Pungas de "exportación": de Moreno a Europa para robar billeteras y celulares

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Mediados de 1986, Moreno, provincia de Buenos Aires.

Mamá tiene la cartera lista. "Hija, preparate. Vamos a ir a pasear", le dice a Fernanda, que con 6 años, entiende todo. Sabe

que si solo sale con su mamá irán a esperar colectivos. Durante el viaje mamá le dará la mano izquierda. La derecha la usará para meterla en bolsillos, mochilas y carteras de otros pasajeros. Fernanda ve todo. Pero no le dice nada. Ni en el colectivo, ni en la casa, ni en la escuela. Se guarda el secreto. 

Si las salidas son con mamá y papá, el destino es otro. Viajan en auto hasta Beccar, San Isidro, Olivos y otros barrios caros de la zona norte del Conurbano. Fernanda baja junto a su mamá y tocan timbres de chalets. Si no contesta nadie, llega el turno de papá. Se acerca con sus herramientas, rompe las cerraduras y entran los tres. Mientras ellos revisan la habitación matrimonial, Fernanda los imita y se mete en las piezas de los niños. Busca el arcón y se lleva los juguetes que más le gustan.

Septiembre de 1993, Avenida Corrientes, microcentro porteño.

Fernanda tiene 13 años. Camina junto a su hermano de 11. Le pide que "le tape la mano" y le saca la billetera a un hombre que acaba de salir de una función de teatro. La víctima se da cuenta. Alcanza a agarrarla del brazo y empiezan a forcejear. La reduce y la deja en el piso. La Policía llega a los minutos. Su hermano escapa.

"Si viene alguno de tus papás, volvés a tu casa", le dicen en la comisaría. Fernanda les explica la situación: mamá está en la cárcel de Los Hornos y papá en Olmos. Hace meses que está a cargo de sus hermanos. En un principio sobrevivieron de los productos que mamá había comprado para abrir un almacén en la parte de adelante de la casa. Luego vivieron de unos pocos ahorros y de vender algunas cosas que habían dejado sus padres. "Cuando no nos quedó nada, salí a hacer lo que había aprendido de mi mamá. Así me hice punga. Para mantener a mis hermanos", cuenta ahora Fernanda, por teléfono, a miles de kilómetros de Buenos Aires.

Tras ese robo la enviaron al instituto de menores Inchausti. A las semanas participó de una quema de colchones y junto a sus compañeras de pabellón la trasladaron a otro instituto, de Luján. Papá recuperó su libertad a los tres meses, se presentó ante el juez de la causa, la retiró y volvieron a Moreno. Pero todo seguiría igual. O peor.   

Diciembre de 2019, barrio Les Corts, Barcelona, Cataluña, España.

​La misma nena que con seis años veía punguear a su mamá, y que con 13 empezó a hacerlo sobre la avenida Corrientes, viaja en el metro de Barcelona. Ya es una señora: tiene 40 años. Y es, también, una "profesional" del punguismo. Su historia es parte del libro "Bandidas", de editorial Planeta.

Me crié viendo lo que hago. Tal vez si me hubieran tocado padres abogados hoy estaría haciendo otra cosa".

Fernanda, punga.

Luego de su primera detención empezó a viajar. Primero, por distintos lugares del país: Mar del Plata, Rosario, Mendoza, Tucumán, Salta, Santa Fe. El siguiente paso fue abrir carteras sobre la calle Florida y en los dos aeropuertos. Más adelante "el caminito", o "la carrera", la llevó a subirse a aviones para robar. Estuvo en el Mundial de Sudáfrica y en el de Brasil. A ese país también llegó varios veranos para punguear en los tradicionales carnavales. Hace unos pocos días hizo su primer viaje a Europa.

Empezó en Italia, pero ahora está en España. Bajará en la estación "Badal", para caminar unas pocas cuadras y llegar a los alrededores del Nou Camp. La acompaña su hermana menor. Las dos están maquilladas y arregladas, porque saben que todo entra por los ojos. Y en Europa no pueden moverse como en Moreno. No van para ver los tres goles que hará Messi un rato después . El plan es meter las manos en bolsillos y mochilas de extranjeros que sí entrarán al estadio. Quieren robarles los teléfonos. En especial a los ciudadanos chinos, que suelen tener aparatos de alta gama. Y a cada uno de esos, en algunos locales del rubo, se los pagan hasta 500 euros.

El recorrido de Fernanda y su hermana tiene antecedentes que se remontan en el tiempo. En su libro "Delincuentes viajeros" el sociólogo e historiador Diego Galeano cuenta de argentinos que viajaban a punguear a Uruguay y Brasil desde fines del siglo XIX. "Un tipo de personaje especialmente difícil de detectar, veloz y con apariencia de gentleman, capaz de concretar con éxito robos y estafas sin ejercer violencia", los describe en su portada. Y pregunta: "¿Quiénes eran estos ladrones de guante blanco? ¿Existieron más allá de las fantasías y las coartadas policiales?". 

A mediados del siglo XX los pungas argentinos cambiaron Uruguay y Brasil por Europa. Entre 1950 y 1990 se la pasaron en Italia y España. Aunque cada tanto viajaban a Francia, Holanda, Alemania y otros destinos europeos. Eran porteños, cordobeses y tucumanos. La más reconocida de las argentinas fue una cordobesa que también llegó a Japón y China. El objetivo era el mismo que el de Fernanda: robar durante meses, enviar dinero a sus casas y volver a Argentina a invertir en una propiedad o un comercio. 

