El cura Grassi hoy: un preso solitario y sin amigos que sólo hace cuentas para ver cuándo va a salir

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–Yo lo que siento es deseo de terminar la obra y le pido que me ayude, mangueó sin titubear el cura Julio César Grassi sentado en el living más famoso de la

televisión argentina.

–¿Usted cómo está con la obra? ¿Está por la mitad?, preguntó Susana Giménez, con esa frescura característica pero algo fastidiada. La diva acababa de llegar de Miami, después de varios días en los que Grassi se había paseado en los medios reclamando plata por los ingresos de un concurso telefónico.

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Entonces Grassi contó en qué consistía el hogar que estaba construyendo en el predio que el Estado nacional le había cedido en la localidad de Hurlingham y para el que usaba el dinero que recibía de los llamados a la línea para participar de un sorteo en el programa de Susana.

Lo condenaron en 2009 a 15 años de prisión, aunque recientemente en 2013 la justicia ordenó su detención. /Archivo Clarín

Lo condenaron en 2009 a 15 años de prisión, aunque recientemente en 2013 la justicia ordenó su detención. /Archivo Clarín

–¿En qué porcentaje van de la construcción? ¿En la mitad?, insistió Susana.

Grassi revoleó los ojos, miró hacia arriba y comenzó a mover los hombros y las manos.

–No, no llegamos a la mitad pero casi…, contestó el cura.

–¡Mmmmhh!, marcó la diva.

–... estamos ahí,

–¿Y ya gastaron los 400 mil pesos?, indagó, filosa, Susana.

–No… no… estamos en eso. Estamos gastando los 400, contestó Grassi, a la defensiva y por primera vez algo nervioso después de 10 minutos de entrevista.

–¿Y cuánto le falta para terminar?, preguntó Susana.

–Y yo calculo 600 mil pesos más, dijo el sacerdote, con seguridad.

Susana miró fijo a su cámara, volvió sobre Grassi y patentó una frase que sería recordada durante años:

–Padre, pero... ¿qué se está construyendo, el Sheraton?, exclamó Susana con su tono característico que mezcla ingenuidad con ironía.

Casi sin gesticular, Grassi logró salir rápido de la situación:

–No el Sheraton. Son 100 chicos que tienen que vivir y tienen gimnasio, comedor, cocina…

Y cuatro minutos después del primero, vino el segundo mangazo.

–Le quiero decir que tenga paz. Yo con usted no tengo nada y mis chicos la quieren. Y por otra parte le vuelvo a pedir que nos ayude a terminar esa obra, pidió Grassi.