Euforia y decepción (en fútbol y en política)

Jorge Raventos
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No es cierto que exista un “carácter nacional”, pero si tal concepto simplificador mereciera aplicarse, del carácter argentino se podría diagnosticar que es maníaco-depresivo. Pasa sin escalas del frío al calor o, más precisamente, de la euforia incandescente a la decepción más sombría. Por Jorge Raventos

 

 

Una celebración muy especial

 

Aunque no lo festejó ante el monumento, en Rosario, “por motivos de seguridad”, el Día de la Bandera fue una fecha feliz para el Presidente. El Fondo Monetario Internacional formalizó el préstamo de 50.000 millones de dólares a la Argentina para liberar de inmediato 15.000 millones, una suma que permitirá afrontar con más fuerza el desafío de los mercados. La cotización del dólar rozó los 30 pesos pese a los cambios promovidos por Mauricio Macri en su gabinete y en el Banco Central. Ese mismo día, el flamante ministro de Producción, Dante Sica, consideró que ese valor de la moneda estadounidense “está bien; ayuda a la exportación”.

El mismo miércoles 20 la sociedad Morgan Stanley Capital Investments (MSCI) ascendió a la Argentina de la categoría "mercado de frontera", en la que estuvo encuadrada por una década, a la de "mercado emergente". Ese cambio de etiqueta habilita a los responsables de fondos institucionales de inversión de todo el mundo a hacer colocaciones en la Argentina. El país aparta así un gran obstáculo -no el único- al flujo potencial de inversión externa. A ese importante logro debería sumar otras señales, ligadas a la previsibilidad y la gobernabilidad.

Las buenas nuevas dan aire para corregir errores. Eso se opina (así sea con discreción) en el seno del propio oficialismo. Para miembros encumbrados de las mesas de decisión del gobierno  una porción importante de las dificultades que hoy este atraviesa responde menos a causas externas que a errores no forzados de la conducción. Ocho meses atrás, después de la exitosa elección de medio término, se daba por descontada la reelección en primera vuelta de Mauricio Macri en 2019; hoy no se descuenta una derrota.

Para Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal -fieles custodios de los dos distritos que constituyen el eje de la construcción política de Macri pero también aspirantes a sucederlo en el futuro-  ese cambio de situación afecta directamente su capital político y reclama un manejo más cuidadoso del patrimonio común.

La gobernadora bonaerense y su amiga, la ministra de Acción Social, Carolina Stanley, tuvieron que poner la cara por el gobierno en las jornadas de la Semana Social de la Iglesia, en Mar del Plata. Allí tuvieron que escuchar los duros juicios del presidente de la Comisión Episcopal para la Pastoral Social (Cepas), monseñor Jorge Lugones y del titular de la Conferencia episcopal, el obispo de San Isidro, Oscar Ojea. Los prelados pusieron de manifiesto la acuciante situación social: "el nivel de inequidad es enorme y se acentúa cada vez más más; el 60 por ciento de los argentinos gana menos de 15.000 pesos por mes (...)ante esta realidad la Iglesia no puede dejar de decir que el ajuste no lo tienen que pagar los pobres".

La gobernadora y la ministra -que apenas dos semanas atrás  fueron recibidas por el Papa en Roma- asimilaron con dificultad el mensaje y ni siquiera simularon un aplauso.



De la euforia a la amargura

 

Es que la moneda de las buenas noticias del 20 de junio -el anuncio del FMI y el cambio de rango otorgado por Morgan Stanley Capital Investments- tiene otra cara que no provoca precisamente euforia. En principio, el gobierno debe actuar con fuertes límites. Junto con el cambio de etiqueta, Argentina recibió una advertencia: "A la luz de los eventos más recientes que afectan la situación cambiaria del país, MSCI también aclara que revisaría su decisión de reclasificación si las autoridades argentinas introdujeran cualquier tipo de restricciones de acceso al mercado, como el control de capitales o de divisas", indicó el comunicado". Donde hay zanahoria puede haber palo.

