Su hijo no tiene solución, le dijeron a mi mamá y le preguntaron qué pensaba de la eutanasia. Hoy, soy abogado.

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Nací espástico, soy un paralítico cerebral. Me cuesta abrocharme un botón o usar un cuchillo. Nunca pude manejar un auto. Cuando era un bebé me dieron los peores pronósticos. Pero nadie

en mi familia se dio por vencido. Hoy agradezco la vida que tengo a pesar de las diferencias. Y agradezco, sobre todo, el esfuerzo de mis padres, Adela Lazar y Elemiro Kahan, dos seres maravillosos. La enseñanza más importante que me dejaron fue la lucha. No dejarse estar. Pelear por lo que uno quiere siempre. Muchas veces me he preguntado “¿Por qué yo?”. Y me respondo: “¿Por qué otro?”.

.A mi mamá le tendrían que haber hecho una cesárea pero estábamos en 1951, no era muy común en esa época y los médicos no se animaron. Duraron dos días los dolores muy fuertes y finalmente tuvo un parto normal pero, por la demora, me faltó oxígeno y al faltar oxígeno se me deterioraron algunos centros nerviosos, sobre todo el de la movilidad y el de la palabra

De pequeño. Foto con sus dos hermanas.

De pequeño. Foto con sus dos hermanas.

Llegué a una familia donde estaban mi hermana Noemí de siete años y Lidia, de cinco. A los pocos meses de vida mis padres se dieron cuenta de que no me desarrollaba como lo habían hecho mis hermanas, no levantaba la cabeza por ejemplo. Comenzó el largo camino de tratamientos, diagnósticos de todo tipo, largas visitas a médicos y especialistas. Me llevaron hasta a un brujo. A mi mamá le preguntaron qué opinaba de la eutanasia, le dijeron que me llevara a Palermo a mirar avioncitos, que tomara aire, pero que no hiciera nada porque yo no tenía solución. La conclusión era “no sirve para nada”. Pero, ya lo dije, mis padres no se dieron por vencidos y acá estoy. Desde los tres años hice kinesiología, foniatría, fonoaudiología, laborterapia y todo lo que hubiera para mejorar mi desarrollo.

Reunión. Daniel, sentado, riendo durante una comida. Enfrente de él, su papá y su mamá.

Reunión. Daniel, sentado, riendo durante una comida. Enfrente de él, su papá y su mamá.

Cuando llegó el momento de la escolaridad, empecé a estudiar en mi casa. Hice la primaria por intermedio de una escuela domiciliaria. Recuerdo a mis hermanas yendo a estudiar a un colegio afuera y recuerdo que moría de ganas de ir con ellas pero sabía que no podía. La maestra venía a mi casa día por medio. Como siempre tuve buen nivel intelectual me daba perfectamente cuenta de mis diferencias que me marcaron desde muy chico y me hicieron ver cosas que otros tal vez no veían. Las diferencias generan ansiedad, bronca, impotencia, discriminación. Pero tenés que jugar con ellas. Convivís con ellas. ¿Cómo se convive? Aceptándolas y tratando de asimilarlas, que no es fácil. Porque tenés que asimilar algo que no es natural. Me sentí diferente siempre. Nunca me sentí igual a los demás. Nunca. Con el dolor que eso conlleva.

El dolor se extendió a toda la familia porque cuando hay un discapacitado en una casa, toda la familia sufre de algún modo la discapacidad. Supongo que para mi padre, que era un hombre deportista, muy metido con la gimnasia, con los deportes, socio fundador de Macabi Argentina, tener un único hijo varón como yo habrá sido un dolor grande. Pero jamás me hizo sentir que hubiera querido un hijo normal. Imagino que a él le hubiera gustado mucho pero no pudo ser.

Mis hermanas también sufrieron porque me veían y me ayudaban cuando tenía convulsiones. Ellas, tan chicas, me ayudaban, me sostenían. Era una vida diferente para toda la familia. Para mi mamá más todavía. Cuando yo era chico usaba aparatos con tutores en las piernas. Recuerdo a mi mamá llevándome a upa con los aparatos, subiendo a los tranvías. En esa época no había asientos para discapacitados, además. Muchas veces nadie le daba el asiento. Otros también se alejaban de nosotros. ¿Alguien se imagina qué se siente al llevar a un hijo a la hamaca de una plaza y que otras madres saquen a los suyos por miedo a un contagio?

