El caminante infinito: un baqueano hizo a pie 200 kilómetros en más de cuatro días para recuperar sus chivas

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El viernes 7 de junio a las 7.30 de la mañana, Juan Carlos “Cachiche” Díaz atravesó la puerta de su rancho, ubicado a 10 kilómetros de Sierra Grande, Río Negro, para

descubrir que sus 16 chivas preñadas se habían esfumado. Habían quebrado el encierro del alambrado empujadas por el instinto de comer más pasto y beber agua en algún arroyo.

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Sólo quedaba el rastro de sus patas que conducían hacia lo más profundo de la Línea Sur, una de las geografías más agrestes y frías de la Patagonia y de la Argentina, que puede llegar a ofrecer temperaturas de 20 grados bajo cero y nieve constante.

“Cachiche” no dudó. Se aprovisionó con agua, un trozo de carne asada y salió detrás de sus animales acompañado por sus dos perros, un ovejero alemán y una dogo preñada, sin dar demasiadas explicaciones a su esposa, Cristina Soto. No tardó en darse cuenta que las chivas se habían soltado hacía mucho tiempo y le llevaban entre 12 y 24 horas de ventaja.

“No podía perder mi capital, tenía que recuperarlas, no las iba a dejar”, le cuenta “Cachiche” a Clarín recordando su hazaña.

Algún día los libros de historia del sur contarán que el humilde gaucho Díaz recuperó efectivamente su rebaño, pero que para lograrlo tuvo que caminar en soledad 200 kilómetros a lo largo de cuatro días y medio, sobre una superficie de dominio exclusivo de los animales salvajes como el jabalí, el puma y el guanaco, y en la que no hay huellas para vehículos.

Durante todo ese tiempo se alimentó de carne de “peludo” (quirquincho”) y agua. Por las noches se refugiaba en ranchos abandonados y encendía el fuego para defenderse del frío y mantener a raya la peligrosa curiosidad de los jabalíes y los pumas que rondan en gran número la zona.

Su búsqueda disparó otra pesquisa, la que iniciaron sus familiares, amigos, policías de la Unidad 13 y Bomberos Voluntarios de Sierra Grande y otros pueblos cercanos para dar con su paradero.

Lo buscaban en los campos de Carmelo Morón, en Flor de Liz, en lo de Otero, en Los Berros, en Arroyo Ventana, y nada.

La hipótesis más fuerte que manejaban los baqueanos era que Díaz había caído en un cañaveral profundo, se había quebrado y muerto congelado a la intemperie. En esta época del año en las áreas rurales que atravesó el hombre, al pie de la Meseta de Somuncura, las temperaturas alcanzan los cuatro grados bajo cero.

Díaz iba apenas protegido por una campera de algodón, unas bombachas de gaucho y zapatillas para trotar. Su típica boina y su cuchillo los perdió en algún punto de su improvisada hoja de ruta.

“Arranqué y le fui metiendo pata y metiendo pata, yo iba tranquilo. A la noche me protegía en los ranchos, en taperas y encendía el fuego, con el fuego no te agarra el frío”, relata.

“Como andaba sin comida, los perros me agarraban los peludos y me los comía, tenía una botella de agua así que andaba bien”, agrega.

La travesía de Díaz era también una carrera contra el tiempo. “Cachiche” sabía que pasando el pueblo Arroyo Los Berros se inicia una zona de inmensas extensiones que desembocan de pleno en la Línea Sur, Sierra Paileman y en definitiva en la Meseta de Somoncurá. Son kilómetros de desierto, cerros y cañadones en los que, con toda seguridad, perdería para siempre a su rebaño. “No las iba a dejar”, afirma.

Al llegar a Arroyo Los Berros, a 100 kilómetros de Sierra Grande, siguió de largo en un desesperado intento por bloquear el andar de sus animales. No está seguro cuánto caminó aunque pudieron ser entre 40 y 50 kilómetros a buen ritmo y con las piernas ya muy doloridas y los pies heridos.

Las chivas estaban a punto de desaparecer en la infinita tierra del sur. En algún momento tuvo que reconocer que no iba lograrlo. Que volvería a su hogar con las manos vacías.

“En esos campos no hay nadie, los viejos se murieron y los jóvenes no se quedaron. Hay leguas y leguas y no vive ninguna persona. Nunca le perdí el rastro a los animales pero si se metían campo adentro no las iba a agarrar. Y tenía las 16 chivas a 10 días de parir”, explica.

El martes 11 alrededor de las 20.30 unos gauchos a caballo lo descubrieron en el campo de Daniel Cardozo. “¡Cachique lo andan buscando todos en Sierra Grande, hasta la policía!”, le indicaron nerviosos y aliviados los hombres de campo.

Díaz, que se no encontraba ni se sentía en emergencia, les contó que quería seguir hasta alcanzar a las chivas que él calculaba estaban a unas 10 horas de distancia, probablemente en alguna aguada o sector de pastos. Los baqueanos le aseguraron que ellos se ocuparían de recuperar su rebaño y que mientras tanto él se pusiera en camino hacia Arroyo Los Berros para tranquilizar a su familia.

Entonces “Cachiche” desanduvo el mapa para cerrar el círculo de un verdadero récord de resistencia y aguante criollos. En total había atravesado no menos de seis estancias detrás de las chivas.

“En Los Berros me encontré con los vecinos, con los bomberos y la policía de inmediato me llevó a mi y mis perros a Sierra Grande. Todos se alegraron y me trataron muy bien”, cuenta.

Un médico le hizo exámenes de rutina que ofrecieron resultados satisfactorios. Salvo algunas magulladuras en los pies su estado de salud es perfecto. El lunes viajará a Cipolletti para revisarse en una clínica especializada en cardiología. “Me siento bien y si pude caminar 200 kilómetros en cuatros días no debo estar mal del corazón”, bromea.

Mientras tanto las chivas todavía lo esperan a resguardo en Arroyo Los Berros.

GS / AS

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