Las últimas encuestas -enmarcadas en la, por varias semanas, serena navegación del dólar y en la atmósfera de apertura suscitada por la incorporación de Miguel Pichetto al vértice oficialista- alimentan el optimismo del gobierno.

Que el presidente de Bolivia, Evo Morales -una figura de la izquierda latinoamericana que compartió liderazgo con el venezolano Hugo Chávez- haya saludado como una gran noticia el acuerdo del Mercosur con la Unión Europea y lo haya considerado un motivo de envergadura para que su país se sume al bloque que lideran Brasil y Argentina, demuestra que no es ninguna muestra indefectible de “progresismo” definir de sobrepique ese convenio como “un castigo” o “una tragedia.Por Jorge Rventos

La convención nacional del radicalismo consumada seis días atrás en los salones de Parque Norte, junto al Río de la Plata, no fue -como algunos deseaban y otros temían- el escenario de ningún estallido político.Por Jorge Raventos-Especial Total News-TNA-

Reconfortado con la idea de que ha encontrado una solución para estabilizar el valor del dólar, el gobierno inició el mes de mayo dispuesto a recuperar cierta iniciativa. Por Jorge Raventos-Envío especial Total News-TNA-

Una vez más, la política externa le ofreció a Mauricio Macri una bocanada de oxígeno que el ámbito doméstico todavía le niega. Parte de la estrategia presidencial ha residido en avanzar desde afuera hacia adentro, poniendo el acento en la apertura al mundo y en la integración de Argentina en las redes transnacionales, procurando de ese modo apalancar su política nacional y dotarla de apoyos extra. Esa apuesta le ha dado réditos.Por Jorge Raventos-Especial Total News-

A menos de un mes de la inscripción de fórmulas electorales, todavía reina un considerable desconcierto sobre quiénes (y en qué compañía y con qué identidades) terminarán compitiendo en las urnas en octubre y noviembre (y antes, en las PASO del mes de agosto). Las presuntas certezas navegan todavía por el mar de la duda.Por Jorge Raventos

Una semana atrás, una encuesta de discutible factura alcanzó para alarmar a los mercados: diagnosticaba un probable triunfo de Cristina Kirchner en el ballotage de noviembre. Esta semana, el efecto se extendió ante la noticia de que la expresidente publicó un libro de presuntas confesiones políticas.Por Jorge Raventos- Envio especial Total News- TNA-



“Es una señal inequívoca de que ella se presentará”, afirman ahora con mirada sombría los vaticinadores. Esa es la ecuación que presentan: libro más encuesta, igual catástrofe. Aunque la encuesta sea un embeleco y la “señal inequívoca” no represente (hasta ahora), en verdad, más que un palo de ciego.

¿Cristinomics o Macrinomics?

Si indicios tan conjeturales bastan para desatar estos vientos es porque se observan en un contexto diseñado por la táctica electoral que el gobierno priorizó: la polarización extrema con Cristina Kirchner y el empleo de la figura de ella como sinónimo de peronismo. Los aprendices de brujería no controlan las fuerzas que ponen en movimiento. Lo que teóricamente les sería favorable a la hora de la elección desata tempestades en las vísperas y desarticula una economía ya destartalada por mérito propio.

El jueves 25, el riesgo país perforó la barrera de los 1.000 puntos mientras el dólar volvía a remontarse, buscando más vertiginosamente de lo imaginado el tope de la banda de flotación fijado por el Banco Central para que rija hasta diciembre. Simultáneamente, el Financial Times titulaba “Argentina en el borde”, El País, de Madrid, consideraba que “Argentina se asoma al precipicio” y el matutino porteño más próximo al oficialismo informaba en su primera plana que “Wall Street cree que la crisis puede obligar al Gobierno a activar el plan V” (es decir, reemplazar la candidatura presidencial de Mauricio Macri por la de María Eugenia Vidal).

