Mi primer Día del Padre, un espanto por el apagón

Sociedad
Lectura

Salvo por la sonrisa maravillosa de mi hijo Aquiles, de diez meses, que sonríe siempre, con sol a pleno o en penumbras, mi primer Día del Padre fue, digamos, un espanto.

Llueve, llueve y llueve. Vivo en un piso 17, en Callao y Riobamba. El departamento está a oscuras. Es domingo a la mañana pero me tengo que cambiar para venir al diario. No encuentro el jean, me pongo un jogging. ¿Voy a ir a la redacción en jogging? Sí, ¿cuál es? ¡Hoy me siento el Loco Bielsa!

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A tientas, tratando de no golpearme el dedo chiquito del pie izquierdo con el borde del inodoro o del bidet, un rato antes había entrado al baño como quien entra al Tren Fantasma: con angustia, atemorizado. ¿Habrá agua?, pensé. ¿O tendré que ir a pegarme una ducha al Megatlón ubicado en Rodríguez Peña y Santa Fe, como hice durante los tres meses que los amigazos de Metrogás me cortaron el suministro?

Con más dudas que Samantha, abro la canilla. Por las dudas, consciente de que el agua se puede interrumpir en cualquier momento, me pego una ducha rápida, rapidísima. Salgo. Me miro al espejo. No veo nada.

El problema, en estos casos, es la heladera, las cuatro mamaderas de Enfabebé que la noche anterior preparé para que Aquiles tuviera su alimento diario. Y su comida, claro: sus potecitos de calabaza y carne, y sus yogures y su infaltable Shimmy de vainilla. Si no hay luz, ya se sabe, se echa todo a perder.

El problema, también, es el ascensor. No será la primera vez que me toque bajar por las escaleras. Por suerte, ya lo dije: llevo puesto el jogging.

Afortunadamente, anda el generador. El circuito por los 17 pisos quedará para otro momento.

Al fin de cuentas, no sé de qué me quejo. Soy un llorón, un flojo que no hace otra cosa que enumerar incomodidades de pequeñogranburgués.

Además, mientros escribo estas líneas, Paula, mi mujer, me avisa por WhatsApp que en casa ya volvió la luz. Y Aqui tendrá sus mamaderas y su comidita.

Los que la están pasando verdaderamente mal son otros: los que no esperan que vuelva la luz porque nunca la tuvieron.

O mi papá, a quien este sábado internaron de urgencia en la unidad coronaria de la clínica Adventista, y, más allá de que descartaron que tuviera un infarto, lo van a dejar allí “48 horas en observación”.

Feliz día, pa: en un rato salgo para allá a darte un abrazo.