Tiros al aire, música y descontrol, los ritos sagrados de los "velatorios tumberos"

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Solo es cuestión de entrar a Google, luego a YouTube y escribir, en el buscador, "Despedida de delincuente a los tiros". El primer video que aparece es conocido, y medianamente nuevo.

"Así despiden a un pibe chorro. Se trataría del delincuente baleado por el médico Crescenti", titula el graph del noticiero.

En las imágenes se ven a varios jóvenes (en su mayoría menores de edad) gatillando hacia el cielo; con armas cortas y largas. Fue en la villa Zavaleta, a principios de año. Ese mismo canal subió otro video, de 2014 y de la villa San Petesburgo de La Matanza. Tiene más de un millón de visitas: mientras pasa el coche fúnebre se oyen aplausos y ráfagas de pistolas. Más abajo, siempre en YouTube, se puede ver uno porteño: sobre una especie de terraza de una casilla de la villa Inta, Lugano, se despide a los tiros a un ladrón que se suicidó al verse rodeado por la Policía. Había robado un Audi. Otro que está disponible fue grabado en la popular del estadio de Dock Sud, un equipo de la cuarta categoría del fútbol argentino. Allí, en pleno entrenamiento, la barra entró y exhibió un féretro y homenajeó con cánticos y disparos a Lucas Barboza, acribillado de diez proyectiles. No solo hay videos de Buenos Aires. También aparecen grabaciones de Tucumán y Córdoba. Y de Chile, Perú, México, Colombia, entre tantos países.

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Esta semana el tema reapareció en los medios, a partir de la despedida de un joven de 19 años que murió en un accidente de tránsito. Sus amigos acompañaron al coche fúnebre desde Villa Fiorito al cementerio de Lomas de Zamora. Lo hicieron en motos. Durante la recorrida habrían saqueado comercios y asaltado a transeúntes. Y ya del lado de adentro apuntaron a algunos familiares, frente a las tumbas. También habrían disparado al aire. Aunque no hay imágenes que lo confirmen ni se secuestraron armas. Lo concreto es que no se trata de un homenaje nuevo, ni propio de Argentina. Y que, en muchos casos, no termina en el entierro. Tan comunes y reconocidos se volvieron que hace décadas que aparecen en películas, series, video clips y documentales. 

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"Para la cultura mayoritaria, la muerte es un momento de intromisión, de mirarse hacia adentro, de paz, de silencio. Aunque esa costumbre no puede invalidar otras formas de expresión ante una misma situación", explica el sociólogo y docente universitario Fabio Erreguera. "El mundo criminal tiene un concepto distinto, tanto de la muerte como de la vida. Hay otra valorización, y lo expresan con las herramientas culturales que están a su alcance: con música, festejos, disparos al aire. No los justifico, pero ocurren. Los entierros y despedidas son momentos donde se exacerban prácticas cotidianas, instaladas en el mundo del fallecido y sus amigos".   

Las costumbres son variadas. En Argentina, como en otros países del continente, puede que los amigos dejen armas, cadenas de oro o banderas o camisetas del equipo del muerto dentro del cajón. A veces, la caravana parte desde el barrio. La primera parada es en la esquina, plaza o lugar donde la persona se reunía con sus amigos. Allí pueden sonar los primeros disparos. La música preferida del difunto acompaña la procesión. En Perú, por ejemplo, hay un grupo de cumbia que lleva cientos de presentaciones en velatorios. Otra costumbre que nace después del entierro, y que perdura en el tiempo es la de los amigos del muerto que cada vez que se reúnen a beber un trago, tiran un poco al piso. Es la manera de convidarle.   

En la madrugada del 26 de mayo de 2013, hubo un homicidio en Villa Gobernador Gálvez, Rosario. Un muerto al que aún hoy, en su barrio, se lo recuerda en cada día del amigo, en cada cumpleaños y en cada aniversario de su fallecimiento. Se llamaba Claudio "El Pájaro" Cantero, tenía 29 años y era el líder del clan narco "Los Monos". Su velatorio fue en su casa del barrio La Granada. A metros de ahí, sobre una de las paredes de la canchita que él mismo había refaccionado, sus amigos y familiares mandaron a pintar su rostro, junto a la letra de una canción. El mismo retrato aparecería, también, en banderas de las hinchadas de Rosario Central y Newell's. En esa canchita, o en el club del barrio, se lo recuerda tres veces al año: "Se organiza una comida, se coloca una pantalla gigante en la que se proyectan sus fotos y videos; en los parlantes suenan sus canciones preferidas y se tiran fuegos artificiales de todo tipo. ¿Vos me entendés, no? Todo con respeto", explica un amigo del muerto. Lo de Cantero, como algunos ladrones más, no termina ahí. Hay amigos que viven con su rostro en dijes de oro, tatuajes y remeras. Y algunos hasta le piden milagros, como si fuera un santo.

