Llamar por teléfono a una persona que ya no está

Sociedad
Lectura

Nunca pude comer en un velorio. De hecho, cuando veo en las películas estadounidenses esos imponentes banquetes que se organizan luego del entierro, siento un rechazo quizás irracional. Como si la

comida fuera celebración y no correspondiera en ese entorno. O como si se tratara de una falta de respeto al muerto. Eso, recuerdo, me pasó a los veintialgo cuando murió mi abuelo materno y, a la mañana temprano, nos ofrecieron café y medialunas. El café, creo, lo bebí. Las medialunas me parecían casi pecaminosas y allí quedaron.

A veces repienso esta situación y me pregunto si soy demasiado estructurado. Es una posibilidad cierta. ¿Pero si la comida sirviera para quitar peso a un día que ya es difícil? ¿Y si acentuara la idea de que nos toca seguir vivos y no dejarnos caer? Puede ser, pero a la vez siempre sentí que el paso de la vida a la muerte tiene algo de sagrado, que no debe convertirse en un momento más. Que vale actuar diferente en ese momento y resignar un poco el placer (¿no se asocia a eso la comida?). Raro: escribo estas líneas y me siento fuera de época. El duelo pasó de moda, al muerto hay que llevarlo en el recuerdo –dicen– y volver rápido a la rutina porque es lo que él o ella hubieran querido. No tengo nada contra esa actitud pero visceralmente hay algo que me repiquetea “No es tan así”.

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Hay muertes y muertes. La edad marca diferencia: aunque un padre sea siempre un padre, un adiós se procesa distinto cuando se siente que el ciclo vital se ha cumplido. Y muchas de estas preguntas, en cambio, no deben surgir en momentos en que el estrago es absoluto, como en la muerte de un hijo.

Yo creía que cuando se moría un padre uno se sentía fuera del mundo, como en una nebulosa propia. No me pasó eso. Tanto con mi mamá como con mi papá me mantuve muy entero aunque pendiente de esos cuerpos que aún podían emitir algún ruido o movimiento por los aires que quedaron adentro. Eso sí me espantaba: asegurarme que la muerte era real, que no había una atávica enfermedad que los mantenía como dormidos. Fantasmas, sí, pero muy vívidos.

La sensación de orfandad –aunque ya era un hombre maduro– y de sentirme existencialmente solo, sin red –aunque tengo una familia lindísima– sí se fueron apropiando de mí pero de a poco. No fue un golpe de puño sino una desolación que se traducía en pequeños hechos: un ataque de llanto una tarde, intentar llamarlos por teléfono sin darme cuenta, decirme que sería bueno consultarlos sobre esto o aquello. Y entender que nada de eso sería posible de ahí en más. Que mi mundo había cambiado para siempre: estaba solo.

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