Mundos íntimos: Cuando me tocó hacer el servicio militar pensé en desertar pero no me animé. Lo sentí como un año perdido.

Sociedad
Lectura

Un frío mediodía de 1983, cuando la vuelta a la democracia era un hecho, el director de nuestra ENET Número 33 dio autorización para que en la hora de matemáticas pudiésemos

oír el sorteo transmitido en directo por LRA Radio Nacional. Al escuchar el número se me ensombreció la cara y por mi cabeza sólo deambulaba una frase: “Me quiero morir”.

Ya había pedido prórroga de dos años, cedida por estudiante secundario, y debía hacerla a los veinte, pero aquel 641 pesaba como casco de guerra y el alcance de aquella prórroga resultaba transitorio.

Ironía. Una foto de Sergio en la época en que hizo el servicio militar. Foto: Gentileza Jorge Peirone

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En vacaciones saqué de la biblioteca familiar “En el camino” de Jack Kerouac, su escritura frenética me transmitió la necesidad imperativa de conseguir un auto para recorrer el mundo, aunque no supiese manejar. Pero aquel texto había sacudido sobre todo una idea manifiesta de liberación interior que la obligatoriedad del servicio militar arrancaba de cuajo.

Llegado el momento expuse la intención de desertar y en casa se armó un revuelo de novela. Mi viejo afirmaba que al identificarme en cualquier control saltaría mi condición y me confiscarían el documento metiéndome preso. Mamá rogaba que fuera al cuartel de La Plata, ni bien viniera por correo la famosa cédula de llamada, para hacer la revisación médica y así evitar males mayores.

Quienes se presentaron esa mañana soleada del 6 de abril de 1984 fueron destinados al Regimiento de Infantería de Montaña 10 en Zapala, Neuquén. A mí me tocó el reclutamiento por la tarde y quedé en Buenos Aires, más precisamente en el Estado Mayor General del Ejército, a pasos de la Casa Rosada.

La Compañía Servicios se encontraba en el segundo subsuelo del Edificio Libertador y a los asignados a esa unidad, entre otras tareas, nos correspondía vigilar el funcionamiento de la calefacción central. Los soldados accedíamos por escalera, aunque hubiese montacargas con capacidad para transportar un Fiat 600, y nuestro puesto era una cuadra de enormes dimensiones en la cual dormíamos y dos patios internos donde nos “bailaban”. También había oficinas para suboficiales, dos cafeterías atendidas por conscriptos, un cuarto pequeño para el “sumbo” de “imaginaria”.

Al alba y antes de que anochezca el soldado designado debía descender hasta el tercer subsuelo, internarse en medio de columnas de hormigón guiado por la roja luz testigo del tablero, para prender o apagar la bomba de agua. Al segundo día barríamos escalón por escalón aquellos 18 pisos interminables, todos hacíamos la venia a cada mando superior, siempre birrete bien colocado, vista al frente y clavados en posición de firme pese a pender de un peldaño. A pleno sol nos hacían salir a la plaza de armas munidos de rastrillos y escobillones para limpiar el extenso playón contra un viento arremolinado, juntando en grandes bolsas de arpillera hojarasca, papeles y basura.

El sargento ayudante a cargo de nuestra Compañía era alto, fibroso y lucía su uniforme con orgullo. Al incorporarnos corríamos a vestirnos de fajina, nuestro sargento ayudante nos hacía formar en la cuadra delante de los armarios para inspeccionarnos, y a quienes no guardaran postura de firme les daba un golpe con la mano abierta en el pecho. Explicaba que había sido modelo, acaso creyendo reforzar su autoridad al enseñarnos orden cerrado. “Civil”, era su ofensa preferida. “Yo me voy, vos te quedás”, repetía para mis adentros como un mantra.

Nuestro sargento ayudante, en esa etapa, nos fue citando en su despacho y anotaba en un cuaderno nivel educativo, zona de residencia, actividad de nuestros padres, a sabiendas de que el noventa y nueve por ciento de sus reclutas había llegado a la Compañía por acomodo (hasta los recomendados previamente cumplieron un mes entero de instrucción en Campo de Mayo), excepto otro conscripto y yo. Y desde mi reunión con el sargento ayudante, donde no obtuvo rédito, pasé a ser pretexto para justificar “bailes” y foco principal de sus reprobaciones. Porque nuestro sargento ayudante por medio de sus subordinados recolectaba diarios, revistas, perfumes, ropa, alimentos, materiales para la construcción y hasta tuvo suerte de que un soldado integrara la reserva de Boca Juniors, y a cambio de dejarlo asistir al entrenamiento exigía entradas y anabólicos para completar su rutina de ejercicios en el gimnasio del piso 13.

