institucional: el ministro de Justicia Germán Garavano, tras constatar que los cambios inducidos en la Corte Suprema no se traducen como el gobierno esperaba, se inquieta porque sospecha (“no quiero creer”, dice) que  hay en el tribunal superior “una mayoría peronista”.

 

El rechazo al DNU sobre extinción de dominio (cuestionado en su constitucionalidad por toda la oposición, por sectores internos del propio oficialismo y por un amplio espectro de juristas independientes) es atribuido “al peronismo” y a su vocación de retener privilegios y abusos a cualquier costo”.

 

El posicionamiento electoral elegido parece arrastrar al gobierno a polarizar no con el kirchnerismo, como aparenta, sino con el peronismo en su conjunto.

Esa deriva había sido anticipada con precisión por el presidente del bloque del Pro, Nicolás Massot, quien dejará ese puesto al terminar el mandato de Macri. Decía en diciembre:  “Con Emilio (Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, que también abandona su cargo)  vemos con preocupación que nos convertimos de una expresión antikirchnerista a una expresión antiperonista. Estamos convencidos de que no debería ser así, que la Argentina no saldrá adelante si estamos solos y que las reformas estructurales que exige el país requieren mayorías amplias”.

 

Por su parte, Federico Pinedo, reelecto a la cabeza de la Cámara Alta, también se diferenció esta semana de los que “confunden al kirchnerismo con el peronismo. Yo no soy nada antiperonista”, declaró. Todo un mensaje.

En la Casa Rosada trabaja gente que piensa de otro modo.

La reunión del G20  en Buenos Aires se concretó en paz, incluyó una impactante gala en el Teatro Colón que hizo llorar a Mauricio Macri, concluyó  con un plausible comunicado final que incluye algunos consensos (y, como era de esperar, posterga otros), dejó un balance más que positivo para el país y también para el gobierno de Macri. Y mostró una actitud comprensiva de toda la oposición.Por Jorge Raventos-Total News-

Otra vez se ha puesto en marcha la calesita del dólar. El miércoles 20 de febrero la cotización del billete verde superó los 41 pesos, en una semana en la que, aunque al fin se consiguió hacer control de daños, se interrumpió la calma chicha que imperó durante una breve temporada en el mercado cambiario. Por Jorge Rventos


Agitación en el gobierno. Allí, con motivos muy atendibles, se atribuyen al precio del dólar los rasgos de un papel de tornasol: sus trepadas indican crecientes niveles de acidez en el ánimo público.

No es el único indicador de malestar, claro. Para frenar el dólar el Banco Central apela a subir la tasa de interés (es decir: vuelve más inalcanzable el crédito a la producción) y además, en paralelo con el alza de la divisa se registra un incremento notable de la inflación.

En la ciudad de Buenos Aires, según la oficina porteña de Estadísticas, los precios superaron en enero en casi un punto la media nacional registrada por el INDEC (3,5 por ciento contra 2,9). Los analistas privados estiman que la inflación de febrero superará la del primer mes del año. Con un agravante: lo que más crece es el precio de la canasta básica alimentaria, metro patrón de la línea de indigencia que incluye la cantidad mínima de alimentos para subsistir. En este caso el alza de enero fue de 3,9 por ciento y se prevé que en febrero vuelva a superar la inflación media. Traducción: lo más pobres pagan más caro, la indigencia crece

Tout va très bien, Madame la Marquise

Evadiendo esos datos duros, el optimismo panglossiano que difunde la propaganda del oficialismo suele combinar dos argumentos. El primero contiene el plagio inconfeso de una célebre frase de Carlos Menem (“Estamos mal pero vamos bien”) y busca consuelo a las desgracias del presente remitiendo al incierto porvenir: todo estará mejor en el segundo semestre, la economía experimentará un oportuno repunte justo para el tiempo electoral.

Se sabe que predecir es difícil; sobre todo, el futuro.

