Mundos íntimos. Pasaron 8 años desde que murió mi mamá hasta que pude hacer el duelo, antes era como si nada hubiera pasado

Sociedad
Lectura

Hiciste el duelo de tus muertos?
Yo no.
Ella murió, y yo no me enteré. Recién lo asumí años más tarde.
​Me había quedado a dormir en lo de

Germán, mi novio en ese momento. No recuerdo qué día era, sí recuerdo el sonido del teléfono en la madrugada y esa mañana en la que desayuné con la muerte.

Mirta era mi mamá. De Sagitario, mi luna. Murió a los 50 años, casada con tres hijos. A los 30 le diagnosticaron hidrocefalia. La operaron y le pusieron un tubo que iba desde la cabeza hasta el perineo para que pueda drenar el líquido cefalorraquídeo. Y zafó. Menos mal, yo era una bebé.

Juntas. La autora, de chiquita, con su mamá en la playa.

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Veinte años después ese tubo se tapó. Era enero del 2001, un sábado de mucho calor y mamá se acostó a dormir la siesta. Pasó la tarde, entró la noche y no despertaba. Papá llamó al Same y de urgencia se la llevaron al Hospital de Quilmes. Decidí acompañarla en la ambulancia, sin tener en cuenta que a partir de ese momento mi vida iba a cambiar para siempre. Pasamos tanto tiempo en piloto automático, como si nada, dormidos, para que un instante así te despierte. Recuerdo la desesperación de mi hermana, de vacaciones en Brasil y sin encontrar vuelo de regreso a Buenos Aires.

Estuvo más de 9 meses internada en el Hospital Fiorito. En los últimos tiempos su cuerpo estaba raquítico, lleno de escaras. Sus ojazos verdes ya no se abrían. En una de esas, cuando le acariciaba la mano, ella lograba mover un dedo de forma tan sutil, que yo apenas podía percibirlo. Sin embargo, sentirla en ese pequeño gesto me hacía emocionar. Era tan linda mi mamá y estaba tan fea. No solo soportó 10, 12 o 14 operaciones -no recuerdo exactamente la cantidad, llegó un momento que perdí la cuenta- sino que volvió a la vida luego de superar dos paros cardíacos. En uno permaneció muerta varios minutos. Sí, Mirta era de otro planeta.

Complicidad de mujeres en el último cumpleaños que pasaron juntas.

Complicidad de mujeres en el último cumpleaños que pasaron juntas.

Una tarde, llevaba más o menos 6 meses en el Hospital, su médico de cabecera no estaba. Salió a darnos el parte médico uno caído del catre, y nos dijo:

-Este cuadro es irreversible, si quieren les miento, pero esa es la verdad.

-Qué profesión de mierda tenés, quise contestarle, pero me callé. Sabía que tenía razón, a pesar de su frialdad.

Me fui a sentar al cordón de la entrada del Fiorito, a llorar con un dolor que nunca más volví a sentir. Imagen que recuerdo hasta el día de hoy, sobre todo cuando mi hermano se acercó por detrás y mientras me apoyaba su mano en el hombro, me dijo:

-No llorés más Fer, por favor

-Cómo no voy a llorar, Dami, si mamá no va a conocer a sus nietos, le contesté.

A partir de ese momento decidí no visitarla más. Literalmente se me cerró el corazón. Recién volví a verla tres meses después, un día antes de su muerte. No tengo muchos recuerdos de cómo me sentía en esos meses que no iba a verla. Al día de hoy mi memoria tiene baches de esa etapa. Sí recuerdo que trabajaba mucho, en aquel entonces laburaba en el Hotel Alvear, me había recibido en Administración Hotelera, trabajaba tantas horas seguidas que me quedaba a dormir en el hotel. Es más, cuando pasó el atentado a las Torres Gemelas, 11 de septiembre del 2001, estaba en una habitación del hotel desayunando, prendí la televisión y así me enteré. Mi mamá murió ese mismo año, ese mismo mes, una semana y un día después del atentado: 19 de septiembre del 2001.

Años más tarde le pregunté a mi familia cómo recordaban mis meses de ausencia. “Me enojaba muchísimo tu actitud, no entendía cómo no estabas ahí sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida a mamá. Cómo no sentías la necesidad de acompañarla o cuidarla. Con los años entendí que no podías y que esa era tu manera de lidiar con el dolor”, dijo mi hermana; hasta ese momento nunca había salido el tema. Mi hermano era chico para ese entonces. “Te soy sincero no recuerdo por qué no ibas, pero estimo que era porque no querías verla así, por ahí preferías quedarte con los buenos recuerdos”. Mi viejo me contó que para la misma época, me quedé una noche a cuidar a mamá y me la pasé llorando. Una médica le sugirió que no me quedara más por las noches: “La vi muy sensible a su hija y eso no es bueno para ella ni para su mujer “. Esa noche no la recuerdo. Tampoco recuerdo que mi padre me lo haya dicho en aquel momento. Es lo que digo, los baches de mi memoria.

