Mitos y secretos de los "escruchantes": especialistas en abrir puertas con un par de herramientas

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Uriel dice que empezó a hacer "la escuelita" para la época en la que había dejado sus estudios secundarios: una banda de pibes más grandes del club de fútbol del ascenso en

el que se juntaba con amigos le propuso ir a tocar un timbre. Al final de la noche se enteraría que ese era el primer paso en la vida de un "escruchante", y que se llamaba "timbrear". Tenía 16 años y se volvió a su casa con un reloj deportivo que usaría a escondidas de sus padres.

La banda había comenzado a encargarle la tarea a cada uno de los integrantes del grupo de Uriel. Viernes y sábados por la noche, ellos se turnaban para ir. Solo tenían que tocar el timbre de la casa que le señalaban: si no respondía nadie, caminaban hasta el auto, daban la información, la banda entraba a robar y ellos se volvían al club, a esperarlos. Si del otro lado del portero respondían, tenían que presentarse y decir que venían a buscar a un amigo o lo que se les ocurriera en el momento. Y ahí nomás, a seguir timbrando otras casas hasta encontrar una en la que no estuvieran sus dueños.

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Para los 17, esos chicos ansiosos por su turno para ir a timbrear, armaron su primera banda. El único que había avanzado un paso más con los grandes les fue enseñando a abrir las puertas. Les permitía mirarlo forzándolas con la barreta y los destornilladores, mientras lo tapaban. Uriel, que ya había timbrado, que ya había observado cómo se hacía, un día se compró las herramientas, como para familiarizarse con ellas. Hasta que el amigo que sabía le propuso practicar con las rejas de las casas. Uno rompía la reja y otro la puerta. Así, se convertiría en uno de los ladrones porteños más especializados en abrir puertas de casas, ventanas y cajas fuertes. Tanto, que nunca dejaría la modalidad. Hoy tiene 32 años y no delinquió de otra forma. La posibilidad de encontrar los ahorros de toda la vida en una casa no es la única causa. Las dos veces que fue trasladado a una cárcel no pasó más de un año detenido.

El "escruche" forma parte del lunfardo. Edmundo Rivero era uno de los artistas que más nombraba a la modalidad en las letras de sus tangos. Se trata de un delito histórico en el mundo del hampa, que se mantiene a pesar de las distintas medidas de seguridad que se implementan día a día, como las cámaras de seguridad, las alarmas, las rejas, las puertas blindadas. Podría decirse que está en aumento: los ladrones que históricamente se dedicaron al robo con armas se ven seducidos por esta modalidad de abre puertas, que en caso de fallar les implicaría muchos menos años de cárcel.

"Algunos jueces tienen muy en cuenta que no es un delito de violencia física y que por ese motivo es una modalidad que no tiene tanta repercusión en los medios e impacto en la sociedad", comenta el abogado Mariano Lizardo.

Los especialistas en forzar puertas y ventanas son codiciados por las bandas. A muchos les piden que les enseñen lo que en el rubro se considera un "arte", y les proponen ir a robar juntos.

Hace setenta u ochenta años algunos "escruchantes" entraban a las casas de madrugada, cuando los dueños dormían. Alumbraban con una linterna y robaban lo que encontraban. Se los denominaba "nocheros". La barreta es la herramienta histórica, la que los caracteriza. Por eso es común que algunos escruchantes se la tatúen, como hizo Uriel y sus tres compañeros. En los últimos años hay quienes le dan un toque particular. En especial, los más jóvenes: no tocan timbre, rompen las puertas de madrugada y no les importa si adentro hay alguien. Y ya del lado de adentro, amenazan a la familia con armas. En la jerga, se le dice "el escruche-pipa".

Luis Mario Vitette Sellanes, el delincuente uruguayo que se hizo conocido por ser uno de los condenados por el famoso robo al Banco Río de Acassuso, dice que se considera un "escruchante". Es el delito que más practicó a lo largo de su vida delincuencial. Habla con Clarín por teléfono, desde su país, donde abrió una joyería tras ser expulsado de Argentina. "Yo siempre diferencié al ladrón del chorro", aclara, recuerda y explica: "El primero roba con habilidad, con destreza, buscando un objetivo. Se prepara para hacerlo, y hasta invierte. El otro, que no es menos, pero tampoco más, solo agarra un arma y sale a la calle. Puede robarse un blindado, o una joyería, o una casa de cambio. Pero para mí siempre será un chorro. Un escruchante, en cambio, es un ladrón. Claro que en definitiva todos somos delincuentes, pero es una diferencia".

