Mundos íntimos. No me fue fácil aceptar que soy gay. Recién a los 27 años lo hablé con mis padres y su respuesta me dejó triste

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Papá pasó a buscarme por un punto intermedio entre su casa y la mía un sábado de octubre a la tarde, después de haberme llamado muy temprano ese mismo día para

exigirme un café lo antes posible. En esa conversación por teléfono, corta pero intensa, lo noté acelerado, con una necesidad urgente verme y de aclarar algunas cosas.

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Al principio tuve miedo, mucho. Hacía unos días había salido del clóset con mi mamá y, si bien no había previsto en ese momento ningún resultado positivo, todavía seguía pensando en su silencio absoluto frente a mi confesión, en su mirada perdida, en las tazas de té frío sobre la mesa y en su beso seco de despedida en la puerta de casa. Hacía días no tenía noticias de ella, y ahora era mi papá el que me pedía un encuentro de esos por primera vez en mi vida. Sabía que no podía ser por otra causa. Pese al temor, acepté que nos viéramos esa misma tarde.

De chiquito. Rodrigo aún no sabía los dilemas que iba a enfrentar.

De chiquito. Rodrigo aún no sabía los dilemas que iba a enfrentar.

Lo primero que me dijo cuando subí al auto fue que ya hacía un tiempo estaba preocupado por mí, pero que intuyó que algo realmente malo estaba pasando después de haber visto a mamá sin fuerzas ni ganas de salir de la cama. Me preguntó qué le había hecho para que esté así, dando por hecho que yo era el culpable de esa tristeza irreconocible. Estaba enojado, su tono era alto. Me pedía una explicación.

–Bueno papá, listo –le dije, ya un poco cansado. Tu preocupación real no es por mamá, viene por otro lado. Tenés miedo porque te lo imaginás hace un tiempo, pero te es imposible preguntármelo en voz alta. Ni siquiera te lo planteás como una opción. Te la voy a hacer fácil, aunque no sea lo que quieras escuchar. Pa, soy gay. Me gustan los flacos, y estoy feliz con eso.

Diploma. Cuando le dieron el título de abogado, aún callaba.

Diploma. Cuando le dieron el título de abogado, aún callaba.

Siguió manejando, sin decirme nada. No sé cuánto tiempo pasamos callados e inmóviles, hasta que sacó un atado de cigarrillos de la guantera, bajó un poco la ventana y prendió uno. La última vez que lo había visto fumar había sido durante una noche de Año Nuevo unos diez años atrás, cuando un poco por la emoción y otro poco por el vino, se había puesto a hablar con cada uno de sus nueve hermanos en el jardín delantero de la casa de verano.

El silencio siguió por unos minutos, hasta que me di cuenta que estábamos subiendo a la autopista.

–Papá, ¿adónde vamos? ¿Qué hacemos acá?

–Vamos a Luján, a la basílica. Tengo que comprar unas velas para llevarle a tu abuelo al cementerio, y las quiero bendecir allá.

–¿Me estás jodiendo?

–Mirá, si querés me acompañás y seguimos hablando. Si no, te podés bajar acá y volver a tu casa.

Acababa de decirle en voz alta, tal vez, lo más importante que podría haberle dicho nunca, y a cambio recibía un tono duro, una imposición ridícula de autoridad que sentía que no merecía. Intenté mantener un tono calmo y la voz firme, pero segura, y le dije que de ese auto no me bajaba y que ahora, que no me había dado opción, me iba a tener que escuchar. Necesitaba hablar.

No sé desde cuándo soy gay. Tampoco sé si nací gay o lo soy por elección. Muchas veces me vi envuelto en el debate pero fueron pocas las que reflexioné sobre el tema. Prefiero no hacerlo. Al menos ahora y después de tanto tiempo, me conformo con reconocerme como tal y disfrutarlo sin culpa, porque no fue fácil. Pude no haber crecido en el ambiente más conservador de todos, pero en mi caso fue lo suficiente para que el placard en el que estaba escondido se mantuviese cerrado.