El segundo razonamiento saltea directamente la economía y sostiene que la verdadera fortaleza del oficialismo reside, más bien, en la política. En este sentido, las noticias no parecen tampoco demasiado buenas últimamente. La autoridad política de la Casa Rosada se ve desafiada desde dentro de la misma coalición de gobierno y golpeada por sus propias bases.

Y afuera, lo que estaba (y aún sigue estando) fraccionado, empieza a juntarse.

El amarillo ya no cae tan bien

La derrota de Carlos Javier (El Colorado) Mac Allister en la interna de Cambiemos de la provincia de La Pampa para nominar al candidato del oficialismo nacional a la gobernación representó una señal ominosa para los estrategas de Balcarce 50. Mac Allister es un protegido del Presidente, unido a él desde Boca Juniors, y fue vencido por el radical Daniel Kroneberger en una proporción de casi 3 a 1. Dato singular: en una elección no obligatoria, los votos en blanco también superaron en esa proporción a los del hombre de Macri, en una muestra de protesta que, si puede golpear a la política en su conjunto, sin duda afecta más a los que tienen más responsabilidad.

Que el candidato del Presidente haya perdido como perdió reabre una duda en, por ejemplo, la provincia de Buenos Aires: la decisión de no desdoblar la elección que tomó María Eugenia Vidal, ¿beneficiará a Macri traspasándole a él los índices de aprobación que obtiene la gobernadora, o la perjudicará a ella contagiándole los rechazos que recibe la gestión nacional?

En su afán por explicar una derrota incómoda, Mac Allister se refugió por su parte en una lógica inconveniente: aseguró que había ocurrido una colusión entre el radicalismo y La Cámpora, convirtiendo así de rondón al kirchnerismo en vencedor oculto del Pro, y a sus aliados en Cambiemos en cómplices y beneficiarios de una conjura: "A mí me ganó el peronismo. Está claro que hubo un acuerdo entre los K y los radicales. Perdí porque hubo un acuerdo entre ellos".

Las relaciones entre el partido del Presidente y la UCR ya están suficientemente tensas como para agravarlas con excusas narrativas.

La desobediencia cordobesa

Más significativa que la derrota pampeana ha sido la desobediencia cordobesa. La Casa Rosada se empeñó durante semanas en desaconsejar una elección interna para dirimir las principales candidaturas de esa provincia (y, de hecho para imponer una fórmula amiga constituida por un radical filoPro, el diputado Mario Negri, y un Pro puro de oliva, el exárbitro Héctor Baldassi). Pero el intendente de la ciudad de Córdoba, líder partidario de la UCR, no sólo resistió la sostenida presión de Balcarce 50 e inscribió su precandidatura a gobernador para enfrentar a Negri, sino que sumó a su rebeldía a Rodrigo de Loredo, l yerno del ministro de Defensa Oscar Aguad y hasta ahora considerado un miembro conspicuo de la feligresía del jefe de gabinete nacional, Marcos Peña. De Loredo se postulará a la candidatura de intendente de la capital cordobesa en la lista de Mestre y enfrentará a Luis Juez, el preferido por la Casa Rosada para esa posición.

El miércoles 20, Mestre confió a una radio porteña que había recibido múltiples presiones del Ejecutivo nacional para que le allanara el camino a la fórmula Negri-Baldassi, es decir: para que desistiera de sus propias aspiraciones y evitara una interna, pretensión que rechazó con firmeza no exenta de elegancia:

“Me plantearon como que votar hacía crujir al espacio político. Y eso no es así, recordemos que nuestro presidente, Mauricio Macri, llegó por primarias", razonó.

Un argumento que se reitera

El argumento de no temer a las elecciones internas es moneda corriente en la UCR. Martín Lousteau lo esgrimió durante la gira por Oriente a la que fue invitado por Macri. Muchos radicales imaginan que el propio Lousteau podría ser challenger del Presidente en una PASO destinada a definir la principal candidatura de Cambiemos en octubre. Figuras de peso como Enrique Nosiglia, Ricardo Alfonsín o Ernesto Sanz son favorables, si no necesariamente a la postulación de Lousteau, a la concreción de una interna.