La candidatura es mía, mía, mía

Desde la Casa Rosada, precipitadamente, se dispuso una batería informativa para corroborar con vehemencia que no hay “plan V” alguno en las carpetas y que el solo y único candidato presidencial del oficialismo es Macri. Horacio Rodríguez Larreta apeló incluso a una infrecuente dosis de patriotismo verbal para ratificarlo: “Decidimos en la Argentina, no en Wall Street”, aseveró. El énfasis de las aclaraciones testimonia la intensidad de las presiones, no las desmiente.

Ni eso ni la suba de tasas y otras palancas empleadas por el Banco Central impidieron que el jueves y el viernes el dólar se mantuvieron en la zona roja. Algunos piden que la dirección del Banco Central cuente que nuevas herramientas.

Quienes, con mirada liberal, propiciaban políticas que dejaran actuar sin obstáculos al mercado, ahora se inclinan por la intervención. Es una combinación de ironías que, ante las turbulencias, el gobierno esté implorando al Fondo Monetario Internacional más libertad de acción para intervenir en el mercado con los fondos transferidos por el organismo y la cúpula del Fondo haga la vista gorda ante las transgresiones al acuerdo vigente aunque todavía refrene su inclinación a autorizarlas formalmente. "Usen la guita y cá..ense en el Fondo", habría exhortado con estilo heterodoxo Jaime Durán Barba al gabinete después de constatar en sus estudios demoscópicos que la volatilidad del dólar horada con persistencia la imagen del Presidente-candidato.

“La guita” la están usando: el Central de los casi 11.000 millones de dólares que el Fondo envió a principios de abril ya se evaporó más del 50 por ciento.


Una cuestión de confianza

Lo que ocurre es que el gobierno atraviesa una extendida crisis de confianza que no consigue revertir. Los analistas diagnostican ya que las medidas anunciadas la última semana no se cumplirán a raíz de los vaivenes violentos de los mercados; consideran también que la turbulencia no ha sido superada y que las dificultades políticas se prolongarán hasta que se entrevea una solución más consistente y convincente para los mercados y para el público.

Los mercados se preguntan si el gobierno producirá o no cambios políticos para recuperar terreno; si el peronismo alternativo conseguirá construirse como opción de poder. Y si, en definitiva, Cristina Kirchner presentará su candidatura presidencial. Los interrogantes son varios y apuntan en varias direcciones. Lo que evidencia que el gobierno no es ni el único ni, quizás, el principal protagonista.

El día menos pensado

Si la Casa Rosada insiste en sólo aplicar parches para anestesiar la impaciencia pública hasta noviembre (el mes del ballotage), estará expuesta a un desgastante examen en el día a día.

El país querrá saber, además, qué le deparará el día después de la anestesia.

Y todos se preguntarán a qué medicina de urgencia se podría recurrir el día menos pensado.

El gobierno sufre las consecuencias de su inestable combinación de gestión y marketing político. La lógica de la polarización que las usinas electorales oficiales han motorizado sin pausa despliega en el centro de la escena sus perfiles amenazantes.

A las contrariedades que provoca una situación ya suficientemente sensible, el gobierno debe sumar la ansiedad de sus propios jugadores.

Elisa Carrió y Herminio Iglesias

Elisa Carrió, por caso, interpretando quizás que el oficialismo no subraya suficientemente el rechazo al peronismo, viajó a Córdoba y pronunció una frase descalificante (“Gracias a Dios que De la Sota murió”) que el gobierno nacional asimiló en silencio porque no se siente en condiciones de discutir con ella.

El que sí reaccionó desde Cambiemos fue Ramón Mestre, alcalde de la capital cordobesa y candidato radical a la gobernación: repudió los dichos de la diputada oficialista y los comparó con “el cajón de Herminio Iglesias”, una referencia al episodio de último momento que, en 1983, habría definido al electorado independiente contra los candidatos peronistas y en favor de Raúl Alfonsín. El domingo 12 de mayo, tras la elección provincial, la diferencia a favor que obtenga Juan Schiaretti (seguro vencedor de esa contienda) permitirá medir si la comparación de Mestre fue o no adecuada.

