Mundos íntimos. A los 14 años me enojé con mi papá y en un acto de rebeldía adolescente me fui de casa por unos días

Sociedad
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Era el año 1992, yo estaba entrando en un torbellino emocional adolescente fuera de lo común. Necesitaba diferenciarme de mis padres, de lo que representaban para mí en aquel momento. Yo

profesaba una filosofía antisistema, seguía bandas punks y creía que el mundo de los adultos encarnaba todo lo que estaba mal. Adoraba la música de Todos tus muertos, Gatos sucios, Exploited y Ramones (por mencionar lo más emblemático).

Mis padres no habían hecho nada realmente malo, pero yo estaba enojada, sobre todo con mi papá porque se había ido con otra mujer cuando yo tenía cuatro años. Fui la primera hija de padres divorciados en el jardín de infantes. Cuando papá se fue, conté la noticia en la salita de “Los conejos” y todos mis compañeros se pusieron a llorar en un acto de solidaridad involuntaria. Fue una época dura, donde se forjaron mis primeros recuerdos: mamá tan triste tirada en la cama mientras papá hacía las valijas para irse.

Reconciliación. Mariana y su papá cuando las relaciones volvieron a la “normalidad”.

Reconciliación. Mariana y su papá cuando las relaciones volvieron a la “normalidad”.

La espina de la separación me quedó clavada, y siempre culpé a mi papá porque fue el que abandonó a mamá y yo entendí que a mí también, sentía que nos había abandonado a las dos. Aunque en realidad, fue un padre muy presente en mi infancia. Me pasaba a buscar todas las semanas, al principio íbamos al Italpark o al cine. Él no hablaba mucho y yo tampoco, pero supimos forjar cierta complicidad mientras hacíamos aquellos primeros paseos solos. También me llevaba de vacaciones con mis hermanas y su nueva mujer. Fuimos a países limítrofes y en una oportunidad, hasta cruzamos el océano. Solía comprarme libros (un Elige tu propia aventura por fin de semana), juguetes y ropa. Cada vez que iba a su casa, alquilábamos en el video club películas de terror para ver juntos, como si se tratara de un pequeño ritual.

Volviendo a mis catorce años, yo tenía muchos amigos, de todas clases sociales y procedencias. Mi familia era de profesionales de clase media acomodada (mamá y papá son psiquiatras y psicoanalistas, siempre les fue bien). Vivíamos en el barrio de Flores, en una casa chorizo hermosa, con dos patios y una terraza enorme. Me juntaba en los video juegos con los chicos del barrio o de barrios cercanos como Floresta o Villa Luro. Me gustaba callejear con ellos y tomar cerveza en las esquinas. A su vez, iba a un colegio privado progre lleno de otros chicos hijos de profesionales como yo, con una situación socioeconómica similar a la mía, sin embargo, no me sentía identificada con ellos: en ese entonces, me parecían todos unos caretas.

Supongo que esa era la sensación plena de la adolescencia, sentirme incómoda, fuera de registro, enojada con todo. Creía que podía cuidarme sola y que no tenía que rendirle cuentas a nadie por lo que hacía. Una de las primeras cosas que hice en aquel estado que comenzaba a transitar, fue tatuarme un diseño tribal en el brazo derecho. Me hice el dibujo en una galería de Flores, cuando todavía tatuarse era tabú, solo lo hacían los carcelarios y los músicos de rock pesado tipo Sepultura y también yo, aquella dulce niña de catorce años. El tatuaje quedó espantoso, pero yo estaba chocha y los chicos de los video juegos venían a ver mi bracito en tandas cuando se enteraban de mi hazaña. Me creía una heroína rebelde.

En medio del merengue emocional, a mi madre le salió un viaje a Europa junto con mi abuela. Era la primera vez que ella iba a cruzar el charco y estaba feliz. La idea era entonces que yo me quedara viviendo con mi papá las dos o tres semanas que duraría el viaje. A mí no me molestó lo del viaje, me pareció fantástico, pero en el correr de los días con mi padre, comencé a sentirme más enojada y encerrada de lo usual. Yo quería salir de noche, hacer lo que se me antojara sin dar explicaciones, pero claro que no podía porque papá no me dejaba hacer cualquier cosa.

