La historia del falso mara que engañó a (casi) todos

Policiales
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Armando Ortega Vera bajó del camión de traslados como cualquiera de los que iban a ingresar a la Unidad 1 de Ezeiza: estaba callado, triste, algo asustado. Por el tipo de

delito que le imputaron al detenerlo, era uno más de la fila. Puede que hasta estuviera nervioso por la posible bienvenida de los penitenciarios, un ritual de golpes para dejar bien en claro quién manda en la cárcel. No era su primera vez en el penal. Un año antes había pasado dos meses por un robo. Antes de eso había estado en la cárcel de Devoto, por otro asalto. Ahora había caído por “falsificación de documentación automotor” y “tenencia simple de estupefacientes”.

Ese 20 de marzo de 2015 Ortega Vera dejaría de ser un preso más cuando le dieron la orden de quitarse la ropa para la requisa. Allí, en el sector de Judiciales, luego de que lo ficharan, se quedó en cuero. Y los ojos de los penitenciarios se clavaron en sus tatuajes. No eran los típicos tumberos “Madre”, “Padre”, los cinco puntos, la serpiente enroscada a la espada o las figuras de San Jorge o el Gauchito Gil. En su panza tenía un 18 en números romanos, el número con el que se identifican los jóvenes del Barrio 18, una de las pandillas más numerosa de Centroamérica.

El tatuaje en números romano fue el que lo vinculó a las maras. Se lo había hecho en una cárcel de Estados Unidos.

El tatuaje en números romano fue el que lo vinculó a las maras. Se lo había hecho en una cárcel de Estados Unidos.

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Dos meses después, las fotos llegaron a los medios de comunicación. Durante días las noticias no hablaron de otra cosa. Como Ortega Vera había ingresado con documentación mexicana se informó que acababan de detener “al primer integrante de una mara en Buenos Aires” y que las autoridades buscaban saber si el mexicano era el único pandillero que emigró a la Argentina o solo el primero de una serie por venir. “¿Es para preocuparse?”, preguntó un columnista de un noticiero. “Sí, claro”, respondió él mismo.

Con el tiempo, cuando el caso dejó de ser noticia, la verdad saldría a la luz. Pero casi nadie lo supo: Ortega Vera no era marero, ni mexicano, ni el primero de una célula de una pandilla que podría instalarse en Argentina. Era colombiano y se dedicaba a los robos. Ni siquiera usaba armas para robar. Su nombre verdadero aún sigue siendo un misterio.

La historia dice que el colombiano nació en Bogotá y que en su adolescencia viajó a México con su familia. En DF robó bajo la misma modalidad que lo terminaría haciendo en Buenos Aires: rompiendo los vidrios de los autos de víctimas que habían marcado a la salida de los bancos. Se movía con documentación apócrifa.

Más adelante, como todo ladrón colombiano internacional, apuntó y llegó a la meca del rubro: Estados Unidos. Allí sería detenido, siempre por robo. Y en la cárcel, ni bien ingresó, como todos los presos latinos, tuvo que decidir con quién quedarse: si con los grupos de la Mara Salvatrucha o con los del Barrio 18. Se quedó con los últimos. Solo por una cuestión de convivencia se hizo el típico tatuaje de la pandilla. El mismo que terminaría sorprendiendo a los penitenciarios y le daría fuerza incluso a una teoría mucho más compleja: que Ortega Vera tenía relación con el Cartel de Sinaloa, una de las organizaciones narco más grandes del mundo.

Según pudo saber Clarín, la carrera delictiva del falso mara fue por carriles muy distintos. Cuando salió de la cárcel norteamericana, Ortega Vera (al menos esa fue la última identidad que utilizó) viajó a Buenos Aires. Y no volvió a tener más contacto con mareros. Nunca hizo negocios con ellos. Todo lo contrario: se sumó a una banda de salideras bancarias que actuaba en la city porteña.

“El día que los noticieros dijeron que era marero nos morimos de la risa”, recuerda un compatriota que lo conoce. A él y a los suyos no los pudo engañar.

Pero los penitenciarios tenían de qué sospechar. El supuesto mexicano no respondió preguntas sobre su vinculación a la pandilla. Donde habló fue en el pabellón. Como los medios difundieron su fama de integrante de uno de los grupos más violentos de Centroamérica, se hizo cargo ante los presos. Con un único objetivo: que le temieran y que nadie lo molestara.

Sus antecedentes penales son los típicos de los colombianos que delinquen en Buenos Aires. El mediodía del 2 de junio de 2014 había sido detenido en Montes de Oca y Quinquela Martín. Junto a un cómplice le quitaron la mochila a un hombre al que venían siguiendo, y que denunció el robo de una computadora y un módem portátil. Escaparon en dos motos, pero en la fuga chocaron contra un auto y fueron detenidos. En un juicio abreviado fue condenado a un año y seis meses. Pero saldría a los dos meses.