Las primarias santafesinas de hoy ofrecen otra oportunidad para explorar la dimensión de los problemas electorales que atraviesa el oficialismo. En esa provincia, la tercera en importancia económica del país, Cambiemos, con la candidatura del actor Miguel Del Sel, dió una pelea pareja al socialismo y estuvo cerca de consagrarse. Hoy la mayoría de las encuestas le vaticinan un tercer puesto. Es cierto, son apenas las PASO. Pero a menudo las primarias anticipan el resultado final.

El llamado núcleo duro del gobierno ha decidido atarse al timón para no dejarse influir por los cantos de sirena: ni por los mercados (“piensan a corto plazo”), ni por las encuestas (“es temprano para tomarlas en cuenta”) ni, hasta cierto punto, por los propios aliados. Se trata de persistir en el mismo libreto. Aunque transitoriamente pueda copiar medidas de sus antecesores en las que no cree, ha renunciado a cualquier plan alternativo, sea V, B o W. Macri es presidente y candidato. Hay que resistir el temporal hasta la hora de las urnas.

En rigor, la intensidad de los vientos aconsejaría ocuparse menos del marketing y los camelos electorales y atender con decisión la urgencia política: la clave (para oficialismo y oposición) es darle al país y al mundo datos ciertos de una estrategia de unidad nacional, alcanzar los acuerdos serios que sienten las bases de un sistema político estable, asumir las responsabilidades (pasos al frente, pasos al costado, pasos atrás) que la profundidad de la crisis reclama.

La realidad es la que impone la agenda.

Desde la semana anterior se sabía que el gobierno anunciaría el miércoles 17 un plan que se propone aliviar las dificultades económicas de la población (y, de paso, tranquilizar a los aliados que le reclaman menos ajuste y más atención a la caída de la imagen presidencial en las encuestas). El martes 16, el inefable economista Juan Carlos De Pablo advertía: “Va a haber un anuncio, habrá que ver quién lo dice y si le creemos o no". Por Jorge Raventos


De Pablo dio dos veces en el blanco con una sola frase: el anuncio necesitaba un protagonista y dependía de algo tan sutil como la credibilidad (del público y de los mercados).


Protagonismo, confianza y redes sociales


El anuncio no tuvo un protagonista, sino tres. Los estrategas electorales de la Casa Rosada decidieron “no arriesgar” al Presidente ante la prensa con una enumeración de medidas que estaban en flagrante contradicción con “el único camino” trazado hasta unas horas antes por el gobierno y prefirieron presentar a Macri en un simulacro de visita espontánea a una vecina de Colegiales y un simulado video casero que velozmente colgaron en las redes (con tecnología poco casera).

Esa gambeta propagandística, que delegó el anuncio formal en tres ministros (Carolina Stanley, Nicolás Dujovne y Dante Sica), le habrá ahorrado algún eventual desgaste al Presidente pero ratificó la impresión de que el gobierno, presionado por la circunstancia electoral, no sólo está modificando su discurso sino, además, que lo está haciendo sin convicción. Eso se paga con credibilidad. Cuando la confianza escasea (o se ha erosionado por demasiados ensayos de prueba y error) su costo se eleva. Y puede volverse inalcanzable. Las redes sociales no son un banco de credibilidad.

La magia y el día después


El riesgo país trepó a 850 puntos y las acciones argentinas cayeron 8 puntos en Wall Street. Los volátiles mercados reaccionan rápido. La reacción del público dependerá del efecto que las medidas que empezarán a aplicarse la semana próxima produzcan sobre el poder adquisitivo de sus ingresos.

Para un sector de la opinión pública hay, claro, una primera

consecuencia del “programa de alivio”: las políticas que ahora se propone aplicar el gobierno no estaban en su propia caja de herramientas; más bien, habían sido condenadas como artificios mágicos empleados por el kirchnerismo, siempre pintado por la Casa Rosada como la encarnación del Mal, el gran adversario.

El cambio de dirección genera inquietud, sobre todo en fragmentos del electorado propio de Cambiemos. Borges supo aconsejar, sabiamente: "Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos".