"Yo creo en las PASO presidenciales, me gustan", dijo por caso, Sanz esta semana, saliendo de un extenso período de silencio político. Nosiglia, por su parte, que comparte con el Presidente la pasión boquense y abundantes conversaciones sin testigos, ha insistido ante Macri que una buena puja interna por la candidatura presidencial contribuiría a contener y encauzar los talantes críticos que de otro modo pueden buscar otras formas de expresión. “La interna fortalece”, le ha dicho. Pero esa no es la doctrina de Balcarce 50, que administra sobre todo Marcos Peña: desde allí se pretende unidad, verticalidad y disciplina como instrumentos para fortalecer la autoridad del Presidente.

Por el momento lo que se observa es que el Pro, la fuerza del Presidente, va perdiendo influencia en la coalición Cambiemos. Por caso, en otra provincia importante, Santa Fé, donde el macrismo estuvo cerca de quedarse con la gobernación en 2015 con el cómico Miguel Del Sel como candidato, en esta ocasión decidió ceder el terreno a los radicales y frustrar las aspiraciones de su líder partidario local, Federico Angelini, presionado a dar un paso atrás para no arriesgar una nueva interna con la UCR. Después de La Pampa, el Pro se atiene a la frase sobre “el que se quemó con leche…” (en Entre Ríos, otro caso, acaban de resignarse a que la candidatura de Cambiemos quede en manos de otro radical).

La maniobra santafesina, manejada desde el poder central, ni siquiera consiguió dar una alegría a la difícil aliada Elisa Carrió (que pretendía que su primo Mario Barletta, radical y ex intendente de Santa Fé, fuera el beneficiario de la retirada del Pro): la UCR impuso su deseo, la candidatura de José Corral.

Dato lateral: ese radicalismo santafesino ante el que el Pro cedió terreno es ya una fuerza tan revuelta internamente que una semana atrás fue intervenido por el comité nacional de la UCR. La dura medicina fue el único procedimiento que encontró la conducción partidaria para imponer la alianza con el Pro en Cambiemos como estrategia única del radicalismo en la provincia. La necesidad del escarmiento traduce una progresiva debilidad del magnetismo: el Pro va perdiendo sex appeal.

Después de las elecciones provinciales y de las nacionales de octubre-noviembre, la coalición oficialista, tanto si le toca volver a gobernar o (más aún) si una derrota la traslada al papel de oposición, habrá cambiado sustancialmente su relación de fuerzas interna y, en suma, sus rasgos de identidad.

Mirando al otro polo

Hay otro flanco débil en la perspectiva político-electoral del oficialismo: su apuesta estratégica a la polarización con Cristina Kirchner y a la división opositora empieza a ser desafiada en la realidad.

En primer lugar, el peronismo alternativo y el kirchnerismo, sin disimular las diferencias que los separan, parecen decididos a privilegiar una estrategia opositora común (incluso abierta eventualmente a otras fuerzas). Están consolidando ofertas o procedimientos electorales unificados ya en una decena de provincias. En Santa Fé, por ejemplo, el kirchnerismo replegó sus candidatos para facilitar la convergencia de distintas familias justicialistas (incluyendo a los renovadores de Sergio Massa), que confluirán, sea en una interna entre María Eugenia Bielsa y Omar Perotti, sea (hay tiempo todavía) en una fórmula para la gobernación acordada por todas.

En el Congreso, esa tendencia a golpear en conjunto se tradujo esta semana en la Comisión Bicameral Permanente de Trámite Legislativo: allí rechazaron tres decretos de Necesidad y Urgencia firmados por Mauricio Macri, entre ellos el que dictó la extinción de dominio sobre bienes y fondos de origen sospechoso. La oposición política (y muchos juristas independientes) habían cuestionado la vía del decreto para imponer esas penalidades cuando en el Congreso ya había en trámite avanzado un proyecto de ley. Más allá de los argumentos, la jugada indica los riesgos de la estrategia oficialista de apostar a una división que puede volverse ilusoria.

