¿Una política pública para las emociones?

Sociedad
Lectura

Recuerdo la noticia, publicada unos diez años atrás. Un redactor de cartas de Bombay, India, quedaba sin clientes. El solía poner en palabras las novedades que ellos, analfabetos, querían contarles a

sus parientes en sus pequeñas aldeas. Pero el auge del celular había terminado con su iniciativa: la gente prefería una llamada en horarios baratos al artesanal sistema de carta manuscrita.

Existe otro público que conoce bien las letras y suele tener niveles de educación altos. Le cuesta hasta el infinito, sin embargo, comunicarse, salir del estereotipo, buscar una palabra que sea solo suya y no la reiteración de una fórmula. Muchos se debaten entre escribir algo que no va a emocionar y pedir ayuda. Si lo hacen, el camino para recorrer no es inocuo. Un escritor-intérprete de calidad no va a inventar sino que necesita horas de conversación despojada, sin velos. Ahí recién podrá hacer su trabajo. Pedir ayuda cuando uno no logra transmitir lo que desea es noble aunque parezca plebeyo. Noble en el sentido de que peor sería dejar esas emociones sin destino y permitir que la falta de afecto -o lo que así se percibe- entorpezca el vínculo.

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Pero aunque suene irreal, bien podría haber una política pública para expresar las emociones. Quienes recorren los campus de las principales universidades estadounidenses (Harvard, Yale, Columbia) se sorprenden de la centralidad de los departamentos de Creative Writing no sólo en las currículas sino en lo arquitectónico, al lado de las facultades más tradicionales. Y, más aún, hay espacios para estas destrezas en los colegios secundarios e incluso en los primarios.

Nuestra educación ofrece pocas herramientas de escritura. Las carreras en general no pierden tiempo en eso, salvo algún programa muy específico. Pueden explicar el estilo académico, no el del compromiso subjetivo. Y en las escuelas, las redacciones trabajan el hacer: adónde fui, qué sucedió con la trama. Habría que animarse a que esos textos hablen de lo que se siente, de los procesos interiores. Porque si pensamos en los afectos, hay gente que conoce bien el lenguaje pero aún así se siente analfabeta.