Fui a un colegio católico pero no fanático, de esos que no exigen mucho más que rezar por la mañana, estudiar catequesis e ir a misa una vez por mes. Pasé por el bautismo, la comunión y la confirmación, en ese orden y con fiestas y souvenirs. Mis papás son católicos moderados. Se enorgullecen de ir a misa en fechas especiales como Pascua o Navidad, o cada vez que alguien cercano muere; no comen carne los viernes de cuaresma, son fans del papa Francisco y están en contra de los pañuelos verdes. En cuanto a la homosexualidad, siempre fue un tema tan tabú que no tengo casi recuerdo de que se haya debatido seriamente en una mesa familiar, salvo aquella vez en la que, entrando en la adolescencia, había escuchado en una cena palabras como familia, procreación, enfermedad y naturaleza.

Puse mucho de mí también para mantener esa puerta bloqueada, y llegué incluso a imaginar una posible vida heterosexual. Me puse como objetivo potenciar una imagen hetero-cis normativa al punto tal de que nadie pudiera dudar de mi heterosexualidad, ni siquiera yo. Decidí estudiar derecho en la Universidad Católica Argentina y sin darme cuenta me volví un católico conservador, de esos que hoy con mis amigos llamamos P.P.F (Patria, Propiedad y Familia).

Durante mis años universitarios, me opuse a la ley de matrimonio igualitario y fui a un retiro espiritual en el que una tarde creí haber visto a Dios. Conocí chicas y me inventé amores mentirosos, y tuve experiencias clandestinas con hombres que creí que serían pasajeras. También formé parte de un grupo de bioética, en donde debatíamos con otros P.P.F sobre medicina, derecho y moral cristiana, y juzgábamos la subrogación de vientres y la reproducción asistida. No llegué a tocar la guitarra en misa sólo porque no sé tocar la guitarra.

Había fabricado, muy lentamente y de forma inconsciente, una coraza resistente, impermeable que se terminó quebrando cuando, con la excusa de irme a estudiar afuera, me distancié durante un año de todo lo que me rodeaba. Lejos de todo ese deber ser autoimpuesto, me abrí a otras experiencias e hice nuevos amigos, que poco a poco y sin imaginar que era gay, me demostraron que el hecho de serlo no era algo grave, ni antinatural ni vergonzoso.

Aprendí a celebrar lo distinto sin importar la causa de esa diferencia. Por primera vez, empezaba a pensarme a mí mismo de verdad. Todo se potenció una vez que volví a Buenos Aires y me encontré con el antiguo entorno, ese que había dejado en suspenso por un tiempo. Fue un choque para el que no estaba del todo preparado, aunque tampoco lo estaban aquellos que en su momento habían crecido conmigo. Notaban que algo en mí había cambiado y tenían razón.

Una vez que di el primer paso, fue imposible parar. Abrir esa puerta fue un camino de ida. Primero se lo conté a mi amiga M. una noche de verano en la terraza de casa, y me abrazó muy fuerte. Al abrazo de M. le siguieron muchos más, todos con la misma fuerza. A medida que me exponía me sentía menos pesado, como si estuviera comprando una libertad en cuotas.

En el viaje de ida a Luján, le hablé a mi papá de todo eso. También le conté de los miedos del principio, del sentirme distinto hacía mucho tiempo, o al menos diferente a lo que se esperaba de mí. Del temor al rechazo y la discriminación, de la auto represión. Le recordé viejas palabras suyas como las de esa cena familiar años atrás, pero que siempre se habían mantenido actualizadas en mi cabeza. Le hablé también de la angustia, de los golpes en la pared de mi cuarto, de llorar en momentos inesperados y de lo incómodo que se siente llorar porque crecí pensando que los hombres no lloran.

No lo dejé intervenir en ningún momento y le seguí hablando incluso cuando llegamos a Luján y bendijo sus velas. En silencio entramos en la basílica, se persignó y se sentó a rezar en uno de los bancos del fondo. Sentía que no tenía nada que hacer ahí. Salí a tomar aire, y mientras él rezaba, me quedé hablando con tres chicos de unos cuatro o cinco años que pedían plata en las escalinatas de la entrada. Terminé sentado con ellos, compartiendo unos alfajores y unas gaseosas. Después de unos minutos, papá salió de la basílica y volvimos al auto. Seguíamos sin hablar.

Recién a la vuelta, ya de nuevo en la autopista, me volvió a hablar para decirme que había algo que lamentaba.