Y así fue. Eso me pasó, se me cerró el pecho.

Mi mamá murió en 2001 y yo comencé su duelo en el 2008. Fueron raros esos años de desconexión, pasaban como si nada las fechas de su aniversario, de su cumpleaños, del día de la madre. En aquel entonces yo no sabía que podíamos estar años sin hacer el duelo de nuestros muertos, hasta puede pasar que muramos sin hacerlo. Yo negué la muerte de mi mamá, claro que no lo hice adrede, más bien fue sin querer.

Con los años entendí que semejante bloqueo fue la única manera que encontré para seguir adelante, sin embargo, el dolor seguía latente, escondido en algún lugar inconsciente esperando salir algún día. Y ese día llegó. Una mañana, parece joda, pero justamente era el día de su cumpleaños, 10 de diciembre, me desperté llorándola por primera vez, era domingo para colmo. Para ese entonces había tomado dos grandes decisiones luego de separarme de Fernando, mi pareja en ese momento: irme a vivir sola y comenzar yoga, Ashtanga Yoga. Se ve que en ese contexto junté valor para empezar el duelo. Hasta ese momento nunca había llorado por su muerte, no había sentido dolor por su pérdida, ni la recordaba. Yo digo que se metió en mis sueños para despertarme de una vez, para que comenzara a ordenar mi vida que hasta entonces era un caos, o más que un caos no era una vida auténtica. Ella siempre me decía “vivís en la luna de Valencia” y tenía razón, aún hoy la visito cada tanto.

Fue tan duro como liberador hacer el duelo, me reencontré con mi mamá en la eternidad del amor, algo que solo se siente cuando lográs transformar el dolor en amor, algo parecido a lo que Freud explica en su texto Duelo y melancolía cuando dice que una vez que el duelo cumplió su trabajo volvemos a ser libres: “El duelo es una reacción frente a la pérdida de una persona amada. Se lo supera pasado cierto tiempo. Puede no desarrollarse normalmente y dar lugar al denominado duelo patológico. Dolor, pérdida de interés por el mundo exterior en todo lo que no recuerde al muerto, la incapacidad para el trabajo productivo. Una vez que el duelo cumplió su trabajo, el YO se vuelve otra vez libre y desinhibido”. Y se me viene otra persona a la cabeza, mi amiga Juliana que también perdió a su mamá. Tantas veces hemos charlado sobre nuestras madres y en una de esas charlas me dijo algo que hasta hoy me resuena: “La peor condena no es la muerte, Fer, es el destierro. Mientras no puedas hacer el duelo de tu mamá no podrás incorporarla a tu corazón. Mientras la recuerdes ella seguirá viva. La verdadera muerte es el olvido”.

Pero hablemos ahora de amor, lo opuesto a la muerte. Momento de recordar como conocí a Fernando, sin duda un gran amor. Trabajando, yo era su jefa. La primera vez que lo vi fue como una escena de película. Yo era maitre del Club Francés de Recoleta -del Alvear me fui a laburar ahí- estaba en el salón armando la carta de vinos, y en esos gestos que hacemos sin pensar, levanté la cabeza y lo vi entrar al hall principal, nos separaba una puerta de vidrio corrediza. Venía con un currículum en la mano a probar suerte, y la tuvo. Al tiempo me confesó que fui el motivo que lo llevó hasta ahí. Estuvimos 5 años juntos, vivimos en San Telmo, pero un día se terminó. Probé varias posturas para llorar a moco tendido por esa separación: en el baño tirada en el piso, abrazada a mis piernas; recostada en la cama posición de feto; bajo la ducha sentada en indio con el mentón al pecho; abrazada a una amiga o a mi almohada.

Tantas veces me senté en algún barcito de Plaza Dorrego a pensarlo, tantas veces caminé por Defensa para encontrarlo. Recuerdo una tarde de calor, yendo al Correo Central en el 22, me bajé de sopetón en la esquina del Británico, porque me pareció verlo, y no. Lo confundí con no sé quién. Es que siempre tuve la esperanza de volver a verlo, como a mi mamá. Es que en verdad, era a mi madre a quien lloraba a moco tendido y a quien buscaba entre la gente.

