La candidatura de Macri depende de tres conjeturas

Jorge Raventos
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Dentro de diez meses casi exactos, el 11 de agosto de 2019,  las elecciones primarias definirán los candidatos que competirán en octubre por la presidencia. Dos meses antes, en junio, cada partido o alianza electoral reconocida oficializará las nóminas de precandidatos que pulsearán bajo sus respectivos techos. Por Jorge Raventos

 

 

 

 

Dos meses antes, en junio, cada partido o alianza electoral reconocida oficializará las nóminas de precandidatos que pulsearán bajo sus respectivos techos. A esta altura, a menos de un año de distancia de ese proceso, todo es una enorme incógnita a la que intentan infructuosamente aproximarse las conjeturas de los estudios de opinión pública, empeñados en adivinar quién puede ocupar en diciembre de 2019 el asiento de la Casa Rosada que hoy acoge a Mauricio Macri. ¿Cómo acertar el ganador de esa lotería cuando  no está siquiera claro quiénes comprarán un billete?

 

Macri y la temperatura del agua

 

Esta semana el Presidente insinuó que él podría hacerlo. No aseguró que  será candidato; por ahora sólo dijo que “está listo” para eso,  aunque lo condicionó “Estoy listo para continuar si los argentinos creen que el cambio vale la pena”. Una frase ambigua, si se quiere. Ese tipo de creencia es precisamente lo que, llegado el momento, miden las elecciones generales. Entretanto, las encuestas miden a su manera la temperatura y la altura del agua: ¿es profunda y acogedora o es un témpano o, peor, no hay líquido sino fondo impenetrable?

Con estos instrumentos, actualmente el Presidente lee una respuesta prometedora, aunque los números dicen que, por primera vez, las opiniones positivas sobre la señora de Kirchner superan (por una luz) a las que se refieren a él  y que él está por encima de ella  en materia de imagen negativa.

Para el Presidente y su estado mayor electoral esos son detalles: el dato sustancial es que él y ella parecen librar un duelo solitario, cada uno con un tercio de seguidores. Y después de ellos no aparece un competidor diferenciado, sino una amplia masa de “ni-ni” (ni ella-ni él) que hasta el momento carece de encarnación unívoca.

 

El peso de los “ni-ni”

 

La Casa Rosada apuesta a ese mano a mano porque considera (y tiene meticulosamente medido) que, así llegue con leve desventaja a un ballotage con la señora de Kirchner como desafiante, la enorme mayoría de esos ni-ni, obligados a optar en una segunda vuelta, lo favorecerían con su voto. Una elección no se gana sólo (y a menudo ni siquiera principalmente) con los simpatizantes propios, sino con el voto independiente.

La conjetura optimista de la Casa Rosada se basa en varios imponderables. El primero es que en los meses que restan hasta el corazón del proceso electoral  la  gran legión de los ni-ni  seguirá huérfana de representación. No es improbable: en la elección de 2015, por ejemplo, Sergio Massa apostó a construir sobre ese suelo la famosa avenida del centro y quedó relegado al tercer puesto, a distancia de los dos primeros. De todos modos, si bien la orfandad relativa de los ni-ni no es improbable, tampoco es segura.

Aunque conviene no abusar de los paralelos con la situación brasilera, vale la pena anotar cómo  fuerzas sociales que en un principio no encontraban un canal unificador desde el cual encarar la competencia con lo que aparecía como candidatura claramente hegemónica (la de Lula), en pocas semanas y navegando en un proceso político muy agitado, terminaron encolumnándose detrás de un postulante al que los pronósticos le vaticinaban desde la derrota a la irrelevancia. En determinadas circunstancias, en tiempos acelerados, hay vacancias que pueden llenarse en un abrir y cerrar de ojos. “El centro”, los ni-ni, podrían encontrar su avenida.

 

El peronismo y los gatos

 

Segundo imponderable de la conjetura optimista de la Casa Rosada: podría ocurrir que el capítulo final de la polarización con la señora de Kirchner que se alienta desde allí no sea una candidatura presidencial de ella, sino la de alguna figura del peronismo que no esté cargada con los lastres que ella sobrelleva. Esta hipótesis (que no es descartada en absoluto por sectores de Cambiemos que no coinciden con la estrategia de la cúpula oficial) puede corporizarse de distintas maneras. Puede ser el producto de una gran interna de todas las familias justicialistas (o la mayoría de ellas) que incluya al kirchnerismo y que sea acompañada por una autoexclusión de la Señora de la competencia presidencial y por algún pacto de convivencia y de garantías a la familia Kirchner de un tratamiento no sesgado en la Justicia. O puede ser el resultado de otras combinaciones.

Hace unos días, Daniel Scioli, que vuelve a probarse el traje de candidato, hizo una sugerencia pública que no debería considerarse una ironía: propuso que la señora de Kirchner sea candidata a diputada del Parlasur. Es un ensayo de salida elegante al dilema electoral de la señora: el ticket de candidatos al Parlasur encabeza la tira de boletas partidarias. Así, el nombre de ella estaría en el lugar más visible, participaría de la elección, pero no confrontaría directamente con el candidato presidencial  oficialista (Macri o quien fuera), y preservaría (al menos en parte) a su fuerza política del techo electoral que arrastra personalmente.

Los estrategas de la Casa Rosada apuestan a que ella sea candidata y a que, como consecuencia, el peronismo divida su fuerza electoral. Pero quienes en el oficialismo desconfían de esa línea de acción suelen recordar una clásica frase de Perón: “Los peronistas somos como los gatos. Cuando parece que nos estamos peleando, en realidad  nos estamos reproduciendo”. Cultivar la polarización puede terminar mal.

 

Es la economía, zoquete

 

El tercero -pero probablemente el más importante- de los imponderables sobre los que se asienta la conjetura electoral del gobierno tiene que ver con la economía. El pronóstico de Nicolás Dujovne asegura que a partir del primer trimestre de 2019 la economía experimentará una reactivación, con una caída de la inflación y una cierta mejora de la capacidad de consumo. Esa onda, aunque leve, podría -según los cálculos optimistas-  reavivar las expectativas positivas de la población y se convertiría en un argumento de peso a la hora de las urnas. Ayudaría a convencer a los decepcionados de que el gobierno merece un poco más de crédito. ¿Cuatro años más?

Si cuando llegue marzo y se vaya cerrando el tercer trimestre una o varias de estas conjeturas queda desmentida por los hechos, tal vez en el seno de Cambiemos (antes que nada en el Pro) vuelva a analizarse algún Plan B.

Entretanto Mauricio Macri tiene espacio para afirmar su candidatura a la reelección.