Confrontación, sinécdoque y PBI (producto bruto invisible)

Jorge Raventos
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Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas. Por Jorge Raventos-Total News-TNA-


 

 

 

Tres años atrás, cuando iniciaba el mandato presidencial que este año concluye, Mauricio Macri buscaba, con razonable sentido común, un terreno de acción común con otras fuerzas políticas; particularmente con los sectores de identidad peronista que, en primer lugar, habían contribuido a desmantelar los proyectos de re-reelección de la señora de Kirchner y, en los hechos, habían  aportado los votos que le permitieron convertir su derrota en la primera vuelta electoral en una victoria en el ballotage. Esa plataforma de coincidencia fue la que le permitió al gobierno encaminar la primera etapa de su período (la que mejora el promedio general que hoy ostenta).

 

Candidatura de choque

 

El discurso con el que el último viernes inauguró por cuarta vez las sesiones del Congreso, estuvo si se quiere en las antípodas del inicial. Esta vez Macri eligió la cuerda de la confrontación, un giro varias veces estridente y crispado que, en cambio de buscar consensos, procuró acentuar diferencias, reservando los tonos  claros y brillantes para describir la gestión propia y dulcificar la exculpación por las asignaturas pendientes, mientras empleaba la paleta sombría para pintar al adversario amenazante.

 

Todos los cronistas coincidieron en que la presentación del Presidente ante la Asamblea Legislativa fue, más bien, el discurso de un candidato (“con la campaña electoral como telón de fondo y la reelección como objetivo propietario”, escribió, por ejemplo, Laura Serra en La Nación”.

 

El Presidente reiteró algunos temas que había desarrollado en análoga circunstancia un año atrás. Estaba cantado que, con el paisaje de procedimientos judiciales que enmarca a las más altas jerarquías del gobierno anterior, volvería  evocar la corrupción que campeó bajo la administración kirchnerista. Ese recurso rinde cuando uno está en campaña: reconforta al público propio incondicional y puede conmover a parte del público vacilante.

 

También estaba claro que, ante la preocupación acentuada sobre la inseguridad pública que no dejan de iluminar las encuestas, el Presidente levantaría el asunto, una asignatura en la que se siente cómodo. Macri está dispuesto a buscar sin demasiados prejuicios el respaldo de considerable segmentos de la opinión pública que reclaman mano dura para narcotraficantes, criminales, delincuentes y malentretenidos y -de inmediato presentó un proyecto- bajar la edad de imputabilidad para incriminar la delincuencia de menores.

 

La cuestión seguridad es quizás el más  significativo de la agenda actual del oficialismo en su intento por llegar a los sectores más humildes (que son los que más sufren la inseguridad). Ciertas inflexiones de esa política chocan, sin embargo, con estilos y pruritos de sectores de clase media que constituyen un fragmento fundamental del electorado de Cambiemos, así como de seguidores de algunas de las fuerzas de la coalición, como radicales y cívicos de Elisa Carrió (se sabe que ella es una admiradora de Hannah Arendt que repudia de sobrepique todo lo que le huele a “fascismo”, inclusive si proviene de ministros de Macri).

 

El PBI (Producto Bruto Invisible)

 

En cambio, la materia que sigue resultándole difícil rendir  al Presidente es la económica. Allí no podía inspirarse en su discurso del año pasado, cuando hizo afirmaciones que doce meses después lucen como promesas o vaticinios patéticamente frustrados y, por lo tanto, irrepetibles.

Él mismo quiso conjurar el mal paso criticando a quienes le recuerdan que él dijo entonces que “lo peor ya pasó y ahora vienen los años en los que vamos a crecer”. Argumentó,  sorprendentemente, que “eso es lo que hicimos, ese crecimiento invisible sucedió”.  

 

El INDEC, que cuando mide el PBI no se refiere al Producto Bruto Invisible,  acaba de poner en números parte de la performance de 2018: el último año la economía argentina se achicó un 2,6 por ciento. Por otra parte, los analistas ya descuentan que en el año en curso la caída rondará como mínimo 1,5 por ciento, con lo que el Presidente dejará al finalizar su mandato un balance de cuatro años de 5 por ciento de encogimiento del producto per cápita (sólo en 2017 hubo crecimiento positivo).

 

No suena realista afirmar, como dijo el Presidente el viernes, que “estamos mejor que en 2015”.

 

Tampoco es plausible explicar los traspiés porque “pasaron cosas” que lo impidieron  y aludir sólo a causas externas (sequías, cambios financieros globales) y nunca a las malas políticas propias.

 

Resulta complicado volver a alimentar expectativas si no hay alguna autocrítica explícita y específica sobre los presagios fallidos.

Un año atrás, el Presidente  había producido, ante la Asamblea Legislativa, un razonable diagnóstico sobre la problemática de la inflación (“la inflación castiga a la mayoría, dificulta la competencia, nos mantiene presos del corto plazo”). Pero, ay!, lo que resultó muy chingado fue otra vez su pronóstico: “La inflación está bajando - aseguró aquel día-. No queremos sólo bajarla, queremos que nunca más sea un instrumento de la política”.

 

Instrumento o consecuencia de la política encarada por su gobierno, 2018 cerró con una inflación de 47,6 por ciento, la más alta después de los últimos corcoveos de la hiperinflación de tiempos de Raúl Alfonsín.

 

Ya en  la asamblea legislativa  de 2018 Macri no había mentado su antigua promesa de “pobreza cero”, una consigna que el tiempo cruelmente deterioró en paralelo con un incremento del número de pobres e indigentes. El Presidente proclamó, en cambio, que “la desocupación está bajando”. Pero en 2018 se perdieron casi 200.000 puestos de trabajo.

