Los silencios condenatorios

Sociedad
Lectura

Demasiadas velocidades tiene nuestra sociedad. En lo sexual y afectivo se nota con especial potencia. Mientras para algunos la homosexualidad pasó a ser parte del “mainstream” –los espacios laterales lo ocupan

los debates sobre las personas trans, no binarias y género fluido– para otros las relaciones entre el mismo sexo siguen teniendo algo de espantoso. No se manifiesta en declaraciones morales rimbombantes pero sí en silencios que duelen y llevan a vivir a escondidas, a vivir temerosamente.

Esa historia –hoy la de Rodrigo– es aún la de muchos. Nadie les dice que se quiebran los lazos familiares, no sufren persecución alguna como en otros países, los derechos están garantizados. Pero hay una sensación de estar haciendo algo mal, de que se está fallado. Por eso, para no provocar dolor, la identidad se oculta y se generan intentos para convencerse de que no es el camino correcto. Se sabe que la verdad puede significar padres que entren en una profunda tristeza o que creen que sus hijos ya no podrán tener ese destino que ellos soñaron como camino único, sin bifurcación. No hay violencia, ni gritos. Hay sí, una enorme sensación de defraudar y de haber sido defraudado.

A veces creo que la educación sexual no debiera ser sólo para los chicos en las escuelas sino también para los adultos. Para que se dejen atrás esas conductas que hieren sin necesidad pero además sin eficacia. Si un hijo es gay o lesbiana, lo será por más valores religiosos que le impartan o por más conservadora que sea su educación.

Tardará, seguramente sufrirá más, pero actualmente es poco probable que esa persona viva cubierta de engaño. Una vez que la sociedad abre las puertas, el aire se va filtrando para todos. Quizás esa educación sexual podría darse en algún espacio radial o televisivo para que llegue a todos y para que todos –muchos, al menos– se den cuenta que con un frío silencio pueden causar daño. Seguramente no es lo que quieren hacer pero tienen mucho miedo a pensar diferente.