Recuerdo cómo hice parte del duelo en mis prácticas de yoga. Más de una vez, me fui enojada en la mitad de una clase o se me escapaban las lágrimas en las flexiones hacia adelante cuando se me venía a la mente la cara de mi mamá. Tiempo más tarde me enteré que esas posturas representan el pasado. Recuerdo mi enojo cuando llegué a mi sesión de psicoanálisis reclamándole a mi terapeuta por qué no me ayudó a hacer el duelo ni bien falleció y me contestó: “Siempre te nombraba a tu mamá, intenté una y otra vez traerla a las sesiones, pero no prestabas atención, no era tu momento para asumirlo Fernanda, ahora lo es,”. Y bajó de su biblioteca un libro de psicoanálisis y me lo regaló: “Leélo y vas a entender cómo funciona nuestro inconsciente”.

Recuerdo cuando llamé a mis hermanos preguntándoles si habían hecho el duelo: “Sí Fer, aun hoy lo sigo haciendo, creo que nunca dejamos de hacerlo”, me dijo Andrea. “Sí Fer, ¿por qué te crees que lloraba en los partidos de tenis? Porque perdía no, porque extrañaba a mamá”, me dijo Damián. Papá en cambio me contestó: “No Fer, creo que no lo hice, recién ahora lo estoy haciendo, como vos”.

Recuerdo ir por la vida preguntándole a la gente si habían hecho el duelo de sus muertos, no quería que vivieran lo mismo que yo. Recuerdo mis arrebatos de escritura en los cuadernos Rivadavia apilados al costado de mi cama. Recuerdo el entusiasmo de empezar a estudiar Periodismo para acomodar mis palabras y sin querer acomodé mi vida. Recuerdo cuando me recibí. Es que gracias al yoga y a la escritura mi vida cambió, se ordenó. Recuerdo aquello que una vez le escribí a mi vieja: “Qué ironía saber que tu muerte es el precio que pagué para encontrarle sentido al mundo, mi mundo. Alguna vez escuché decir que una madre es capaz de hacer eso por una hija”, y con esa frase recordé a mi abuela.

Ella me contó que mi mamá antes de morir le dijo: “Por favor necesito que vivas muchos años más y cuidés de mis hijos”. Se ve que mi mamá nos veía chicos para dejarnos: mi hermano tenía 12, yo 21 y mi hermana 24. Cuando mi abuela se enfermó, se tomó tan seriamente esto de quedarse que, aún internada, no quería cerrar los ojos por miedo a no volver a abrirlos. Habían pasado más de 24 horas y seguía sin dormir. Digna de leonina, rendirse jamás.

La segunda noche de internación me quedé a cuidar a mi abuela. Ella no estaba bien y la medicaron para que descansara, ya casi había perdido la conciencia. Durante la madrugada, luego de hacerle un poco de reiki, me acerqué al oído y le susurré: “Abue, andá tranquila, nosotros ya estamos grandes”.

Mi hermano se quedó la noche siguiente y a las 2 de la madrugada -ya era mi cumpleaños- me llamó para decirme que mi abuela había fallecido. Supe que iba a elegir ese día, cosas que uno intuye, corazonadas. Esa mañana mi hermano me contó: “¿ Sabés Fer? Unas horas antes de que la abuela se muera, le dije: «¡Vieja! -así la llamaba él -, andá tranquila, nosotros ya estamos grandes y podemos cuidarnos solos».” Se ve que nos escuchó.

Y también escuchó a mi mamá. La vieja se quedó 11 años a cuidarnos. Se fue con 95. Días antes nos cocinó tortas y matambres caseros.

Vos, ¿Hiciste el duelo de tus muertos?

Yo sí.
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Fernanda Iturriaga es periodista, escritora, instructora de Ashtanga Yoga. Amante del arte y fanática de la astrología. Sus pasiones están compartidas entre la escritura y la espiritualidad. Hace unos años viajó a India donde vivió en un ashram y compartió sus prácticas de yoga y meditación con grandes maestros. Sus días transcurren redactando notas para Revista Ohlalá y un diario digital, escribiendo de a poco su libro autobiográfico y dando clases de Asthanga Yoga. Actualmente cursa una Maestría en Escritura Creativa y un Posgrado en Pedagogía. Vive en Quilmes con ganas de mudarse a San Telmo. “Me hubiese gustado ser cantante, tal vez en la próxima vida Dios me dé la voz de Janis Joplin, mientras tanto tomo clases de canto porque cantar me hacen feliz”