Mundos íntimos. En mi familia tomamos una decisión difícil: cremamos a nuestros muertos porque ya nadie iba a ir al cementerio

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Mi familia materna es muy peculiar. Siempre lo supe. Numerosa, bulliciosa, afectuosa, siempre unida. Lo confirmé estas últimas semanas en las que transitamos una situación tan inédita como dolorosa: el cierre

de un duelo con nuestros ancestros que nos llevó muchos años poder concretar.

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La mayoría de ellos estaban enterrados en distintos puntos de las 95 hectáreas del cementerio de la Chacarita de la ciudad de Buenos Aires: desde familiares que nunca conocí personalmente -como mi abuelo Héctor que murió tempranamente cuando mi madre era aún una niña, o el tío Mingo que falleció hace más de 70 años pero, a menudo, es recordado en charlas familiares- hasta mi amada Nona Cata, cuya cadena con la imagen de la Virgen de Luján seguimos usando todos sus nietos, por turnos durante el año, como una forma entrañable de permanecer entre nosotros.

Parientes. (De izq. a der.) Lucy, Polo, Alfonso (él único de la foto que no fue cremado), Cata, Elvira, Alberto y Carmen. Ahora sus restos están en un cinerario.

Parientes. (De izq. a der.) Lucy, Polo, Alfonso (él único de la foto que no fue cremado), Cata, Elvira, Alberto y Carmen. Ahora sus restos están en un cinerario.

Con mi hermana y mis primos, conservamos frescos en la memoria los recuerdos de nuestra niñez visitando frecuentemente el cementerio. Las mujeres fuimos con nuestros vestidos de comunión y llevamos estampas para dejar en las lápidas de cada uno de nuestros muertos. A medida que crecimos, fuimos abandonando y hasta mirando con recelo esa costumbre de nuestras madres que -pese a los achaques físicos- continuaron cumpliendo el ritual ante cada fecha o fiesta importante. A ellas, el mandato familiar de visitar a los muertos se les había grabado a fuego en el corazón. En su niñez pasaban casi todos los domingos correteando entre tumbas, lápidas y galerías. Ya de adultas, estrecharon vínculos con los sepultureros -hasta les llevaban pequeñas atenciones-, se aprendieron de memoria los pasillos y las parcelas de Chacarita y gastaron miles y miles de pesos en el sostenimiento de sus muertos.

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que lo hablamos en familia. Pero, de a poco, fue creciendo la idea y la necesidad -impulsada sobre todo por los más jóvenes- de “levantar” a todos nuestros muertos, cremarlos y depositarlos en un cinerario parroquial, esos lugares creados recientemente en las iglesias de Buenos Aires. Allí, los fieles pueden depositar las cenizas de sus seres queridos fallecidos y tenerlos cerca para visitarlos.

San Antonio de Padua. En la parroquia de Parque Patricios, la familia unida para despedir a sus familiares. La autora, con camisa de jean, en el centro.

San Antonio de Padua. En la parroquia de Parque Patricios, la familia unida para despedir a sus familiares. La autora, con camisa de jean, en el centro.

No fue fácil tomar la decisión y nos tomó mucho tiempo. Hubo resistencia en un principio: había que desterrar viejos mitos sobre la cremación. También superar mandatos familiares, como los de la tía Carmen -la última en fallecer- que había dejado la instrucción de que no la cremaran. Durante años, fueron transcurriendo momentos de debate familiar sobre lo más conveniente, averiguaciones de trámites para poder llevarlo a cabo, consultas con otros familiares y hasta reflexiones más internas para ir sanando culpas de los más grandes.

Una de las últimas cuestiones que se resolvió era que no se podía dejar ‘sola’ a tía Carmen en Chacarita. Ella también debía ser de la partida. Así que, pese a su última voluntad, fuimos moldeando la decisión, con la convicción de que era lo mejor para todos, vivos y muertos. Los mayores de la familia eran conscientes de que no querían traspasar esa carga de responsabilidad a los más jóvenes, que ya casi no íbamos al cementerio, salvo para ayudarlos en los traslados. Entre quedar abandonados para siempre en el cementerio y traerlos a un cinerario -cerca de nuestros movimientos cotidianos- fue ganando terreno esta última idea.