Aunque concebido como un parche para anestesiar la impaciencia pública hasta noviembre (el mes del ballotage), el plan oficial no sólo estará expuesto a examen en el día a día de los próximos siete meses, sino que pronto el gobierno deberá empezar a explicar qué propone para el día después. Si tiene éxito en bajar la inflación y contener las variables fundamentales, ¿mantendrá estas políticas permanentemente o, en caso de que las urnas determinen una nueva victoria de Cambiemos, eliminará el parche y volverá a la ortodoxia del ajuste? En plena campaña electoral tanto los ciudadanos como la oposición, los mercados y sus propios votantes reclamarán respuestas.


Inflación: los promedios engañosos


El Plan Alivio fue una jugada obligada. Los intentos de disimular la pésima performance inflacionaria con el paraguas del “mal de muchos” ya estaban agotados. El 1 de abril, desde Junín el Presidente minimizó los guarismo actuales -47,6 por ciento en 2018- comparando con “ una inflación que, en 80 años, ha sido en promedio 62,5 por ciento, sin contar los años de hiperinflación. ¿Se dan cuenta?”.

La rigurosa organización Chequeado ajustó y puso en contexto esa afirmación: “De los 80 años marcados por Macri, 21 tuvieron una inflación mayor que la de 2018. En el resto (59 años), la inflación fue menor al 47,6 por ciento”. El viejo truco de los promedios.

Se puede avanzar más en ese sentido y analizar, si no los 80 años que aludió el Presidente, al menos 70, para empezar la serie allí donde el oficialismo suele señalar el origen de los males: en la presidencia de Juan Perón.

Si se consideran esos 70 años, en 31 de ellos hubo una inflación de menos del 20 por ciento (en 18 años, de menos del 10 por ciento; en 18 casos hubo una inflación de entre el 20 y el 45 por ciento; en 21 casos hubo inflaciones de más del 45 por ciento.

Si se discrimina la serie por líneas políticas de los gobiernos, entre los años con inflaciones menores al 20 por ciento, 23 años corresponden a gobiernos peronistas, 4 a gobiernos militares, 3 a gobiernos radicales.

De los 18 años con menos de 10 por ciento de inflación, 15 ocurrieron bajo gobiernos peronistas, 2 bajo gobierno radical (Fernando De la Rúa) y uno bajo gobierno militar (Juan Carlos Onganía).

Los casos con inflación superior al 45 por ciento se distribuyen entre: 9 años con gobiernos militares; 7 años con gobiernos radicales (se contabiliza a Frondizi como radical); 4 años con gobiernos peronistas y 1 año (el último) con el presidente Macri.

Más allá de esa historia, por el momento el gobierno considera plausiblemente que con el Plan Alivio (o “Plan Lleguemos”, como lo han bautizado los chuscos) al menos se ha proporcionado un alivio a sí mismo. Después de que el INDEC anunciara la inflación de 4,7 por ciento en marzo, se ha conseguido proyectar las expectativas hacia adelante.


Polarización y “espejismo demoscópicos”


Sin embargo, la realidad no deja mucho tiempo para el sosiego. La lógica de la polarización que las usinas electorales oficiales han motorizado sin pausa muestra algunos perfiles amenazantes. Un estudio de opinión pública difundido esta semana estimó que Cristina de Kirchner ganaría un ballotage frente a Macri por nueve puntos.

Esas cifras son una verdadera incitación a que la señora de Kirchner abandone cualquier idea de abstenerse de ser candidata: ¿quién renunciaría a una victoria que le pintan como tan probable?¿Cómo convencer a los cuadros propios, ansiosos de marchar chupados por esa fuerza arrolladora?

El hecho de que la encuesta esté producida por una consultora que habitualmente mide para el oficialismo puede, según se mire, avalar esos datos que elevan las chances de quien es, para la Casa Rosada, la principal adversaria o, al revés, despertar suspicacias. ¿Y si solo se tratara de una ilusión, de una apariencia ?, se pregunta en La Nación el siempre penetrante Eduardo Fidanza. Si se comprobara que “la ex presidente no posee la fuerza que se le atribuye -concluye - habría que pensar que es un espejismo demoscópico al que contribuyeron mucho menos sus fieles que aquellos que la necesitan para atizar el enfrentamiento taquillero de los buenos contra los malos”.