 

Es por estos motivos y otros parecidos o relacionados (las tensiones con el dólar y las tasas de interés, el endeudamiento, el aletargamiento del crédito a la vivienda) que el Presidente se ve condicionado a volcar su exposición a temas no económicos y a derivar la conversación a  las bolillas en que se siente más fuerte.

 

El mundo no vota aquí

 

Una materia en la que Macri se tiene fe es la de la inserción en el mundo.

 

“Recuerden el G-20”, recomienda con nostalgia, invocando la exitosa cumbre mundial de la que Argentina fue país anfitrión. El Presidente lo amarga que el juicio de los observadores internacionales y de los líderes que frecuenta en visitas y cumbres no pese internamente, ni influya  sobre la sociedad argentina en la medida en que él lo pondera. Los comentaristas socarrones observan que el mundo exterior es muy importante pero no figura en el padrón electoral.

 

De la amplia agenda exterior, lo que más empleó el discurso de Macri en el Congreso (y se reiterará en los meses que median hasta la elección)  es el drama venezolano. No sólo ni principalmente  porque el régimen de Nicolás Maduro registra una inflación que supera largamente a la argentina (que queda así segunda en el ranking del continente y quinta en el mundo), sino porque la catástrofe económica e institucional en la que se hunde el régimen chavista le resulta al Presidente una metáfora muy instrumentable para pintar a la contrafigura política que él prefiere, que dibuja con el rostro de la señora de Kirchner. El relato electoral  del gobierno incluye como uno de sus ejes la idea de que el gobierno evitó que Argentina se convirtiera en otra Venezuela; pero que ese riesgo vuelve s presentarse si se frustra la reelección de Macri.

 

La sinécdoque antiperonista

 

El  más atendido consejero político del Presidente, Jaime Durán Barba, ya ha conjeturado  incluso que  “si Cristina gana las elecciones, cambia la Constitución, como anuncia, y arma a los barras bravas, a su Vatayón Militante de presos comunes, a los motochorros y a grupos de narcotraficantes para que maten a sus opositores tendríamos una guardia semejante" a la guardia revolucionaria paramilitar de Maduro.

 

Al respecto, vale la pena compartir la rigurosa reflexión del analista y politólogo Eduardo Fidanza (La Nación, 2 de marzo): “El problema es que se trata del principal consejero de comunicación del Presidente, considerado un gurú por la mesa chica del Gobierno. Este consultor, que pretende ser un profesional moderno y democrático, parece que quisiera hacernos retroceder a la Edad de Piedra de nuestras guerras civiles. Hundirnos aún más en la grieta para sacar rédito político (...)Acaso dictadas por la desesperación ante una eventual derrota, las afirmaciones del asesor presidencial dañan al sistema. Y lo banalizan al esconder bajo la apariencia de argumentos ntelectuales una serie de prejuicios apocalípticos al servicio de una mera estrategia de marketing electoral”.

 

Esa pintura apocalíptica es sólo una pieza de tal estructura de marketing, Hay otra que  ya empieza a transparentarse en la narración y el discurso del oficialismo. La descripción salvaje del  gobierno K y sus principales exponentes es el primer paso de una operación mayor en la que se busca describir con la contaminación que emerge de esos trazos una totalidad mayor, que sería el peronismo en conjunto.

 

En retórica se llama sinécdoque a la figura que designa una cosa con el nombre de otra, llama al todo con el nombre de la parte (o viceversa) o a la especie con el del género.

 

El propio Presidente ensayó esta traslación en declaraciones de viaje, desde Abu Dhabi. “Al final del día, en general, terminan juntándose todos. La gran mayoría de los que están fue parte del Gobierno de los Kirchner”, afirmó, irritado porque una comisión bicameral rechazó varios decretos de necesidad y urgencia que él había firmado.

 

La perspectiva de que haya candidatos peronistas más difíciles de  embestir que Cristina Kirchner  lleva al gobierno a identificarla a ella con el peronismo en su conjunto, sospechando que será  el peronismo en su conjunto la fuerza con la que  polarizar. Es al peronismo al que, por ejemplo, le imputa dificultades políticas que emergen naturalmente de la lógica institucional: el ministro de Justicia Germán Garavano, tras constatar que los cambios inducidos en la Corte Suprema no se traducen como el gobierno esperaba, se inquieta porque sospecha (“no quiero creer”, dice) que  hay en el tribunal superior “una mayoría peronista”.

 

El rechazo al DNU sobre extinción de dominio (cuestionado en su constitucionalidad por toda la oposición, por sectores internos del propio oficialismo y por un amplio espectro de juristas independientes) es atribuido “al peronismo” y a su vocación de retener privilegios y abusos a cualquier costo”.

 

El posicionamiento electoral elegido parece arrastrar al gobierno a polarizar no con el kirchnerismo, como aparenta, sino con el peronismo en su conjunto.

Esa deriva había sido anticipada con precisión por el presidente del bloque del Pro, Nicolás Massot, quien dejará ese puesto al terminar el mandato de Macri. Decía en diciembre:  “Con Emilio (Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, que también abandona su cargo)  vemos con preocupación que nos convertimos de una expresión antikirchnerista a una expresión antiperonista. Estamos convencidos de que no debería ser así, que la Argentina no saldrá adelante si estamos solos y que las reformas estructurales que exige el país requieren mayorías amplias”.

 

Por su parte, Federico Pinedo, reelecto a la cabeza de la Cámara Alta, también se diferenció esta semana de los que “confunden al kirchnerismo con el peronismo. Yo no soy nada antiperonista”, declaró. Todo un mensaje.

En la Casa Rosada trabaja gente que piensa de otro modo.