Finalmente, la determinación se tomó a mitad de este año. Hubo que cumplir una serie de requisitos; entre ellos, buscar libretas de matrimonio y actas de nacimiento para acreditar el vínculo familiar con cada uno. Cuando llegó el día establecido, una representación de diez personas de la familia concurrió a la Chacarita para realizar el doloroso ‘trámite’. Por algunas disposiciones administrativas -y macabras- de los cementerios, al menos un familiar de cada fallecido debe estar presente al momento de la exhumación, a modo de testigo, para verificar que el cuerpo se haya reducido a restos óseos.

En el chat de primos, el día comenzó con una selfie sonriente entre las tumbas de las dos que se animaron a acompañar a los más grandes. Pero a medida que la jornada transcurría, los relatos -entre sollozos- se fueron transformando en desoladores. La delegación familiar fue peregrinando, una a una, por cada tumba o nicho que tuvo que ser abierto. A algunos les tocó ver, a otros -los más jóvenes-, contener y abrazar a los mayores.

Cuando destaparon el de mi Nona, el sepulturero se sorprendió al encontrar cenizas arriba del cajón. Después del asombro inicial, cayeron en la cuenta de que se trataba de los mensajes y dibujos que habíamos depositado los nietos junto al féretro, para que se fueran con mi abuela a su morada final. Ahora estaban pulverizados. Como nuestros sentimientos. Se decidió que esos restos de amor fueran quemados junto al cuerpo.

Más allá de toda la burocracia y los vericuetos administrativos para realizarlo, el ‘trámite’ se convirtió para mi familia en un momento de duelo, en un revivir de penas que habían quedado atrás hace muchos años. Gracias a la ayuda, empatía y acompañamiento de ciertos empleados del cementerio, algunos procedimientos se aligeraron. La burocracia frente al dolor es inconcebible. Ellos mismos se mostraban asombrados de que tantos vivos fueran a buscar a tantos muertos. Un párrafo aparte para ellos, los trabajadores de la muerte ajena. Con lo poco que tuve que ver, me quedé reflexionando sobre cómo hacen para apoyar todas las noches la cabeza en la almohada y despejar de la mente esas imágenes de su labor cotidiana.

Cerca del mediodía, en el cementerio, mi familia se vio rodeada por una decena de féretros que contenían los restos de sus padres, sus (mis) tíos, sus (mis) abuelos. Recordaron momentos vividos juntos, sentados alrededor de una mesa, Navidades y otras fiestas en la casa de la calle Zelaya en el barrio del Abasto, cuando todavía ni siquiera mis padres se habían conocido. Por unos minutos, desconcertados y atravesados por el dolor, revivieron alegrías y tristezas vividas en familia y, en paz, los dejaron ir en fila hacia el crematorio.

“Si tanto tiempo pasó y siguen tan presentes, por algo será, ¿no?”, se preguntó uno de mis primos el día después en el chat familiar, que sirvió para descargar tensiones y compartir reflexiones. La frase de un teólogo alemán encontrada en Internet nos confortó: “Detrás de mi están todos mis ancestros dándome fuerza. La vida pasó a través de ellos hasta llegar a mí. Y en su honor viviré plenamente”. Una canción de un artista cristiano nos consoló: “No se han ido del todo. Si nos han dejado una luz. Si sus esfuerzos dan frutos aún. Si una meta nos hacen seguir”.

Pocos días después, tuve la misión -junto a otra comitiva familiar- de retirar las cenizas en el crematorio del cementerio. Nos tocó una mañana gris y desapacible. El clima nos acompañaba. Parecía un trámite sencillo, a diferencia del que había enfrentado la otra delegación familiar. Mi madrina cosió unas bolsitas de tela azul, bordadas con un corazón rojo, más el agregado -por dentro- de una etiqueta con el nombre y apellido de cada muerto. Firmamos papeles para autorizar la cremación y el procedimiento estaba listo para comenzar. Pero un empleado nos pidió disculpas y nos dijo que alguien debía ingresar para verificar que todo el proceso estuviera bien encaminado. Nos sorprendió la dignidad en el trato y respeto a los difuntos y a nosotros, sus deudos. Allí fui, con la mirada fija en el piso, para no ver más allá de aquello que era estrictamente necesario. Con las cenizas a cuestas y en silencio, nos fuimos al mediodía cuando ya había dejado de llover.