La misma estrategia central de la polarización con Cristina Kirchner empieza a ingresar en zona opaca. Ya se ha señalado en esta columna que sectores de lo que en el gobierno llaman “el círculo rojo” temen los efectos de esa política y hasta han empezado a operar para neutralizarla y para convencer a la expresidente de que no presente su candidatura.

Más allá de esas ideas y gestiones (significativas inclusive si no consiguen su objetivo) la duda sobre la candidatura de CFK ha comenzado a filtrarse en medios y columnas que hasta hace muy poco la consideraban indiscutible. Algunos comentaristas de evidente simpatía oficialista hacen conmovedores esfuerzos argumentales, menos para convencer a terceros que para seguir convencidos ellos mismos de que esa hipótesis, clave de la estrategia electoral de la Casa Rosada no puede fallar. Quizás deberían permitirse alguna duda: la señora de Kirchner viene mostrando una astucia táctica probablemente guiada por la comprensión de que la mayor victoria a la que puede aspirar reside en impedir el triunfo del oficialismo. Una verónica de ella expondría dramáticamente los flancos débiles de la estrategia de la Casa Rosada.

Lo más problemático de la situación del gobierno es que, a diferencia de lo que piensan sus cruzados más facciosos, en condiciones de debilidad política (poder insuficiente y tres años de desgaste) sus conjeturas más ambiciosas dependen menos de sus propios actos que del comportamiento de terceros: los mercados, la sociedad, los consumidores, los inversores, los votantes, la opinión pública.

Y de una oposición política que, evidentemente, también juega.

De tanto trabajar las fallas que, a los ojos de los estrategas oficialistas, fracturan la geología peronista, el gobierno descuidó las fisuras propias de su coalición que, de improviso pero no sorpresivamente, se empiezan a dejar ver en la superficie.Por Jorge Raventos- Foto Camaño y Massa festejan alianza con CFK para llegar al Consejo de la Magistratura-

En el Fondo Monetario Internacional no consumen solamente planillas de Excel, también leen encuestas sobre la situación política argentina. Y en esa literatura especializada el triunfo oficialista, que parecía una certeza algunos meses atrás, se ha ido convirtiendo con el paso del tiempo en una probabilidad entre otras.Por Jorge Raventos



Los técnicos del Fondo se entrevistan en Buenos Aires con economistas del planeta K (lo hicieron la última semana con Axel Kicillof, el principal asesor en la materia de la señora de Kirchner) y se interesan por el pensamiento de las fuerzas que crecen fuera de la polarización (el lunes 18 conversarán con Roberto Lavagna). Están urgidos por conocer los posicionamientos y los planes de los desafiantes del oficialismo, que van ganando terreno en la opinión pública.

El malestar empresarial

Los técnicos del FMI siguen con atención la información política y atienden como confesores discretos las impresiones que les transmite el mundo empresarial. Se enteran, así, de que la lógica de la polarización inquieta a los hombres de negocios tanto como la situación económica (¡y esto es decir mucho!).

Se puede iadivinar lo que los líderes de la producción comentan ante los técnicos del organismo financiero leyendo crónicas que reflejan el estado de ánimo del sector. Prevalecen las tonalidades sombrías: las firmas que no lamentan la caída de sus ventas se quejan de la presión impositiva, del hundimiento de la rentabilidad. Según la siempre enterada Silvia Naishtat (Clarín, 12 de febrero), para el presidente de la Unión Industrial Argentina, Miguel Acevedo, “no hay sector que esté a salvo”. Las cifras hacen coro con fría elocuencia: la industria cayó tres puntos y medio durante 2018 y caerá casi tres puntos en 2019, según la estimación de los expertos. La empresa más poderosa del país - Techint- se dispone a reclamar ante la Justicia por un retiro de subsidios y un inesperado cambio de reglas de juego dispuesto por el gobierno que afecta sus cuantiosas (y exitosas) inversiones en Vaca Muerta.