Terminé el primario con dieciséis años y empezó otra gran lucha. Era el año 1967. Como quería ir a un colegio común me hicieron retrasar un poco el ingreso así me desarrollaba más físicamente. Fue una lucha muy grande de mi madre y también de la última maestra que tuve en la primaria, Susana, una persona extraordinaria. Con mi mamá recorrieron varios colegios y las repuestas eran “Acá no”, “Ni con la carta del ministro”, “Acá no”, “Me va a atrasar a los demás alumnos”, “Acá no”.

Recorrieron todo hasta que consiguieron un colegio privado, el colegio Mitre. Me tomaron. Hice primer, segundo y tercer año. La discriminación fue brutal. Una vez uno de mis compañeros me pasó un cinturón por el cuello y le dijo a otro “¿Lo matamos? Total, ¿para qué sirve?”. Yo lo miré a los ojos y le dije: “¿Y vos para qué servís?”. No me molestó nunca más. Por suerte mis padres me habían educado para lo que iba a pasar. Desde muy chico me dijeron “Nunca vas a ser igual que los demás”. Fue una crianza con mucha verdad, mucho amor y mucha dedicación.

Para empezar cuarto año me pasé al Colegio Nacional N° 17, Primera Junta, y me cambió la vida. Era un colegio público donde los alumnos tenían otra visión de la vida, iba el hijo de un poderoso industrial junto al hijo del que vendía gaseosas en la cancha. La mezcla y las distintas visiones de la vida cambian a la gente. Me acuerdo que ellos querían que yo fuera al viaje de egresados a Bariloche, yo creía que no podía ir, pero vinieron a mi casa a buscarme y me convencieron. Mi mamá les dijo “Miren que hay que ayudar”. Ellos ya sabían, insistieron y finalmente fui. Son amigos que hoy todavía conservo. Yo era uno más con ellos. Con diferencias pero uno más.

Después estudié derecho en la Universidad de Buenos Aires donde, por suerte, tampoco sufrí discriminación. Me hice amigos nuevos, estudié, milité, me metí en todas. Finalmente me recibí de abogado en 1977. Empecé a trabajar en forma particular pero para una persona con discapacidad no es fácil ese trabajo, entonces ingresé al Ministerio de Salud Pública en 1984.

La verdad, nunca me gustó mucho la abogacía. A mí me hubiera encantado ser músico, cantante y guitarrista. Me fascina la música. Me apasiona el arte. Pero con mis dificultades no tenía muchas opciones: era contador o abogado. No podía ser arquitecto, ni médico, ni ingeniero. Ahora soy abogado, escucho mucha música y bailo como puedo. Quizás con las nuevas tecnologías ahora se podría estudiar otras cosas pero cuando empecé hasta la televisión estaba recién desarrollándose.

Mi carrera laboral siguió en la Secretaría de Medios y después en Asuntos Legales de Canal 7 donde trabajé desde 1991 hasta este año en que me jubilé.

Para contar un día en mi vida tengo que decir que me cuesta todo. Comer. Usar los cubiertos. Hablar. La parte afectiva me incide en la parte física. Me cuesta bajar una escalera. Pero me arreglo bastante bien, subo al colectivo, voy y vengo. Trato de hacer una vida lo más normal posible dentro de mis limitaciones. Viví con mi mamá hasta que ella murió en 2013 a los 90 años. Desde entonces vivo solo y lo haré mientras pueda. No tomo medicación, hago gimnasia dos veces por semana. Voy a un gimnasio común donde tengo una rutina especial, sobre todo de elongación y coordinación. Y a veces tomo clases de canto.

Hoy tengo 66 años y agradezco a la vida estar como estoy. Muchas veces miro a quienes están peor que yo. Mejores hay un montón. Pero peores también hay. Y creo que soy, en parte, un privilegiado. Camino, me comunico, puedo elegir, tengo salud. Valoro mucho elegir cómo vivir. Dónde estar. Qué sentir.

Me enamoré varias veces. Se enamoraron de mí una sola vez y justo de ella no me enamoré. No tuve hijos. Me hubiera encantado. Lo que más me hubiera gustado en la vida es tener una familia y ser cantante. No pudo ser.

El amor también es algo muy complicado en un hombre con discapacidad. El tema pareja incluye la parte sexual y sexo con un discapacitado genera miedo, genera muchas cosas. Cuando un discapacitado se enamora es complejo. Estamos acostumbrados a modelos y esquemas de la seducción y de la sensualidad que no ayudan. Por ejemplo, en la publicidad son todos perfectos. Hay que jugar en contra de estos prejuicios y estos modelos y muchas veces es muy difícil.