Las tuve en casa una semana. La primera noche, prendimos una vela y rezamos en memoria de todos ellos. Con un sacerdote amigo, planeamos una ceremonia para depositarlas solemnemente en el cinerario del santuario San Antonio de Padua, en el corazón de Parque Patricios, justo al lado del colegio al que asisten tres de los más chicos de la familia. Es un lugar de paso ajetreado para muchos de nosotros, pero ahora tendremos un motivo para detenernos.

La mañana del día que pautamos para la ceremonia desplegué las bolsas con las cenizas en mi terraza, les puse etiquetas a cada una -por fuera- e imprimí un listado con los quince nombres: Catalina, Carmen, Teresa, Antonia, Héctor Raúl, Polo, Dominga, Alberto, Omar, Elvira, Lucy, Manolo, Mingo, Juana y Vicente.

Nos juntamos por la tarde, junto al cinerario. El tráfico porteño sólo perjudicó a uno de los veinte que fueron llegando puntuales desde Lanús, Villa Martelli, Burzaco y distintos puntos de la ciudad. Los actos de amor seguían sucediendo: un abrazo esperado entre hermanos, los restos de una tía que se ‘reencontraban’ con los de su marido luego de permanecer por años en el jardín de sus hijos, el brazo fuerte del mío de 14, rodeándome por los hombros. Con mi marido fuimos los encargados de ir volcando el contenido de cada bolsa, mientras nombrábamos a cada uno. En el interior del cinerario, las cenizas se juntaron con la de tantos otros que nos precedieron. Hubo lágrimas, sonrisas y hasta aplausos. Y muchos jazmines, agrupados en un improvisado florero de plástico. Después compartimos la misa para honrar la memoria de todos nuestros ancestros. Somos cristianos y creemos firmemente que algún día nos vamos a volver a encontrar, porque la “hermana muerte” -como la llamaba San Francisco de Asís- nos lleva a todos ineludiblemente al mismo destino.

Nuestro dolor de esos días se fue transformando en una serena alegría porque confiamos en la promesa de la vida eterna. Este proceso que atravesamos nos ayudó a renovar nuestra visión sobre el sentido de la vida y la importancia de los vínculos afectivos. Aunque lo hablamos sólo entre los más jóvenes de la familia, quedó establecido el acuerdo tácito que -de ahora en más- el procedimiento será así. Ya no volveremos a Chacarita a visitar a nuestros muertos. El ritual se resignificó. Porque como dice mi autor espiritual de cabecera, el monje benedictino Anselm Grun, hay rituales que sanan. Son aquellos que nos ayudan a transitar momentos de angustia y que le dan sentido a la propia vida. Son mucho más que tradiciones, son la praxis de la vida de cada día. Lo dice también el psicólogo suizo Carlos Jung: sin fiestas, sin rituales, la vida se hace trivial, se hace absurda.

Como somos inquietos, ya estamos con la mirada y el corazón puestos en los próximos acontecimientos familiares: los 60 de mi cuñado, la operación de mi madre, el nacimiento del hijo de mi primo, dos egresos de la escuela primaria, los festejos para cerrar el año. La vida continua y a mi familia le encanta celebrarla.

“Cuando no hay nadie en el mundo de los vivos que te recuerde desaparecerás”, dice uno de los personajes de “Coco”, la película de Disney Pixar en la que se explica que nuestros ancestros solo pueden seguir habitando la tierra de los muertos mientras los mortales que los conocieron los mantengan entre sus palabras, sus recuerdos, sus plegarias.

Si es por eso, todos mis muertos vivirán mucho tiempo en los corazones de mi familia.
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Silvina Oranges. Periodista y catequista. Vive en la ciudad de Buenos Aires con su marido Enrique, sus hijos Juan Ignacio y Juan Pablo, y su perro Pancho. Lectora compulsiva de todo lo que llega a sus manos, aunque sus preferidas son las novelas. Le gusta escribir cualquier tipo de texto: desde listados interminables de asuntos pendientes hasta crónicas rápidas en la agencia de noticias Télam donde trabaja hace más de 20 años y notas de color sobre ONGs en la revista “Tercer Sector”. Recibió el premio Santa Clara de Asís en 2014. Debe ser de los pocos porteños que nunca hizo terapia. Prefiere volcar sus inquietudes en papel, escribir cartas, tomar café con amigas y estar cerca de sus afectos. En cualquier reunión familiar nunca son menos de veinte. Ama la combinación de mar con bosque. Dice creer en Dios por sobre todas las cosas y en la fuerza sanadora y transformadora de la fe en la vida de las personas.