–Sé que es tu decisión, no la comparto, pero es lo que vos elegís. Lo único que me da pena por vos es que no vas a poder ser feliz. Y eso es lo único que un padre espera para un hijo.

–Te equivocas, papá. La felicidad es relativa, y no depende de mi elección sexual. En realidad, tampoco sé de qué depende, o si es que depende de algo. Ni siquiera sé si existe. No sé si voy a ser feliz, pero prefiero esto a seguir encerrado. Vos, por ejemplo, sos heterosexual, estás casado, llevas una vida que considerás convencional ¿Y sos feliz?

No me respondió. En lugar de eso, prendió otro cigarrillo.

Casi no hablamos durante el resto del viaje, ni durante las semanas que le siguieron. El poco diálogo entre papá y yo se redujo por un tiempo a un saludo cordial y frío en reuniones familiares, a las que seguí yendo para no perder contacto con el resto de la familia a pesar de la incomodidad y la tensión que generaba mi presencia. Mi hermana menor, con quien había estado distanciado por años, se volvió un sostén clave en esos momentos. Fue de las primeras personas en entenderme y en repetirme hasta el cansancio que todo iba a estar bien.

La interacción casi nula con papá hizo que me enterara tarde de sus molestias, ya una vez que pasaron a ser dolores. Una mañana de febrero, una hemorragia interna provocada por un coágulo hizo que papá terminara en el hospital en terapia intensiva. En ese momento, yo no estaba en Buenos Aires y me volví una madrugada en micro desde un casamiento en La Pampa pensando que ya no llegaba a verlo. Cuando encontré a mamá en la sala de espera, me miró aliviada y me pidió que entrara a la sala porque papá no había parado de preguntar por mí, incluso estando casi inconsciente.

Fue en esos días que nos enteramos de los tumores. Primero en el hígado, después en el páncreas. Dispersos, y de alcance incierto. Los médicos intervinieron con urgencia, y extirparon el cáncer y buena parte de su sistema digestivo.

Papá arrancó con la quimioterapia a las pocas semanas, y desde el principio me quedé con él. Durante los meses que siguieron, bajó varios kilos, se puso más pálido, se quedó sin fuerzas, agachó la mirada. Yo, por el contrario, empecé a comer sano, a hacer mucho deporte, a meditar. A vivir mi sexualidad sin esconderme, a intentar disfrutarla sin prejuicios. Una tarde, mientras caminábamos juntos por el parque, se me ocurrió pensar que le estaba robando. Como si cada gramo de vida, cada kilo de músculo, cada respiración de más suya, me la estuviese apropiando. Un pensamiento sin demasiado sentido pero que reflejaba el desequilibro en la balanza de una naturaleza injustamente asimétrica.

–Te veo bien, campeón –me dijo, cuando llegamos a una sombra y paramos a descansar en un banco.

–Estoy muy bien, pa –sonreí, y le palmeé el hombro. Y vos también vas a estar bien. Dale, quiero ver ese aguante.

Le di la mano, se paró y seguimos caminando.

En todo este tiempo, hablamos como si nada hubiese pasado, como si el viaje a Luján y la conversación sobre mi sexualidad no hubieran existido. Me recibe con un abrazo cada una de las veces que lo visito en la clínica o en su casa, y me agradece con una sonrisa cuando lo despido. Disfruta siempre que llego y se apena cuando me voy. Un par de veces me dijo que me quería mucho. En nuestros ratos juntos, jugamos al ajedrez en la sala de internación del pabellón oncológico, o miramos alguna película en el living de su casa, y a veces hasta nos animamos a debatir sobre política como en los viejos tiempos.

Hasta ahora, no volvimos a hablar de la felicidad.
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Rodrigo Cabrera es abogado y actor en proceso. Estudió abogacía en la UCA, realizó una maestría en Londres y fue docente universitario. Pese a su carrera en el ámbito del derecho, sus verdaderos intereses son diversos y ajenos a lo legal. Estudia actuación y desde el año 2019 asiste a un taller de escritura creativa. En su tiempo libre le gusta hacer deporte, estar al día con las últimas series y películas, escribir y leer; le interesan en particular las novelas distópicas y su preferida es “1984” de George Orwell. Disfruta mucho del tiempo de calidad con amigos y de las noches de Buenos Aires. La playa, siempre. Viviría viajando. Es coleccionista de datos simples.