Celebración de los abrazos invisibles

Sociedad
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Una noche, dos noches, tres noches. Todas con el recorrido de sus días. La tía Irma está ahí en una cama del CEMIC de Saavedra, en la Internación de la Guardia.

Ve doble del ojo derecho. Está en observación. Le hacen estudios. A ella no le agradan las resonancias magnéticas. Las mismas que le señalaron no era nada grave. "Hacen mucho ruido. Tenía razón tu mamá", dice con una sonrisa ancha que cuenta que pronto volverá a su casa en Vicente López. Poco después de la certeza del regreso, preguntará cuándo juega Banfield, el equipo de su corazón.

En el rincón menos pensado, en la circunstancia menos cómoda, la magia sucede. Una doctora de tamaño breve pero de amabilidad inmensa le dice a la tía Irma -con palabras cómodas, con dulzura de Patch Adams- que en un rato ya va a poder irse. Un instante antes pasó una neuróloga que también la invitaba a la sonrisa.

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"Dan ganas de ser médico acá", cuenta mi amigo Rodrigo, doctor por nomenclatura, pero abogado por estudios. A él le pasa lo mismo que a mí. Admiramos a los médicos que se parecen a los de las series. Apasionados, generosos. "Falta Trece (la bella médica del clan de Doctor House) y hay que quedarse a vivir acá", agrega Rodrigo.

Por teléfono, en esos momentos de angustia, asesora Alejandro Paoletti -doctor de la Fundación Favoloro, también mediocampista valioso en el fútbol amateur de la UBA, en un equipo que se llama Misura Leyendas- y desde la distancia de la Universidad Austral, Lucía Alba Ferrara -neurocientífica formada por los rincones del mundo, quien alguna vez vendió comida rápida en White Hart Lane, la vieja cancha del Tottenham Hotspur- ofrece opciones para ampliar el diagnóstico.

Y la sensación late. Es una belleza: a la tía Irma la cuidan un montón de abrazos invisibles. De esos médicos que agradan.