El sábado 7, en los alrededores del Nou Camp, Fernanda y su hermana robaron 10 celulares de alta gama. En realidad fueron más. Pero como a los viejos se los pagan entre 30 y 50 euros, prefieren tirarlos. Muchas veces no saben con qué se van a encontrar al meter sus manos. Puede salir de todo: efectivo, un ebook, lentes y billeteras de marcas exclusivas. Generalmente no saben qué tipo de celulares encontrarán. Ni bien se roban uno de los buenos, caminan unas cuadras, los esconden y regresan por más. Así, en caso de ser detenidas, no les secuestrarán más de uno.

Todos las semanas envía dinero a Buenos Aires. Lo reciben sus hijos mayores o su marido, o algún hermano. Lo menos que mandó fueron 400 euros. Al cuidado de su casa y de los hijos más chicos quedó su marido. Desde que él salió de la cárcel, Fernanda le propuso convivir así: ella roba y trae el dinero y su marido cuida a los chicos y se ocupa de la casa. "Mi marido tiene techo, comida, no le hago faltar nada. Si yo lo quiero, lo tengo que cuidar. A él y a mis hijos, porque es el papá y aman a su papá. No lo estaría ayudando en nada mandándolo a robar", explica.

En su Facebook, Fernanda cada tanto se refiere al tema. Lo hace con mensajes que publica en su perfil. "El dinero solo impresiona a una mujer vaga. Cuando una mujer es trabajadora y tiene lo suyo, un hombre con dinero no significa nada”, dice uno de los que compartió. Otro se pregunta “¿Un hombre rico, para qué? ¿Para que me diga ‘tú no tendrías nada de eso de no ser por mí’? Lo siento. Yo no nací para depender de un hombre”. El más largo es el siguiente: “Te soy sincera: nunca me han importado las cosas materiales que un hombre me puede dar. Me importa su tiempo, su atención, su honestidad, su lealtad y su esfuerzo. Tal vez te pareceré extraña, pero creo que a esos regalos el dinero no los puede comprar”. El repaso cierra con el que dice “las mujeres que valen la pena son las que trabajan para conseguir lo que quieren y no esperan que un hombre les regale cosas”.

Las hermanas llegaron a Europa y se contactaron con pungas peruanos que habían conocido en el microcentro porteño. Ellos les facilitaron contactos de todo tipo: un departamento que se alquila sin papeles ni recibos de sueldo o de ciudadanía y reducidores que compran celulares y otros botines. También las guiaron sobre en qué zonas les conviene robar. Y en cuáles no. A la Rambla la evitan. Prefieren entrar a un Corte Inglés y buscar a las clientes de las marcas internacionales. 

Gastaron 1.300 dólares en cada pasaje. El viaje había comenzado en Roma. Ahí robaron en el metro y en sitios turísticos como el Coliseo y el Vaticano. También se animaron a hacerlo en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Fueron a la misa del Papa. Mientras lo escuchaban, aprovechaban para abrir carteras de extranjeros. A las semanas fueron detenidas. Como el delito era hurto y era su primera vez, las liberaron a las horas. Aunque con una aclaración. Si las volvían a sorprender robando, las trasladarían a una cárcel. Por eso viajaron a Barcelona. Ahora están analizando nuevos destinos. Podría ser Madrid, Milán, París, Berlín, Londres.

Estando en Europa roban todos los días, a diferencia de sus vidas en Buenos Aires. Lo que buscan es juntar un dinero que, de regreso en Argentina, les permita comprarse su casa y poner un emprendimiento que le genere un ingreso fijo. 

"No tuve una infancia fácil. Me crié viendo lo que hago. Tal vez si me hubieran tocado padres abogados hoy estaría haciendo otra cosa", reconoce. Desde chica paga con los robos las vacaciones en Mar del Plata. Antes, las de sus hermanitos. Después, las de sus hijos. Viajan todos juntos y se pasan el día en la playa, como cualquier familia. De noche Fernanda salía a la peatonal, o a las salidas del teatro o el Casino. Robaba para las carpas, comidas, videojuegos y todo lo que le pidan. Hoy algunos de sus hijos hacen lo mismo.

"No somos médicos, ni abogados, ni contadores como para inculcarles otra cosa. En casa siempre van a escuchar cosas de cárcel, de choreos, de drogas. No le podemos mostrar otra cosa", argumenta. Y sigue, siempre por teléfono, desde Europa: "Yo creo que estamos condenados a terminar en lo mismo. A nuestros hijos no les da para otra vida. Ahora una sobrina mía terminó la secundaria y se anotó para ser martillera pública. Pero maneja el auto en el que su mamá y a sus hermanos van a robar. La familia no está acostumbrada a que quieran estudiar, ser alguien. Hay otro mambo, curtimos otro mambo. Que sí o sí tenés que aceptarlo. Somos como los gitanos, o como la mafia. Tenés que pertenecer. Tenés que aceptar, tenés que participar. Está bien: estudiá si querés. Pero podés estudiar y robar. Hacete inteligente con el estudio y robá profesionalmente. Con el estudio podés viajar a robar por el mundo. Podés hacer un montón de cosas. Yo ya le dije a ella que viaje con mi hija de 18. Que aprovechen que no tienen hijos y se vayan a robar bien".