El mural que recuerda a "Pájaro" Cantero, en el barrio Las Flores. (Juan José García)

El mural que recuerda a "Pájaro" Cantero, en el barrio Las Flores. (Juan José García)

Una historia similar y más popular, aunque del conurbano, es la de Víctor "El Frente" Vital. Su historia fue narrada en el libro "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia", de Cristian Alarcón. Fue asesinado en 1999, en un caso de "gatillo fácil". Tenía 17 años y fama de repartir sus botines entre los vecinos más pobres. En junio pasado, Andrés Calamaro lo homenajeó con una canción y video clip. "Es un tributo a los marginales y los vulnerables, un recordatorio al Frente Vital, muerto por la policía hace veinte años. Jóvenes delincuentes marginales repartiendo alimentos entre los más humildes. Hacemos foco, entonces, en los que nada tienen", le contó al programa La Viola. Y siguió: "Mostramos un instante de la realidad en América Latina con arte cinematográfico. Los marginados son invisibles al mundo, les damos tres minutos de visibilidad. En este video-canción intentamos salvar vidas sin renunciar a la poderosa estética de lo real. Nos acercamos todo lo posible a la realidad, entonces las canciones tienen otro espesor".

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Lenin Forero es antropólogo y docente de historia. Se crió en el barrio Las Cruces, de Bogotá. Allí, en los 80, fue testigo de despedidas y velatorios como el de esta semana en Lomas de Zamora. Y por teléfono, desde su ciudad, opina: "La muerte es un rito de paso, sin importar la cultura. Y todo rito tiene sus signos, sus símbolos. En el mundo del crimen, la despedida a los tiros representa la oportunidad de ratificar el status de una persona ante su sociedad. No solo es el último adiós".

De sus épocas en Las Cruces, recuerda uno de esos rituales por sobre el resto. En el mundo delincuencial, el barrio siempre se caracterizó por sus ladrones internacionales. Que robaban en Europa, Asia o Estados Unidos y regresaban a Bogotá para disfrutar de sus botines. Una de las características de esos ladrones eran las motos Honda XT 500 (de alta cilindrada). La escena que describe es muy similar a la de Lomas de Zamora, aunque 40 años antes. "Las motos acompañaban la procesión. Los pilotos aceleraban y hacían mucho ruido; era ensordecedor. Mi análisis es que con eso buscaban demostrarle al barrio que alguien importante había muerto. Ahí hay otro símbolo".

En Bogotá, esos mismos ladrones visitan el cementerio central antes de viajar a robar. Le rezan a las almas y le hacen promesas a cambio de regresar sanos y salvos, o de hacerlo con mucho dinero. Pueden, a cambio, donar una rosa por cada tumba del cementerio, o hacer donaciones a iglesias u hogares de niños o abuelos.

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El que analiza el fenómeno desde Medellín es Raúl Martínez, sociólogo, arquitecto e integrante de "Los del Sur", la hinchada de Atlético Nacional. Recuerda que en 2012, cada vez que jugaba el equipo, había más banderas que homenajeaban a muertos que las que hacían referencias al amor hacia el equipo. Los fallecidos eran más de cien, más que nada en contexto de violencia barrial o estatal. "Entre todos decidimos homenajear a todos con una bandera que dice 'Por los parceros que ya no están. No podíamos seguir con la tribuna llena de banderas de muertos", dice. El ritual también incluye el mismo cántico en cada comienzo de partido. Dice "...vamos campeón/hay que ganar/por los parceros que ya no están...".

"Muchos amigos de esos cerca de 140 muertos de la barra visitan cada semana el cementerio y dejan la entrada del último partido sobre la tumba", explica Martínez. "Es un poco continuar con la vida del que murió. Lo mismo con los que disparan durante los entierros: es seguir haciendo lo que hicieron antes con el amigo. Cuando la persona fue ajusticiada, también es una manera de demostrar poder. De darle el mensaje al rival de que están dispuestos a seguir la guerra".  

En Santiago de Chile la narco-cultura llegó a un debate a nivel nacional. En mayo pasado, luego del asesinato y despedida con disparos y juegos artificiales de un vecino de 19 años, el Gobierno le pidió a Carabineros y la PDI (Policía de Investigaciones) trabajar en conjunto para evitarlos. Y el 25 de ese mes, el Ministro del Interior anunció un proyecto de Ley, denominada "Anti- amedrentamientos". En Chile, entre 2018 y la mitad de 2019 se contabilizaron 113 "despedidas tumberas" y 79 detenciones. Entonces, lo que antes era una multa, podría ser un delito, siempre y cuando se convierta en ley. La "Posesión, utilización, tenencia o porte de fuegos artificiales, artículos pirotécnicos u otros artefactos similares”, representaría una sanción de entre 61 días y tres años de prisión. Si son lanzados, la pena sería de entre 3 años y un día y cinco años. Los disparos, que hoy comienzan en los 3 años y un día de condena, se irían a un mínimo de siete y a un máximo de 10 años.

Juan Martínez D'Aubuisson es antropólogo social y cronista. Ha publicado libros sobre maras y pandillas centroamericanas. Aclara que las despedidas son muy distintas: "En la frontera norte de México hay tumbas de narcos que parecen pequeñas casas: cuentan con aire acondicionado y equipo de música. En cambio, los integrantes de las pandillas salvadoreñas se rodean de símbolos marcados por la pobreza que los caracteriza". Y concluye: "La vida social está llena de rituales de paso de un estadío a otro. Este tipo de despedidas hablan del estadío futuro del muerto. Se monta todo acorde a cómo vivieron".

En Argentina, al menos por ahora, los velatorios tumberos se parecen más a los de las pandillas. 

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