Los desafíos de ser astronauta hoy, a 50 años de la llegada del hombre a la Luna

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Primero vinieron los pilotos de prueba –hombres que poseían lo que Tom Wolfe denominaba “lo que hace falta”- que volaban en aeronaves experimentales. Era un trabajo absurdamente peligroso con un índice

de mortalidad acorde. La NASA los puso en cápsulas, los presentó como los Boy Scouts y los llamó astronautas.

Después llegaron los hombres del Apolo que plantaron la bandera estadounidense en la superficie lunar. Los astronautas ahora eran exploradores de un modo nuevo y dejaban huellas en un terreno nunca pisado.

Buzz Aldrin y Neil Armstrong durante un entrenamiento previo al viaje que llegó a la Luna. (Reuters)

Buzz Aldrin y Neil Armstrong durante un entrenamiento previo al viaje que llegó a la Luna. (Reuters)

Luego siguió el programa de transbordadores espaciales, y el rostro del astronauta estadounidense cambió. Ya no era dominio exclusivo de los pilotos de aviones militares, en tanto los científicos y los ingenieros se incorporaron a la idea que tenía el público de quién era astronauta. Ahora se parecían más a Estados Unidos: hombres y mujeres de muchas razas y vocaciones. Fueron incluso casi trabajadores de la construcción al construir la Estación Espacial Internacional, una de las mayores proezas de ingeniería desde las Grandes Pirámides.

Los astronautas de la NASA Jack Fischer y Peggy Whitson, en una foto tomada en 2017 en la Estación Espacial Internacional. (AFP)

Los astronautas de la NASA Jack Fischer y Peggy Whitson, en una foto tomada en 2017 en la Estación Espacial Internacional. (AFP)

¿Qué significará entonces ser astronautas mañana? Pronto no se parecerán casi en nada a los hombres que caminaron sobre la luna. El nuevo programa lunar de la NASA, llamado Artemis, promete que no serán todos humanos los que emprendan una caminata lunar. Y los astronautas estadounidenses no necesariamente usarán el escudito azul con la palabra “NASA” bordada en él.

Imagen ilustrativa de la misión Artemisa, con la que la NASA prevé llevar astronautas a Marte en 2024 y establecer una base hacia 2028. (NASA)

Imagen ilustrativa de la misión Artemisa, con la que la NASA prevé llevar astronautas a Marte en 2024 y establecer una base hacia 2028. (NASA)

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Para los potenciales viajeros espaciales estadounidenses, la NASA no es la única posibilidad a su alcance. Las implicancias trascienden lo práctico y tocan lo más hondo de la cultura estadounidense. Y, como en cualquier trabajo, cuanta más gente lo ejerce, menos especial parece. Los pilotos de líneas aéreas comerciales en una época eran como superestrellas a los ojos de los estadounidenses. Los pilotos no son menos impresionantes hoy, pero la cantidad ha reducido su prestigio.

Del mismo modo, la valentía de alguien que quiere dejar la Tierra a bordo de un cohete es incuestionable, pero la exclusividad del trabajo disminuirá… lenta pero inexorablemente. Empleados no gubernamentales pronto saldrán de la tierra en sistemas de lanzamiento no gubernamentales de puertos espaciales no gubernamentales.

“En alguna medida, estamos inventando esto mientras avanzamos”, dijo Christopher Ferguson, que comandó dos veces transbordadores espaciales como astronauta de la NASA. Luego agregó: “La NASA, otros países con programas espaciales y la industria van a tener que ver cómo astronautas no de la NASA y no internacionales se incorporan al redil”.

Christopher Ferguson (en el centro, con micrófono) en una imagen captada en la Estación Espacial Internacional en 2008. (Reuters)

Christopher Ferguson (en el centro, con micrófono) en una imagen captada en la Estación Espacial Internacional en 2008. (Reuters)

Una nueva frontera para el sector privado, Ferguson se entrena de 8 a 20 en el Centro Espacial Johnson de la NASA en Houston. En un día típico reciente estuvo cinco horas en una simulación de lanzamiento con el equipo de operaciones de la misión. Se entrenó junto a Sunita Williams, que también voló dos veces al espacio y es una veterana de la estación espacial.

A mitad de la sesión, ambos intercambiaron roles, preparándose para las situaciones que podrían surgir en una misión real. El resto del día se destinó a planear la gestión de la cronología al introducir una tripulación en un cohete, de modo que, cuando se cierre la escotilla, adentro esté todo lo necesario y afuera también.

Cápsula Starliner

Cápsula Starliner

La diferencia entre Ferguson y Williams es que Ferguson no trabaja para la NASA. Trabaja para Boeing y volará en la primera misión tripulada de cápsula Starliner. Boeing y SpaceX son parte de Commercial Crew, un programa con apoyo de la NASA por el cual se ha encargado a empresas estadounidenses construir naves espaciales capaces de transportar astronautas a la estación espacial. La NASA ha recurrido al programa espacial de Rusia para lanzar astronautas desde que el último transbordador regresó a la Tierra en 2011.