Por otra parte, el acuerdo con el Fondo incluye condicionalidades (los representantes del gobierno las asumieron como propias) que reducen el instrumental disponible para, por caso, sosegar el alza del dólar. La nueva conducción del Banco Central apeló, pues, a una herramienta autorizada y llevó la tasa de sus Lebac del 40 al 47 por ciento. Con esa carnada consiguió renovar el 60 por ciento de las letras que vencieron el martes 19 y decretó simultáneamente la inmovilidad que amenaza a la producción, imposibilitada de financiarse a  esas tasas siderales.

El ministro Dujovne admite que "vienen dos o tres meses difíciles para la economía". Quien dice tres, tal vez dice seis. O más. En cualquier caso, esas palabras suponen una correción de la frase presidencial que aseguraba que "lo peor quedó atrás". Todavía no: mejor apelar al cartelito del almacenero: "hoy no se fía, mañana sí".

 

La otra frontera

 

Signos de la falla de cálculo: la inflación de 2018 virtualmente duplicará el objetivo oficial (que ya había sido corregido hacia arriba en la renombrada conferencia de prensa del Día de los inocentes de 2017). La pobreza no disminuirá (el objetivo original del Presidente era “pobreza cero”) sino que, según los pronósticos del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, “las evidencia muestran que habrá un importante aumento”.

La producción decaerá: como mínimo se frenará el (suave) crecimiento actual.

El techo a los aumentos salariales que el gobierno aspiraba a instalar (15 por ciento) quedó decisivamente desmantelado esta semana con el acuerdo alcanzado por el gremio de Hugo Moyano: 25 por ciento más un bono más cláusula de revisión. La renegociación de los convenios ya firmados se acelerará. Los meses “difíciles” que augura Dujovne serán por cierto meses de aumento de la conflictividad. El paro del lunes 25 no luce como un techo, sino como un piso.

La distancia entre los programas del gobierno y la realidad social acuciante de la que habla la Iglesia suele explicarse en nombre de la competitividad y del requerimiento “indispensable” de reducir costos (principalmente sociales y laborales.

El mundo ofrece algunos ejemplos que contradicen esa lectura. Dinamarca gasta el 28 por ciento del PIB en gasto social, Suecia el 31 por ciento. Eso noles impide la competitividad, ambos países dependen del mercado mundial:las exportaciones de mercancías representan el 35 por ciento del ingreso nacional bruto danés y el 40 por ciento del sueco. Durante años los países escandinavos han obtenido buenos resultados tanto en referencia a la competitividad como al bienestar social.

Cuando la Iglesia denuncia programas que sólo conciben el aumento de la competitividad a través del ajuste sobre los más vulnerables no habla de objetivos irrealizables.

Así como las buenas noticias del préstamo del Fondo y del cambio de categoría de MSCI incluyen amargos párrafos de restricción, la realidad doméstica también pone límites: llevadas más allá de cierta frontera, las políticas de ajuste se vuelven socialmente inmanejables. Al gobierno le toca abrigarse con una manta muy corta.

Por eso no es anómalo que sectores internos de la coalición oficialista (del Pro incluidos) y exponentes del “círculo rojo” amigos del gobierno aconsejen a la Casa Rosada la búsqueda de acuerdos con  la oposición razonable y el tejido de alguna mesa de convergencia que incluya a gremios y empresarios de modo de atravesar  en compañía los meses más difíciles. “Por lo menos hace falta hacer clinch”, resume un hombre de Cambiemos.

A medida que se aproxima el tiempo electoral (una etapa siempre presente en la Argentina, que adquirirá velocidad tan pronto termine el Mundial de fútbol para nuestra selección) urdir acuerdos se irá haciendo más difícil. Todas las fuerzas se sentirán ganadas por el afán de competir.

 

El problema es que la competencia, en condiciones de escasez y conflictividad, puede alcanzar temperaturas peligrosamente altas.