Al tercer mes, en una parodia de sorteo en la que se iría de baja la primera camada de conscriptos, aflojó el adiestramiento. Después de almorzar ahora nos daban hora libre y casi todos en vez de dormir marchábamos a la cantina para fumar, comer galletitas o alfajores. En ese ámbito circulaban rumores, como la existencia de un pasaje subterráneo que comunicaba la Casa Rosada con nuestro Edificio Libertador, traspasado por el General Juan Domingo Perón para protegerse de los bombardeos de 1955. Pero el más popular era la intrigante oficina del piso 11 repleta de cajas del whisky preferido de Leopoldo Fortunato Galtieri.

En la cantina conocimos a Jorge, soldado “viejo”, quien nos desasnó sobre el significado del término “colimba”: corre, limpia, barre. Jorge también contó la historia de Petro -ese gordito que pelaba montañas de papas-, había llegado del interior de la provincia de Buenos Aires; engordó diez kilos, aprendió a cepillarse los dientes, a usar desodorante, papel higiénico, y cumplido su año de servicio obligatorio pidió quedar como ayudante de cocina.

En la niñez dibujaba y mis parientes pronosticaban vocación de artista plástico, aunque a los 16, deslumbrado por el rock de la década del 70, empecé a escribir letras, componer canciones y al poco tiempo, junto a un amigo del barrio, formamos dúo con nombre latino al estilo Sui Generis interpretando tormentosos temas propios.

Alejandro y Gustavo, dos colimbas amigos, escuchaban rock progresivo, heavy metal o punk rock, y esa particularidad nos diferenciaba de los “bolicheros”. Excepto a quienes designaban imaginaria, al resto de la tropa le concedían permiso de salida a las 18 y estaban obligados a retomar servicio a las 6. Tratando de sacarle provecho al uniforme con Ale y Gusti empezamos a frecuentar la calle Lavalle porque estrenaban montones de películas prohibidas para menores de 18. Andábamos sin birrete, las manos metidas en los bolsillos, piropeando chicas por la peatonal Florida; recalábamos en disquerías y librerías, curioseando títulos nos sorprendía la noche. Pero era en bares de la avenida Corrientes donde nos hallábamos a gusto, intercambiando datos acerca de grupos musicales, escritores, discutiendo de fútbol y política, pese a que el tema recurrente fuese la deserción: “No planeo perder un año bajo bandera”, insistía Ale, “es mi tiempo y hago lo que quiero”. “¿Adónde vas a ir sin el DNI?”, retrucaba Gusti racionalmente. “Yo trataría de cruzar en bote al Paraguay”, explicaba, revelando la opción más barajada antes del sorteo.

Un mediodía lluvioso interrumpieron la instrucción para formarnos y nos hicieron dar un paso al frente a Salazar, a Moreno y a mí. Jamás supe si fuimos elegidos azarosamente o por nuestro comportamiento. Subimos en ascensor hasta una oficina del sexto piso colmada de documentación y nos encerraron bajo llave con la orden estricta de introducir hoja por hoja pilas de expedientes por una trituradora de papel. Nos turnábamos en el uso del ruidoso artefacto y para embolsar la parva de tiritas escupidas parejamente, que temprano por la tarde cargábamos en un camión. Contentos por eludir bailes y mal trato, hacíamos bromas en voz baja acerca del contenido de aquellas páginas descartadas, la mayor parte de tamaño oficio escritas a máquina con tinta negra, y como en una película de espías fantaseábamos esconderlas entre la ropa o memorizar su contenido. Salazar fue el primero en atreverse a leer expedientes con membrete del ejército argentino atravesados por un sello rojo en calidad de confidencialidad. Pero al segundo día, por miedo a que hubiese cámaras ocultas, seguimos alimentando esa alargada boca dentuda hasta vaciar la oficina.

“¿Por qué soldado?, ¿subordinación y valor…? yo quiero ser escritor”, grité en avenida de Mayo espantando transeúntes. Gusti proyectaba terminar la secundaria y trabajar con el padre en tornería mecánica hasta reunir plata suficiente para comprarse una guitarra eléctrica. Ale se veía de lleno en alguna actividad relacionada al arte. Me hizo escuchar un disco de Luis Alberto Spinetta a través del cual descubrí la figura de Antonin Artaud; leer Antología de la literatura fantástica, donde Jorge Luis Borges junto a Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares me revelaron la existencia de James Joyce, Franz Kafka o Macedonio Fernández.