La causa que todavía lo mantiene preso se inició el mediodía del 19 de marzo de 2015. Según el expediente, el falso mara conducía un vehículo marca Audi, modelo A1, por la zona de Congreso, cuando una División de la Policía Federal intentó identificarlo. El colombiano, que llevaba los papeles que lo presentaban como mexicano, comprados en DF, habría intentado darse a la fuga. Llegó hasta la esquina de Entre Ríos e Hipólito Yrigoyen, donde le cortaron el paso. Le encontraron 0,69 gramos de marihuana y 48, 26 de cocaína. El auto había sido denunciado como robado en diciembre de 2014, en una comisaría de Pilar. Y llevaba otra patente.

“El coche me lo han quitado en Mar del Plata hace dos meses por temas del seguro”, declaró. “Yo llamé a la persona que me está alquilando el coche, me hizo una tarjeta verde y un papel para poder volver a retirarlo. Ahora ese conflicto que el coche es robado me ha dejado sin palabras. De hecho una vez me lo quitaron por alcoholemia y también me lo devolvieron. De la droga, yo fumo faso. De la coca no puedo decir nada porque no consumo, no sé por qué estaba ahí. Tengo papeles que muestran que pago renta por el coche”, agregó.

En un domicilio de la calle Sánchez de Bustamante le encontraron pasaportes colombianos y los guantes y punzones que utilizan las bandas de su nacionalidad que se dedican a las salideras bancarias y rompen los vidrios de los autos de las víctimas.

Los coches alquilados también son característicos de las organizaciones de ladrones extranjeros. En esos tiempos el argentino que se los alquilaba se los entregaba sin avisarles que habían sido denunciados como robados, luego de que la agencia le dejara de pagar a los dueños. En noviembre de 2016 el titular de la agencia “Gallery”, que funcionaba en Pilar, sería condenado a cinco años por estafas.

Esa es la versión judicial que figura en el expediente en el que el falso mara fue declarado culpable por el delito de encubrimiento y sobreseído por la tenencia de droga. Pero en el mundo de los colombianos que delinquen en Buenos Aires cuentan otra cosa. Aseguran que el supuesto mara era el líder de una banda y que una Brigada de la Policía Federal lo vivía extorsionando. Cuando lo cruzaban entrando o saliendo del hotel en el que vivía, o por las calles de la zona de Congreso, le sacaban relojes, cadenas de oro, celulares o lo que llevara encima.

Ese hábito fue bautizado como “la corta”. De los dos lados. Cuando los policías veían a los colombianos caminando, sin hacer nada malo, les decían “vamos a la corta”. Para no armarles una causa, le exigían dinero y objetos de valor. Cuando los asaltantes sabían que necesitaban protección, proponían ellos el arreglo.

Al igual que sus compañeros, cada vez que salía de su casa, el falso mara escondía las llaves en algún cantero o en un árbol por el miedo a que los policías lo desvalijaran. También entregaba dinero para poder robar en el Microcentro. Durante varios meses habría abonado una suma fija, semanal o quincenal. Hasta que se cansó y no quiso pagarles más. “Es que de un momento a otro pasó de ser una vacuna (en la jerga colombiana, colaboración) a una extorsión constante. Y uno es bandido, no roba para ellos. Roba para su familia”, explica otro colombiano.

En la reunión en la que se habría negado a seguir pagando, los policías le habrían mostrado un celular que le pertenecía. Se lo habían quitado días antes. Allí le mostraron una foto en la que aparecía con sus compañeros, apoyados sobre una mesa llena de fajos de con miles de dólares. Sería la última extorsión. Y terminó con una advertencia: “¿No querés pagar más? Listo, está todo bien. Pero vos sabés cómo es esto…”.

Al falso mara le recomendaron irse del país. Seguir con su carrera delictiva en Brasil, en Chile, en Perú, volver a México. “Es que acá me va muy bien”, era su respuesta. Y siguió. Con el objetivo de comprar más taxis en Bogotá, un negocio que ya le generaba una buena renta mensual. La consecuencia de negarse a seguir pagándoles fue la detención. Por eso escapó ni bien vio al móvil de Brigada siguiéndolo. Sabía lo que se le podía venir. Para la Justicia, huyó porque sabía que conducía un auto que había sido denunciado como robado. Pero las versiones de la calle nunca llegan al Palacio de Tribunales. A los medios de comunicación, tampoco. O sí.