No obstante, incluso con ese cuadro como telón de fondo, la mayoría de los empresarios muestra más preocupación por el futuro que por el presente. Temen que la estrategia política que desarrolla el gobierno (azuzar la polarización) incremente la influencia de la señora de Kirchneer y le permita a ella, incluso sin adjudicarse una victoria, convertirse en una fuerza capaz de bloquear reformas que consideran indispensables y poner en peligro la gobernabilidad. Los interlocutores extranjeros de los líderes empresarios escuchan esos temores.

Aunque estén sufriendo el ajuste que conduce la Casa Rosada, sometidos a la disyuntiva que la estrategia electoral oficialista busca reforzar, la mayoría de los empresarios votarían la reelección de Macri, pero no ocultan su incomodidad ante esa opción aparentemente obligada.

Así como el FMI ausculta futuros posibles, estimulados sus temores por la declinante evolución de la imagen presidencial en las encuestas, un número no desdeñable de hombres de empresa explora en estos días algunos caminos laterales.


Explorar lo improbable

Se preguntan, por ejemplo, si es posible contribuir a que la señora de Kirchner evite su participación personal en la elección de octubre (y en todo caso, cómo hacerlo). Aunque prevalece un razonable escepticismo sobre el éxito de esas imaginadas gestiones, ellas en modo alguno se han descartado. Por el contrario, se están buscando los mediadores más adecuados para encaminar tales tratativas.

En paralelo, se trabaja en un plan B. Si se torna imposible acordar un paso al costado de la señora de Kirchner y, además, las chances del gobierno se siguen encogiendo, ¿hay caminos para rediseñar el cuadro político que emergerá de las urnas de octubre-noviembre?

Es natural que, en esa hipótesis, circule con fluidez el nombre de Roberto Lavagna. El ex ministro de Economía tiene vínculos óptimos con el mundo empresarial, particularmente con la industria, a lo que agrega su experiencia como piloto de tormentas (manejó con eficacia la salida de la crisis y el proceso de reactivación desarrollados entre finales de la presidencia de Eduardo Duhalde y primeros años de la de Néstor Kirchner) y sus muy buenas cifras en las encuestas de opinión pública en las que hoy es la única figura política de primera línea con imagen neta positiva (hasta María Eugenia Vidal, que se encontraba en la misma categoría, últimamente sobrelleva una leve superioridad de las opiniones de rechazo sobre las de aprobación).

En la otra columna del cuadro de fortalezas y debilidades de la hipótesis Lavagna, los analistas empresariales ubican el bajo conocimiento que el economista registra en el electorado más joven; suman también los condicionamientos que se le plantean desde sectores del peronismo federal que le reclaman que someta su eventual candidatura a una elección interna. Allí hay un punto conflictivo: Lavagna no contempla ser candidato como fruto de la competencia en el seno de una facción política, sino, en todo caso, del acuerdo y coincidencia de varias (peronismo federal incluido); claro que no hay espacio político realista para candidaturas diferenciadas del economista y de algún postulante del peronismo alternativo. Para que haya chances consistentes, de ese universo debe energer un solo candidato (no varios).

Un componente básico del realismo es el costo de las campañas y las espaldas financieras para bancarlas. Los grupos empresariales que analizan estas perspectivas pueden estar dispuestos (o resignados) a hacer un esfuerzo, pero sólo pasarán de la potencia al acto si el “plan B” tiene chances plausibles de ayudar a recomponer el sistema político y de aventar las posibilidades más inquietantes.

Exploraciones, indagaciones, estudios: aunque se transita ya la segunda quincena del segundo mes del año electoral, la incertidumbre y las vacilaciones no se disipan.

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