Habían corrido diez semanas de la segunda baja -Ale salió licenciado por recomendación de un Teniente General con pase a retiro- aunque para nosotros parecían décadas. El EMGE contaba con personal civil de mantenimiento y por descarte me incorporaron a electricidad, quedando como auxiliar de un cabo primero. Reparábamos planchas, estufas, aires acondicionados y el cabo primero, en los francos, arreglaba heladeras y conducía su propio taxi. Un martes invernal nos tocó ir al departamento de un Mayor de Infantería. Lo habían trasladado desde Misiones y nosotros éramos encargados de instalar sus arañas de bronce. El cabo primero estacionó en Coronel Díaz y yo fui poniendo en la vereda aquellos armatostes. Toqué timbre varias veces y respondía entrecortadamente una voz femenina. “¿Qué pasa?, milico”, interrogó mi cabo primero, todavía sentado al volante. “Esta pelotuda no me oye”, exclamé; justo sonaba la chicharra de apertura de la puerta vidriada. Subí todo al ascensor de servicio y ni bien se detuvo en el cuarto piso vi, a través de las puertas tijeras, la esbelta figura de una mujer rubia en deshabillé y pantuflas turquesa. Nunca me insultaron tan degradantemente. Soporté el surtido interminable con la vista al frente. Cuando se cansó de vociferar, la esposa del Mayor dispuso, manteniendo intacto el tono mandón, que entrase de una buena vez sus pertenencias: “tagarna mogólico”. Volviendo al Edificio Libertador pasé el parte sobre lo sucedido y mi cabo primero, tentado por un ataque de risa, trataba una y otra vez de explicarme el funcionamiento de los porteros visores.

Los fines de semana, con el edificio inactivo, nuestro sargento ayudante aprovechaba para hacer sus peores tropelías: nos obligaba a desenterrar plantas repuestas por el jardinero y a cargarlas en su auto, sustraía ropa militar y arrancaba hasta tapas de luz. Pero el acabose le llegó un sábado al sacar herramientas de un ascensor en reparación. Recuerdo el pedido desesperado de aquellos operarios por recuperar su equipo de trabajo -importado casi en su totalidad- de la empresa privada encargada del mantenimiento. Nos rogaban que contáramos la verdad: todos guardábamos silencio. Una tarde nos juntamos Gusti y yo con los operarios en un bar a metros de la CGT y pese a que nosotros no habíamos sido los encargados de meter el bolso en el baúl del Peugeot 504 de nuestro sargento ayudante, podíamos denunciar al soldado en cuestión para obligarlo a declarar, iniciando una cadena de complicidad. Así se hizo. El sargento ayudante fue citado por una junta militar, tuvo que devolver el botín y a partir de ese hecho le prohibieron darnos órdenes.

Al salir de baja pensaba que mi experiencia como soldado había sido nula, aunque esas vivencias castrenses finalmente contribuyeron a ampliar mi visión del mundo. Entre los momentos gratos que conservo de mi año en el ejército prevalece la imagen de una ciudad despoblada. Cálidos domingos cuando nos escapábamos para recorrer San Telmo, lejos de su zona turística, sumándonos a los habitantes de las pensiones jugando picados en estacionamientos desiertos, o tirándonos a tomar sol en las barrancas acolchadas por el césped del Parque Lezama, sentados viendo pasar chicas en el mismo banco donde transcurren fragmentos de “Sobre héroes y tumbas”, comiendo facturas recién horneadas, tomando del pico gaseosa helada.
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Sergio Fombona, escritor, baterista, carpintero, coordina talleres literarios y su asignatura pendiente es la escultura. Su vínculo con la lectura se produjo a los 10 años al estar convaleciente de hepatitis. En la adolescencia, ojeando una revista de divulgación científica, se enteró que el máximo potencial de la memoria se desarrolla hasta la adultez y memorizó el diccionario enciclopédico. Publicó “La vida muerde” cuando pudo pulir aquello que quería contar. En su novela “El Mayor y las perlas” aplica vivencias como soldado incorporando la guerra de Malvinas contextualizada en una decadente Buenos Aires noventosa. Y en sus crónicas sobre el rock de la década del 80 logra aunar dos pasiones: música y literatura. Disfruta fumando habanos, del cine arte, zapando con amigos. Desde chico concibe la vida en todo aquello que aturda y haga recapacitar.