Es cierto que la encuesta también aportó un poco al alza del índice de riesgo país y provocó temor en algunos círculos financieros, pero, como acotó otro columnista, coincidiendo en el punto con Fidanza: “esa inquietud es explotada por parte del propio equipo electoral de Cambiemos. Macri y sus ministros le están diciendo a los sectores de poder: Ustedes deben elegir entre nuestro esfuerzo y el regreso del populismo".

Si la encuesta que se ha hecho trascender no fuera un “espejismo demoscópico” ni una carta marketinera para atizar la polarización, la preocupación electoral del oficialismo debería ser a estas alturas poder llegar al ballotage. Apenas tres semanas atrás la Casa Rosada le prometía a sus aliados una victoria en primera vuelta.

En agosto del año último apuntábamos en esta columna: “la sensación que inquieta a los inversores es que el país no termina de componer un sistema político estable, que pueda impulsar y mantener reformas básicas.En tal sentido, el verdadero interrogante político de 2019, más que el ganador de la elección es qué fuerzas definirán en el ballotage”.

En la táctica electoral de la polarización hay que buscar la causa del miedo de los inversores y, antes aún, el entorpecimiento y obstrucción de ese sistema estable de consensos básicos.

¿Todo para intentar llegar con parches que el propio oficialismo había denostado hasta anteayer?

Con las urnas a la vista y conciente del riesgo que ellas le imponen a sus deseos de continuidad, Mauricio Macri se liberó del discurso autoindulgente y aislacionista de su entorno y produjo un hecho de proporciones: convocó a Miguel Pichetto, la figura más quintaesencialmente política del peronismo, para completar la fórmula con la que afrontará el desafío electoral que comienza en las primarias de agosto. Por Jorge Raventos

Atravesamos semanas muy interesantes y, de a ratos, dramáticas. El ataque a balazos a dos personas ligadas a la actividad pública (un diputado nacional y un funcionario), a metros del Congreso de la Nación generó en primera instancia la sensación ominosa de que estallaba una nueva etapa de violencia política.Por Jorge Raventos

La necesidad tiene cara de hereje: a Mauricio Macri le disgustan ideológicamente los acuerdos de precios, los subsidios y, en general, cualquier mecanismo político que perturbe a la (a menudo hierática) mano invisible del mercado...Por Jorge Raventos- Envío especial Total News-TNA-


... pero el próximo miércoles, veinticuatro horas después de que el INDEC revele la inflación del mes de marzo (en torno al 4 por ciento), él anunciará una batería de disposiciones, convenios y acciones políticas tendientes al menos a exhibir que su gobierno hace algo para ordenar la desbocada economía doméstica que sufren los argentinos. El Presidente seguirá repiténdoles su mantra sobre el “único camino posible, sin atajos” (que el sarcástico Jorge Asís define como: “Tienen que morirse patrióticamente de hambre. O mejor: No tenían ningún derecho al esparcimiento, ni al aire acondicionado, ni a los churrascos”), pero, por si la elocuencia de las encuestas no bastara, los propios gobernadores de su coalición le han recordado a Macri que este es un año electoral, que dentro de seis meses se juega el poder en las urnas y que toda regla merece su excepción. Así, el Presidente se ve forzado a practicar el marxismo (de Groucho): aquellos son mis principios; si no les gustan, aplicamos otros.


La debilidad del duopolio polarizador


Quizás no se ha reflexionado suficientemente sobre los resultados de los procesos electorales provinciales que ya se han concretado en el país. Si se los estudia con atención y sin preconceptos, esos pronunciamientos democráticos ofrecen indicios más ricos que muchas encuestas para palpitar la pulseada política nacional de octubre y noviembre.