Una noche le dije que iba a lo de una amiga del colegio careta a dormir y en realidad me fui con un pibe de los que conocía del barrio, era un skater de Villa Luro unos años más grande que yo, teníamos muchos amigos en común. Nos encontramos en mi casa, donde yo vivía con mamá, a tomar cerveza y tocar la guitarra. A mí me gustaba el pibe y me parecía una gran seducción mostrar tamaña independencia. Mi padre sospechó algo porque llamó a la casa de mi amiga y nadie sabía nada sobre mí. Agarró el auto y fue hasta casa. Fui muy tonta porque dejé las luces de entrada prendidas, era obvio que yo estaba ahí. Papá tocó el timbre y ahí se me confunden los recuerdos, creo que logró entrar y el tal pibe y yo nos fuimos a la terraza y luego desde ahí saltamos a la calle (lo que es la juventud que no nos pasó nada) y nos fuimos para Villa Luro. Anduvimos vagueando, chapando por ahí. Cuando se hizo de día, me fui a un bar a tomar café con leche para hacer tiempo, no tenía idea de qué iba a hacer, las llaves habían quedado adentro de la casa.

Terminé en los video juegos y me encontré con un amigo que iba conmigo a la primaria del colegio cheto. Me caía bien, y a su vez tenía una familia organizada y normal y vivían ahí cerca. La mamá de él era un sol y cuando fuimos a comer algo a su casa le conté que me había escapado y a ella le dio pena, me dijo que me quedara ahí y que al día siguiente llamaríamos a mi papá. Dije todo que sí, pero al día siguiente me fui porque tuve una idea: si iba al edificio donde vivía mi abuela y le pedía las llaves a la portera que me conocía desde que había nacido, podría quedarme ahí.

La portera se llamaba Victoria, me dio las llaves sin dudarlo. En lo de mi abuela tenía comida de alacena como latas y galletitas, televisión y teléfono para dejar mensajes en la radio. Era oyente fanática de la Heavy rock and pop, y me gustaba llamar para ganar entradas para recitales, escuchar las entrevistas a mis músicos favoritos y descubrir nuevas o viejas bandas (por ejemplo, conocí Motorhead gracias a ellos).

Ya había ido alguna vez al programa, en el marco de un taller de periodismo que había hecho. Como oyente, te dejaban quedarte en el estudio sentado en el piso, sin hacer ruido. El programa empezaba a las doce de la noche, era un poco tarde para un día de semana para una jovencita como yo, pero aprovechando la libertad me fui a presenciar una de sus emisiones. Aquel día conseguí dos cosas: entradas para ir a ver a Die toten hosen a Halley (Halley! Qué antigüedad!) e irme a dormir a la casa de el cantante de una de mis bandas favoritas con la excusa de que no tenía adónde ir.

El recital era uno o dos días después, fuimos con una amiga. Antes de entrar, pedíamos monedas a la gente de la cola para tomar cerveza, “un peso para la birra”, y así junté algo de dinero para seguir con mi vida de escapada. Entramos temprano a Halley y nos ubicamos en la valla, junto al escenario, resistimos los embates del pogo y el aplastamiento contra los caños y salimos orgullosamente en alguna foto de revista de rock que cubría el evento. Fue el día en que Campino se subió a la parrilla de luces del lugar y nos cantaba desde el cielo.

Mientras yo vivía en mi utopía punk medio boba, algunos amigos y parientes menos utópicos me buscaban: en los videos juegos de Flores, en Villa Luro, en recitales. Una noche decidí volver a la casa de mi mamá para buscar shampú y crema de enjuague porque en lo de mi abuela no había, también algo de ropa limpia. Entré trepando por lo de un vecino a la terraza y luego bajé al patio y abrí la persiana y la puerta que sabía que no tenían llave. Saqué lo que necesitaba con sigilo porque en la penumbra, pude distinguir a una pareja durmiendo en la cama de mi mamá. Luego lo supe, eran mi hermana y su novio de aquel momento que estaban en mi búsqueda activa. También habían ido a la puerta de Halley, de casualidad no me encontraron.

A pesar de los esfuerzos, nadie sabía nada de mí, habrían pasado tres días de la desaparición cuando papá decidió hacer la denuncia a la policía y llamar a mi mamá -que si no recuerdo mal estaba en Palma de Mallorca- para que regresara y se ocupara de la situación. Por alguna razón, quizás un despunte de culpa al enterarme de que varias personas me estaban buscando, tomé contacto con una amiga mía de toda la vida, cuyos padres habían ido a la universidad con los míos. Me pidió que vaya a quedarme en su casa hasta que regresara mi mamá, que sus padres sabían todo y que estaba todo bien, pero que mejor me quedara con ellos. Acepté. Una vez en su casa, me contaron de la denuncia y que mamá estaba regresando y estaría en aquel momento en alguna escala. No quería que mamá volviera, le estaba arruinando sus vacaciones, prometí quedarme con ellos sin hace más lío, pero ya era demasiado tarde.

