Cuatro horas de tiros, más de 80 policías y dos muertos: el día que "nació" Fuerte Apache

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Los chilenos llegan a la entrada del Nudo 12 y bajan del auto. Llevan dos o tres días de gira, casi sin dormir. Pasan por “El bar de Coria”, donde paran,

pero siguen de largo: corren hasta las escaleras de la Torre A y suben hasta el anteúltimo piso; el 11. Los policías que los persiguen frenan en la entrada. Sin bajar del patrullero, y segundos después de verlos subir, piden refuerzos. El barrio Ejército de Los Andes, de Ciudadela, partido de Tres de Febrero, que entre sus vecinos tiene a un chico de siete años que se la pasa pateando piedritas y en una década debutará en la primera de Boca y hará mundialmente famoso al barrio, comienza a llenarse de policías. Y ya nada será como antes.

Las crónicas policiales dirán que entre 80 y 140 policías se enfrentaron con seis delincuentes de nacionalidad chilena. Que murieron dos ladrones; que todo había comenzado el sábado a media mañana, cuando un móvil de la comisaría 8° de Tres de Febrero sorprendió a dos chilenos en una actitud sospechosa, a la altura de Beiró y General Paz. Que se movían en un auto y escaparon hacia el barrio, ubicado a 500 metros de donde nació la persecución.

Otra imagen del tiroteo, en una jornada que tuvo cuatro horas de tensión. (PEPE MATEOS/ARCHIVO)

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“Violento tiroteo en un lugar peligroso”, tituló La Nación. Popular eligió “Espectacular tiroteo entre el hampa y la Policía: 2 muertos”. Enrique Sdrech fue el encargado de cubrir el hecho para Clarín, que publicó la noticia en la tapa, y la presentó con un “Espectacular tiroteo de 4 horas en Ciudadela: un muerto y 26 heridos”. Los copetes, bajadas y párrafos de información dura de los grandes diarios estuvieron repletos de datos que hoy nadie recuerda. De aquella mañana y mediodía del 24 octubre de 1992 los vecinos solo guardan un dato: ese fue el día que José de Zer, el periodista de Telediario, bautizó al barrio como “Fuerte Apache”.

“Si venís de día todavía podés ver las marcas de los tiros de aquel día”, le dice a Clarín ​una vecina que oficia de anfitriona en el barrio. Son casi las siete de la tarde de un jueves y el Nudo 12 es puro movimiento: uno de campera negra anda a los tiros al aire pero nadie se asusta, porque deben ser de calibre 22. Los comercios están todos abiertos, la cumbia suena desde algunos departamentos, los pibes conversan y fuman, los laburantes vuelven con sus bolsitos, los perros callejeros se pasean contentos, como si anduvieran por la Quinta Avenida.

“No sabés lo que eran esos chilenos…eran furor; re lindos. Las chicas moríamos por ellos”, recuerda la vecina y pide que se la espere: la persona que había elegido para recordar aquella mañana de bautismo no aparece, pero se acordó de otro chileno. Va a subir a buscarlo.

El chileno baja. Lleva más de treinta años en el barrio y aun mantiene ciertos modismos en su vocabulario: "había hartos choros", "esa fue una pura wea" y "¿me entendí?" son algunas de sus frases. Lo primero que recuerda es que los chilenos en Fuerte Apache supieron ser unos 40. La mayoría nacidos y criados en dos poblaciones conflictivas de Santiago de Chile: Los Nogales y La Legua. Habían llegado a Buenos Aires atraídos por el 1 a 1.

Eran punguistas, descuidistas, boqueteros y monreros (la versión chilena del escruchante porteño) que habían robado en Europa durante una buena parte de la década del 80. Pero que ahora preferían Argentina por la cercanía. Ni en el Viejo Continente ni en nuestro país usaban armas para delinquir. “El bar de Coria”, en el Nudo 12, era el punto de encuentro con los compatriotas que vivían en La Palito y La Cava, dos villas del Conurbano donde también vivían decenas de ellos.

“Los de la persecución eran dos descuidistas de La Legua. En los diarios salió que eran narcotraficantes; es una pura wea. Ellos estaban consumiendo y fueron a reclamar una droga que habían comprado. Como no se la entregaron se pusieron a pelear con el que vendía. Una mujer llamó a la Policía y los denunció. Así se armó la persecución”, cuenta.