El primer lanzamiento tripulado de la Starliner, que llevará a Ferguson, podría realizarse este año y representará una nueva era en el vuelo espacial humano. Ferguson es parte de un nuevo tipo de cuerpo de astronautas que trabajará junto a la tripulación de la NASA. Si el gobierno de Trump destina más financiamiento a Artemis, su programa quinquenal para volver a enviar astronautas a la luna, podría acelerar la importancia de los astronautas privados como los de Boeing.

Además de los conductores que cobran en forma privada en los viajes a la estación espacial, otras empresas planean poner a personas en órbita y más allá en la próxima década. Virgin Galactic y Blue Origin pronto podrían llevar a sus clientes a viajes suborbitales al espacio. Después está Axiom Space, compañía de Houston que tiene intenciones de empezar a construir este año una estación espacial privada para turistas espaciales ricos. Axiom prevé lanzar sus primeros dos módulos en 2023. Por esa misma época, SpaceX dice que llevará a Yusaku Maezawa, un empresario japonés, y a los artistas invitados por él en una misión privada alrededor de la luna.

El empresario japonés Yusaku Maezawa (AP)

El empresario japonés Yusaku Maezawa (AP)

Los aspirantes a viajeros espaciales de pronto tienen opciones. Y, según a quién uno le pregunte, son tan astronautas como los que trabajan para la NASA.

¿Quién es astronauta?

A quién denominamos astronauta es un tema que ha provocado una serie de disputas durante la breve historia de los vuelos espaciales humanos.

La Administración Federal de la Aviación le otorga alas de astronauta a todo el que vuele a 80 kilómetros de la superficie de la Tierra. Sin embargo, la NASA no siempre ha sido tan generosa con el título.

“Hay astronautas –no todos, pero sí algunos- que consideran que ‘astronauta’ es un nombre que debe reservarse a los empleados del gobierno”, dijo Lori Garver, exadministradora asociada de la NASA.

Menciona a Charles Walker, que voló en tres misiones del transbordador espacial. Su biografía oficial en la NASA, no obstante, no lo llama astronauta. Se lo clasifica sólo como “especialista en carga útil”. Como trabajador no gubernamental, era responsable de llevar a cabo experimentos sumamente técnicos en el espacio. El material de prensa de la NASA en ese momento evitaba especialmente usar la palabra astronauta al referirse a Walker, y un documento lo llamó específicamente “no astronauta”.

“Para mí, lo de Charlie Walker es muy ofensivo”, dijo Garver. “Era un tipo que arriesgó su vida igual que el resto. Hizo grandes cosas en esas misiones… y eso fue antes de la catástrofe del Challenger. El transbordador de aquel momento era un sistema muy experimental”.

Para la NASA y sus empresas asociadas en 2014, las luchas internas para determinar quién recibía el nombre de astronauta se intensificaron cuando Michael Alsbury murió durante un vuelo de prueba en el SpaceShip Two, nave espacial de Virgin Galactic que se desintegró a velocidades supersónicas. La Astronauts Memorial Foundation se negó a agregar el nombre de Alsbury al Space Mirror Memorial, monumento a los estadounidenses que murieron en vuelos espaciales, en el Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida.

Entre los criterios para recibir un homenaje estaba el requisito de que los astronautas caídos estuvieran a bordo de una nave espacial lanzada o patrocinada por el gobierno. Pero ese requisito se añadió en 2006, en parte como respuesta a que el sector privado comenzaba a pisar terreno de la NASA.

El comité de homenaje de la fundación en marzo votó para modificar sus normas, abriendo la puerta a que se sumara el nombre de Alsbury. Se trata quizá de una aceptación renuente de lo inevitable: que el espacio ya no pertenece sólo a los gobiernos y que la expansión del horizonte de la humanidad es peligrosa para todos los que encaran esos esfuerzos, sea quien sea su empleador.

“Si una compañía como Boeing contratara personas para cumplir una función como esa –entrenadas para operar una nave espacial, cumplir una misión en el espacio como parte de una tripulación- para mí eso es también un astronauta profesional”, dijo Megan McArthur, astronauta de la NASA que voló al espacio en el transbordador Atlantis y dio mantenimiento al Telescopio Espacial Hubble.

Al mismo tiempo, conforme más civiles viajen a la órbita y más allá para completar trabajos comerciales o académicos o incluso sólo para volar en el espacio como turistas, McArthur dice que podría entender por qué algunos podrían recibir el nombre de astronautas. Comparó esos viajes con sus propias travesías como graduada, cuando estudió a bordo de naves de investigación oceánica.

“Había una tripulación que operaba la nave y un equipo que llevaba a cabo los estudios científicos”, explicó. Aunque ella conocía la embarcación y navegó en el mar, McArthur dice que no se habría considerado navegante profesional.

Pero no es la NASA la que otorga el título, dijo Garver, que defendió los viajes espaciales comerciales mientras estuvo en el organismo. Para ella, llamar “astronauta” a más personas no resta importancia a ese trabajo ni lo hace menos especial.

“La cultura decidirá cuál será la definición”, señaló. “Y creo que hemos hecho ese experimento. Si uno va al espacio, arriesga su vida: uno es astronauta”.

Traducción: Elisa Carnelli