El próximo 1° de diciembre la editorial Planeta publicará su biografía. Pero aquí sigue hablando de lo mismo. "Para la Policía el 'escruchante' es una preocupación mayor que el chorro. Porque el chorro a los tres meses está preso, por su costumbre de no tomar recaudos. En el resto de los países la Policía también les teme. No tanto por su peligrosidad, porque no utilizan la violencia. Pero imaginate un escruchante en casas o edificios de Barrio Norte: puede hacer desastres. Es difícil que el chorro llegue a un lugar así, por su pinta".

El escruche es un delito internacional. En Chile, a los ladrones que se dedican a lo mismo, se los denomina “Monreros”. “Apartamenteros” se les dice a los colombianos, aunque a los que se especializan en romper puertas se los llama “Puerteros”. La versión peruana es “Reventadores”. En Europa son famosos dos estilos: el de los rumanos y el de los de Europa del Este: en especial el de los ladrones de Albania, Georgia, Serbia y Bosnia. Suelen robar en viviendas de España e Italia.

Jonathan se crió y vive en un barrio popular de Santiago de Chile. Salió de su país solo para robar: a Inglaterra, a Italia, a Alemania, Noruega, a Argentina, entre tantos destinos. Dice que en Europa, salvo en España e Italia, con dos destornilladores puede voltear cualquier puerta en 30 segundos o un minuto como máximo. Las de Holanda son las más difíciles de todas. "En Sudamérica se complica más: tenés reja, ventana con protección, alarmas; las cerraduras están bien firmes. No queda otra que forzarlas con barretas".

Sus comienzos fueron hace quince años, cuando era menor de edad. Con sus amigos iban a la gomería del barrio y pedían una herramienta prestada. Practicaban forzando rejas de casas de vecinos, a las que no entraban. Por su parte, hay bandas que compran cerraduras pura y exclusivamente para agarrarle la mano a las herramientas, que suelen ser: dos destornilladores largos, uno corto, una francesa y una barreta. Más los guantes, para no dejar huellas. No son las únicas: también están los que usan crique, botellas de plástico cortadas o una llave maestra. Algunos "escruchantes" que no cuentan con antecedentes penales se inscriben en los cursos de cerrajería, para ser más profesionales.

En Europa "los monreros" chilenos están reemplazando a "los lanzas" que robaban billeteras en los metros y principales zonas bancarias. En 2013, el sociólogo Juan Carlos Oyanedel entrevistó a 40 de ellos. “Los estudios de criminalidad en Chile buscan entender a la víctima, pero no se han dedicado a ver por qué los ladrones roban. Por eso somos tan poco razonables al proteger nuestras casas”, era su argumento. Más tarde tituló a su trabajo "Conocimiento criminal y selección de objetivos en ladrones de casas expertos en Santiago de Chile”. 

"El que abre la puerta es el jefe de la banda", cuenta Marcos, que empezó en la modalidad hace 16 años. Con su primera banda contrataron un sistema de alarma para un comercio de un familiar. El fin no era sentirse más seguros. Querían descifrar el sistema de sensores; los segundos que tenían hasta llegar a la caja madre para cortar un cable y desconectarla. El tiempo que el sistema permite creer que el sensor captó a un gato o a una rata y no a una persona. "En la banda todas se las rebuscan para abrir, pero todas tienen un especialista. Y uno lo lleva adentro. Eso es lo que hace de que puedas contener tus nervios y miedos, que no te llevan a ningún lado". Cada vez que entran a una casa van directo a la cocina. Toman un cuchillo para amenazar a los dueños, en caso de que lleguen mientras ellos la desvalijan. Recién ahí comienzan a buscar los ahorros. Otras bandas prefieren defenderse, en caso de que sea necesario, con las mismas herramientas con las que entraron. Es común que en las casas encuentren armas. Algunos las dejan y otros se las llevan, pero como un objeto de valor; para vendérselas a otras bandas.

"Otro desafío es el de la presencia", dice. "Al entrar a un edificio uno tiene que sentir que está en su casa. Lo mismo al salir. Hay que tener siempre una respuesta lista en caso de que un vecino se acerque a preguntar algo". Marcos cuenta que le habla a sus destornilladores y barreta, antes de usarlos: "Hoy me tienen que hacer ganar plata".

Por su parte, Uriel, el que comenzó timbreando, dice que nunca cambiaría los destornilladores por las pistolas porque "esto es para vivos: el que mete caño se la pasa entrando y saliendo de la cárcel. Nosotros sabemos que tenemos posibilidades de ir a la comisaría y volver a nuestras casas", dice.

GL

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