La falta de amor de una pareja duele. Es un tema que me marcó. Siento dolor por no haber podido lograr una pareja, me duele y me va a seguir doliendo siempre. El no amor de una pareja es muy duro. Quizás no para todos, porque para algunos puede no ser tan importante. Pero mis padres se amaban muchísimo y yo me eduqué en ese ambiente de amor y deseaba algo parecido a eso. Las chicas que me llegaron a conocer decían “divino, macanudo, un tipo muy sentimental, afectivo”. Pero cuando teníamos que pasar a otro nivel aparecían el miedo y los prejuicios. No es fácil que una chica acepte una relación íntima con un discapacitado. En otro plano, sé que ni las mujeres que cobran por sexo a veces nos aceptan.

A lo largo de los años ha habido avances en la Argentina y en el mundo en relación a la discriminación. Hay más conciencia pero falta todavía un largo camino por recorrer. En los países que sufrieron guerras, los discapacitados son “un honor” porque esos discapacitados fueron a defender la patria y volvieron. En Argentina no, a los soldados de las Malvinas, por ejemplo, los han vapuleado terriblemente. Los discapacitados somos mirados con prejuicio y falta de información.

Por todas estas dificultades con las que vivo y sé que viven tantos otros, armé un proyecto de ley sobre discapacidad que presenté al Ombudsman de la Tercera Edad. Propongo varios elementos que harían un poco más fácil la vida a un discapacitado. Propongo que en los colegios, desde primer grado, se vaya enseñando qué es un discapacitado, los diferentes tipos de discapacidad y sobre todo, cómo tratarlos. Porque la sociedad a veces, y no por mala voluntad, ignora cómo tratarnos y habría que instruirla.

¿Cómo tratar a un discapacitado? Por ejemplo, en mi caso, cuando subo a un colectivo y me empujan de atrás para ayudarme, puedo caerme. Lo hacen con muy buena intención pero si me dan mucho impulso me caigo. La persona tendría que preguntar: ¿Necesitás ayuda? La solución es así de simple. Doy otro ejemplo: para subir una escalera, muchas veces, no me conviene que me ayuden porque con el impulso de mi cuerpo subo mejor que ayudado. Para bajar sí me conviene que alguien me acompañe. La gente no puede saberlo si no pregunta.

A veces estoy en un restorán y me cuesta cortar y me preguntan: ¿Puede o lo ayudo? Eso es bueno. Gran parte de los problemas se resuelven simplemente con educación. El proyecto también habla de obras sociales y temas previsionales.

Si tuviera que darle un consejo a quienes tienen más posibilidades físicas que yo pero que se quejan de sus vidas, les diría que miren para abajo y que así podrán valorar mejor lo que ellos tienen, aunque sea poco. Que valoren la palabra, que valoren poder subir una escalera. A veces todavía me parece oír a mi padre cuando quería ayudarme a caminar mejor: “Taco, suelta y punta”. El era perfeccionista y quería que yo fuera, no perfecto, pero lo mejor que pudiera dentro de mis posibilidades. A veces yo decía “¡Dejame de joder! ¡Me tenés podrido”. Y él: “Cuando yo no esté, te vas a acordar”. Y sí que me acuerdo. Todavía tengo el eco de su voz: “Brazos abajo, cabeza derecha, mirada al frente”.

Y, por último, si tuviera que darle un consejo a un chico con discapacidad, le diría que tenga mucha paciencia. Que se arme de mucha paciencia. Va a necesitar estímulos, ayuda, que acepte ayuda. La ayuda no es indigna. Y si alguien siente lástima por él, que la lástima tampoco es indigna. Es un sentimiento. Yo siento lástima por mucha gente y no la ofendo por eso. Nuestra vida es muy difícil, pero yo no dejo de soñar por eso. Alguna noche me soñé normal, o al volante de un coche que me hubiera fascinado manejar y nunca pude. Pero no pierdo la esperanza, a lo mejor dentro de diez años alguien invente un auto que yo pueda manejar. Eso es lo que debemos recordar: tenemos discapacidad, sí, pero el futuro también es nuestro.

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​Nací en Buenos Aires el 4 de septiembre de 1951, con una discapacidad motora.Fui atendido a partir de los seis meses en kinesiología, foniatría, laborterapia. Aún continúo haciendo gimnasia dos veces por semana. En 1972 ingresé a la Facultad de Derecho, me recibí en 1977. Intenté trabajar en forma privada, pero se me hacía muy cuesta arriba. En 1984 ingresé a Salud Pública, luego pasé a la Secretaría de Medios y en 1992 fui nombrado abogado de canal 7 hasta que me jubilé en febrero de este año.

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