Desde el aeropuerto mamá fue directo para Villa Urquiza, a la casa de nuestros amigos. Las dos lloramos, le dije que estaba furiosa con papá, que él no podía decirme qué hacer y qué no. Será por su profesión o porque la angustia era mayor que el enojo que mamá no me dijo nada. Volvimos a casa y resolvió junto con papá que ese verano no podría salir de la casa para nada, ni para ir al kiosco de la esquina. Hice bastante caso, alguna noche me escapé por los techos como sabía hacer, pero nunca se enteraron, yo tampoco tenía ganas de seguir portándome mal.

No quise ver a papá ni hablar con él, estaba enojada porque denunció mi fuga y no se hizo cargo como correspondía de encontrarme. Por alguna razón, se respetó mi deseo. En realidad, ahora lo veo más claro, lo que hizo con la denuncia fue decirme que se rendía y que él también estaba enojado. Esa había sido toda su reacción, y en cuanto estuve ubicable, no nos vimos más. Unos meses después, a cara de perro, tuvimos que asistir juntos a un par de audiencias en el juzgado de menores. Él iba vestido de punta en blanco, con ropa de marca francesa, perfume importado (como se vestía habitualmente) y yo con pantalones rotos, zapatillas remendadas con silver tape y remera escrita con aerosol con el símbolo de la anarquía.

Parecíamos de universos socio culturales diferentes. Cuando la jueza preguntó acerca de mi manutención, se sorprendió al saber la cifra que papá le pasaba a mamá por mí y que yo usaba a mi antojo. Creo que hasta compraba cosas en una extensión de tarjeta a su nombre solo para hacerlo pagar, en sentido amplio.

El tema judicial se resolvió luego de dos encuentros, para la ley no había pasado nada extraño con nuestra familia. De todos modos, durante dos años dejé de hablarle a papá, yo seguía con una furia ciega. Me enteraba por mis hermanas de que estaba construyéndose una casa nueva en el barrio de Saavedra, que tendría parque, quincho y una habitación para cada una. Yo no quería saber nada, no quería volver a verlo.

Papá llamó a casa el día de mi cumpleaños número dieciséis, para saludarme en su estilo lacónico. A pesar de todo, no se daba por vencido. Supe que era hora de atenderlo. Me deseó feliz cumpleaños y me dijo que ya estaba lista la casa, que si quería podía ir a conocer la que sería mi habitación. Acepté, y el siguiente fin de semana me pasó a buscar por Flores en su auto y atravesamos la ciudad rumbo a la casa de sus sueños. El portón gris enorme se abrió con un control remoto. La casa era hermosa -lo sigue siendo- de ladrillo a la vista y grandes ventanas. Por dentro continuaba el tono fabril con pisos de cemento alisado, cielo raso de hormigón, tubos de ventilación a la vista y una escalera de adoquines con baranda de alambre tensado que llevaba al piso superior.

Papá me guió hasta la primera habitación, la mía. Abrió la puerta y era todo de color rosa: las paredes, el cubrecama, la alfombra. Casi casi que me ofendo pero enseguida entendí que era una especie de chiste intransmisible, un deseo inconsciente, quizás un lapsus. Aquel espacio dedicado a mí, me devolvía la idea de que cada uno quería que el otro fuera diferente, pero que la única forma del amor era aceptar al otro como era.

Seguro que papá hubiera querido una hija que se vistiera de rosa y no hiciera todos los quilombos que yo le había dedicado, sin embargo, el lugar que cada uno ocupaba en el corazón del otro, en términos de espacio -y no de colores- era inalienable. Y aún hoy, veintisiete años después, lo sigue siendo.
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Mariana Skiadaressis nació en Buenos Aires en 1978. Es escritora y licenciada en Letras por la UBA. Publicó cuentos en antologías de jóvenes escritores y la novela “La felicidad es un lugar común” (Ed. Entropía, 2018). Tiene una nueva novela en proceso de edición, “Que nunca se nos pase” y otra en proyecto, esta última aún sin nombre. Empezó a escribir en talleres de narrativa a eso de los 19 años, pero recién a los 30 sintió que sus textos podían tener un verdadero valor literario y se lanzó a escribir su primera novela. Como la mayoría de los escritores, tiene un oficio suplementario con el que paga las cuentas: trabaja en comunicación política para candidatos, instituciones gubernamentales y privadas.