Hasta el momento se ha detectado algo cierto (y obvio): tanto en los casos en que se ha elegido gobernador (Neuquén, Río Negro) como en las primarias que preparan esa definición triunfaron los oficialismos: el sapagismo neuquino y el “rionegrismo” que conduce el gobernador Alberto Weretilneck (a quien un fallo de la Corte Suprema le cerró la puerta de la reelección, pero transfirió su influencia a una candidata de su misma línea) ya aseguraron su continuidad. Por su parte, el gobernador Sergio Uñac triunfó abrumadoramente en las PASO sanjuaninas y se proyecta a la reelección en la elección del 2 de junio, mientras en las PASO chubutenses se impuso el gobernador Mariano Arcioni, que sucedió al fallecido mandatario peronista (no K) Mario Das Neves y aspira ahora a sucederse a sí mismo.


El factor federal


El rasgo más significativo de todos estos procesos no reside sólo en que triunfaron los oficialismos, sino que en todos los casos la victoria correspondió a fuerzas locales, independientes no de la política nacional, sino del duopolio polarizador que encarnan el macrismol y el kirchnerismo.


En todos los casos, esas líneas polarizadoras fueron desplazadas a los márgenes del espectro político. Cambiemos salió tercero en Neuquén (con menos del 14 por ciento de los votos) y en Río Negro arañó el 6 por ciento. En ambos casos el gobierno se resignó a celebrar no su propia performance, sinoel premio consuelo de que el otro polo (el kirchnerismo) no pudiera acreditarse un triunfo.

En rigor, ni en Neuquén ni en Río Negro compitieron fuerzas estrictamente kirchneristas: ni Ramón Rioseco ni Martín Soria son feligreses de la señora de Kirchner. En el caso de Soria, él mismo tomó distancia de la expresidente, Si bien se mira, esa diferenciación es otra señal de que el electorado no quiere acompañar a los polarizadores, busca navegar lejos de la llamada grieta.

Aunque los procesos ya ocurridos tuvieron como escenarios distritos de menor influencia relativa, los triunfos localistas están apuntando a un factor que inevitablemente ganará protagonismo en los próximas etapas político-institucionales: el factor federal.

A los procesos ya mencionados hay que sumar la evidente influencia que despliegan los gobernadores, tanto en el peronismo alternativo (peronismo federal), como en la propia coalición oficialista, donde los gobernadores radicales y en no menor medida los del Pro son los que están impulsando modificaciones en el rumbo del gobierno.

Los gobernadores justicialistas conforman el eje del proceso de reorganización partidaria y de superación de la etapa kirchnerista.


La liga de gobernadores oficialistas


Los gobernadores oficialistas necesitan pensar más desde la función que desde sus lógicas partidarias, aunque tengan que hacerse cargo de éstas.

Los de origen radical quizás sienten, como sus correligionarios sin poderes territoriales, que el Pro es una competencia que invade su público tradicional. Y que su núcleo duro alienta el propósito de reemplazar a la UCR como partido de la clase media. Sin embargo, no por eso tienen vocación de pelear ahora con el gobierno de Macri, sino más bien de corregirlo y ayudarlo a ganar en octubre. Y allí convergen con sus colegas del Pro.

Por ejemplo, Horacio Rodríguez Larreta, uno de los gobernadores del Pro y miembro nato de la mesa chica de Cambiemos, hace rato que considera que el gobierno debe afinar el rumbo y encarar variantes realistas. El -como María Eugenia Vidal- ve que la combinación de intransigencia y tropiezos del Ejecutivo nacional erosiona el capital político común y afecta sus posibilidades en el propio distrito. María Eugenia Vidal consiguió que el Presidente dictara un controvertido decreto que modifica normas electorales para obstruir la tentación opositora de coincidir en un candidato único a la gobernación bonaerense.

Rodríguez Larreta, por su parte, admite como posible y hasta virtuosa una fórmula presidencial Macri-Martín Lousteau, que contribuiría a tranquilizar a los radicales, le agregaría energía electoral a la coalición (Lousteau es un político que “mide bien”) y, en su caso, eliminaría el riesgo de que el ex embajador en Estados Unidos vuelva a desafiarlo a él en la Ciudad Autónoma, donde estuvo a punto de dar el batacazo en el ballotage de 2015.