Carlos Tevez festeja un gol con la Juventus y muestra una remera de su barrio. (AP)

Carlos Tevez festeja un gol con la Juventus y muestra una remera de su barrio. (AP)

El chileno dice que sus compatriotas entraron al departamento en el que vivían y sacaron dos armas: un revólver 32 y un 38. Según Popular, que reconstruyó el hecho a partir de su visita a la comisaría 8°, los ladrones fueron los primeros en disparar. La Nación no pudo hablar con los vecinos, ya que habrían amenazado a sus periodistas diciéndoles que si se acercaban “podrían morir en el intento”. Entonces, publicaron que los chilenos “usaron a los niños como escudo” y que habrían usado “modernas ametralladoras”. Todo a partir de entrevistas a los policías.

Pepe Mateos llevaba pocos meses trabajando como fotógrafo para Clarín. Esa mañana, ni bien entró a la redacción, Sdrech le dijo “pibe, vamos a ver si encontramos algún vidrio roto o algo, y si podemos hablar con los vecinos”. Pero cuando llegaron, el tiroteo seguía. “Recuerdo que la gente ponía colchones en las ventanas de los departamentos”, cuenta. “Fue todo muy caótico. Corrimos por todos lados; como que no terminábamos de entender bien qué estaba pasando. Pero cuando terminó todo nos quedamos hablando con los vecinos”.

“…la Policía decidió tirar gases lacrimógenos contra el edificio, con el propósito de que alguna granada pudiera ingresar a través de las ventanas abiertas del departamento (por el de los chilenos). Muchas granadas no dieron en el blanco y, de pronto, en varias viviendas de otros pisos se vio a muchos chicos y personas afectadas por los gases…”, relató Sdrech en su crónica.

A meses de cumplirse 27 años del tiroteo, el chileno dice que los vecinos empezaron a tirar piedras contra los patrulleros por esa razón. Porque disparaban y tiraban gases lacrimógenos y había inocentes en el medio. “A la Policía no le importó nada. Fueron más de tres horas de tiros pero los chilenos solo tenían dos revólveres…no pudieron disparar muchas veces”.

Ahora son las siete de la tarde de un martes y Gastón Grosso, escritor, docente y pintor, se presenta ante sus alumnos, en el aula de un secundario con oficios que depende del CENS 458. Les cuenta que los primeros minutos de la clase serán para conversar sobre aquel día. “A mi no me gusta que nos digan Fuerte Apache. Ese no es el verdadero nombre del barrio”, dice una comerciante que ya no vive en el barrio. No es la única que opina así. El año pasado, un grupo de vecinos participó del cortometraje “Barrio Ejercito de Los Andes, mal llamado Fuerte Apache”.

“Hasta el GPS marca nuestro barrio como zona peligrosa”, se queja otra alumna, mayor de 50. “Es un problema ir a buscar trabajo viviendo acá adentro. Hay muchos prejuicios. A nosotros nos cuesta más conseguir trabajo. Muchas dan los domicilios de familias que viven fuera del complejo”, cuenta una morocha de flequillo, desde el banco del fondo. “Es como un estigma con el que crecemos”, reflexiona Grosso. “Tengo recuerdos de ser nene, escuchar tiros y salir corriendo rápido para el baño. Esa era la orden que nos daban nuestros viejos: si afuera se tiroteaban, teníamos que encerrarnos en el baño. En otras casas se metían debajo de la cama”.

Los alumnos cuentan que hubo una generación que se crió encerrada; que volvían del colegio, cerraban la puerta con llave y no salían. El más grande tenía que hacerse cargo de sus hermanos hasta que papá y mamá volvieran de trabajar. Hoy las cosas están algo más tranquilas que antes. Tal vez hay menos tiroteos, pero está la preocupación de ser asaltados en las paradas de colectivos, antes o después de trabajar.

“Yo soy una sobreviviente de este barrio”, se presenta otra mujer, madre de hijos profesionales y trabajadores. Y agrega: “El respeto dejó de existir en el barrio. Antes por ahí eran peleas entre narcos y ladrones, pero de noche, y no se metían con vos. Ahora si te tiene que robar, te roban. Por ahí suena un cohete en el barrio y sentimos paranoia. Las mamás salen desesperadas a buscar a sus hijos. Vivimos pensando en cómo hacer para que nuestros hijos no tomen el mal camino. Uno sobrevive a esta vida. Termina aprendiendo a sobrevivir. Porque uno no vive donde quiere; vive donde puede”.