Lousteau -como los radicales, en general- mañerea y usa la irrupción de Roberto Lavagna como instrumento que mejora sus capacidades negociadoras: alterna sus almuerzos en Olivos con extensos meriendas con el “protocandidato”.

Más allá de lo que condicionan las necesidades electorales, lo relevante es que el cerrado entorno que ha ido rodeando al Presidente (y muchas veces ha aislado al gobierno) se ve forzado a abrirse por presión de sus gobernadores. Los de la Unión Cívica Radical hicieron punta en el reclamo de medidas económicas más amigables con los votantes. El Ejecutivo predica contra esas concesiones pero ahora se resigna a admitirlas.

En principio, los acuerdos sobre precios (¿y tarifas?) que ahora prepara el gobierno implican una corrección hacia el centro. Habrá que ver con qué decisión se encara ese giro.

En la oposición, Lavagna, de su lado, no condena las tratativas con el Fondo Monetario Internacional pero anticipa (lo hizo en conversaciones con los propios técnicos del FMI) que habrá que renogociar los acuerdos para poder cumplirlos. Y que, para ello, es necesario poner la prioridad en el crecimiento. Una estrategia que apunte al crecimiento hará posible -con participación sindical, como ya ocurrió en Vaca Muerta- la reforma laboral que el gobierno no pudo encaminar por priorizar el ajuste.

La silenciosa pero terca resistencia a la polarización de la mayoría estadística que muestran las encuestas vuelve plausible la búsqueda de un consenso de centro y de un programa que se abra con realismo a dar respuesta a necesidades que, aunque desde los extremos suelen pintarse como radicalmente contradictorias o recíprocamente incompatibles, deben ser abordadas complementariamente.


Los “ni-ni” buscan su canal


La conducta de los electorados de provincia que ya se pronunciaron parece anticipar la tendencia a evitar la polarización de un muy amplio sector de la ciudadanía. Un estudio demoscópico reciente de alcance nacional producido por la consultora Synopsis parece confirmar esa línea de fuerza al revelar que algo más del 50 por ciento de los votantes estaría dispuesto a cambiar su voto para evitar que alguno de los dos extremos de la polarización (Mauricio Macri- Cristina Kirchner) triunfe en los próximos comicios.

Esa opción teórica antipolarizadora (“ni-ni”), que las estadísticas radiografían y las pasadas elecciones provinciales registraron, tiene una dificultad en la práctica: a seis meses de la primera vuelta electoral y a cuatro del último plazo de oficialización de candidaturas, todavía no está encarnada con claridad en alianzas distinguibles y nombres propios.

Por cierto, Roberto Lavagna empieza a recortarse como figura posible, pero la ingeniería de acuerdos y procedimientos jurídicos que requiere un consenso tan amplio como el que pretende construir el ex ministro demanda tiempo y afronta muchas dificultades, algunas emanadas de su propia fuerza original, el peronismo, desde donde hay sectores que le reclamen que participe en una elección interna partidaria.

Lavagna ha insistido, desde que aceptó su actual condición de “protocandidato”, en que se necesita un acuerdo que incorpore más miradas que la del peronismo y que esos otros sectores no pueden ser conminados a integrarse a una lucha interna justicialista. Por otra parte, agrega, esa idea en la actualidad fragmenta y divide: ¿por qué insistir en que, en lugar de una estrategia de consenso y acuerdo, prevalezca una de división a la que no se someterán (ni se les exige) los candidatos polarizadores, Macri y la señora de Kirchner? Son argumentos muy razonables, pero no alcanzan los argumentos para remover obstáculos. Y el tiempo corre.


Consenso y federalismo


No hay a la vista ni personalidades ni estructuras que puedan sostener hoy un dispositivo centralista para recuperar la autoridad legítima y eficaz que el país necesita como condición para ordenarse y desarrollarse. Es obvio que de la situación crítica sólo se puede salir con acuerdos de Estado que van más allá de los pactos entre partidos. Y el factor federal es un ingrediente insoslayable en la mesa de los consensos.

El gobierno de Mauricio Macri se ve hoy presionado a escuchar a sus propios gobernadores. El próximo gobierno tendrá que escucharlos a todos.