Mundos íntimos. Después de 20 años y con 5 hijos, la Iglesia anuló mi matrimonio religioso con un ex monje benedictino

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Soy la mayor de los seis hermanos de una familia cordobesa. Cuando veía cuánto trabajo le dábamos a mi madre, juré que yo no formaría una familia numerosa. Gracias a Dios

incumplí esa promesa: tengo cinco hijos y tres nietas.

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Les voy a contar cómo después de 20 años de estar casada, la Iglesia Católica declaró inválido mi matrimonio con un ex monje benedictino.

Con su hija mayor. Aún no sabía si se casarían o si ella y él padre tendrían caminos propios.

Con su hija mayor. Aún no sabía si se casarían o si ella y él padre tendrían caminos propios.

Escribo desde Austria una historia con raíces argentinas. Conocí a mi ex marido, el padre de mis hijos, en los 80 cuando los dos estábamos en la secundaria. Fuimos amigos entrañables. Creo que lo admiré desde el principio porque era inteligente y sencillo. Tanto que a los 19 años regaló lo que tenía (que era bastante) y se fue a vivir a un monasterio. En los 8 años que él estuvo enclaustrado mantuvimos una correspondencia epistolar que atesoro y que si releo me parece naïve. Nos veíamos un par de veces al año cuando él visitaba a su familia en Córdoba (aprendí que la clausura benedictina no es tan cerrada como creemos). Yo estuve en un banco de la Iglesia cuando él hizo sus votos temporales y años más tarde cuando hizo su profesión solemne y se convirtió en monje benedictino. Dos ceremonias bellas, intensas y estremecedoras.

Nuestro romance comenzó en el 90 cuando coincidimos en Buenos Aires. Yo hacía una pasantía en el diario Clarín y él estaba estudiando Teología en Devoto. De esta relación –que fue por dos años una relación secreta y paralela a sus ires y venires monásticos y vocacionales– nació en diciembre del 91 nuestra primera hija, una niña de ojos grandes. Ser madre soltera nunca estuvo en mis planes, pero nunca me sentí discriminada o en situación de pecado. Lo más difícil fue decirle a mi madre que estaba embarazada y que no habría boda porque el padre, un viejo amigo de la familia, necesitaba tiempo para decidir si tenía vocación religiosa o si estaba enamorado de mí.

A mi madre le envié una carta escrita con mi Remington en papel del diario La Prensa cuando estaba en el octavo mes del embarazo. Ella se puso triste, pero me abrió sus brazos y me dijo que no debía casarme si no estábamos enamorados. Para mis amigos, para mis colegas y para mis hermanos fue anecdótico que el padre de mi hija fuera un monje.

En la constitución de nuestra familia hubo amor, pero también rupturas y presiones por parte del monasterio y de la familia de él. Después del nacimiento de nuestra hija, él estuvo un año por Europa, visitando algunos monasterios y meditando su decisión. Los monjes le ofrecían insertarse en otra comunidad religiosa o volver a la suya. Un día él me llamó y me pidió que dejara la niña en Buenos Aires con la niñera y me fuera con él a Roma para seguir conversando nuestro futuro. Yo no quise ir.

Cuando en el año 1994 finalmente decidimos casarnos –él con una dispensa y como ex monje– ya habíamos concebido a nuestro segundo hijo. Desgraciadamente, dos días antes de la boda y a causa de un pequeño accidente en el Jardín Botánico, mi embarazo se interrumpió. Terminé en el hospital donde parí un niño de siete meses sin vida. Me dieron de alta a las 8 de la mañana del día siguiente, a las 11 nos casamos por civil y esa misma tarde por Iglesia. Fue un día amargo y contradictoriamente feliz. Hicimos una fiesta sencilla en una casa de Palermo Viejo donde normalmente se hacían fiestas infantiles.

Yo no sentía ninguna culpa por haberme “robado” un hombre de Dios, pero sí experimentaba (y experimenté por largo tiempo) la responsabilidad de darle a esa persona más de lo que él había dejado atrás para estar conmigo. Mi responsabilidad era hacer feliz al que había sacrificado su vocación.

En el 96 nos fuimos a vivir a Alemania. Nuestra segunda hija, la que lleva el nombre de la Virgen morena que se celebra con luces el 2 de febrero, ya tenía un año. Mi ex haría su segundo doctorado en la Universidad de Tubinga. El plan era vivir cuatro años en Alemania, acompañarlo a él, y volvernos a Buenos Aires. Desde Alemania yo seguía escribiendo para La Voz del Interior, para BAE, para alguna revista… pero yo era allí un sapo fuera de su pozo. Pasaba mucho tiempo con las niñas y él enmarañado en sus libros y escritos académicos. A la hora de la cena estaba cansado y de mal humor… un modelo de familia que no es tan original.

En Alemania nació nuestra tercera hija, la que lleva un nombre “rusófilo” porque por esos años comenzaba él a acercarse a la Iglesia ortodoxa y también nuestro hijo, al que bautizamos con un hombre vasco para que quedara bonito con el apellido paterno. Una noche me vino con la idea de hacerse sacerdote ortodoxo porque, entre otras cosas, el sacerdocio de los ortodoxos es compatible con el matrimonio y la vida familiar. Se me congeló una pelota de acero blindado en la boca del estómago. El hombre que decía que me amaba seguía pensando en la “otra” mientras la vida familiar continuaba.

Yo contaba los días para regresar a la Argentina. Cuando en diciembre de 2001 el corralito puso al país patas para arriba, él me dijo: “Si te querés volver, volvete. Yo no me vuelvo”. El país había empezado a quedarle chico.

La pareja estaba baleada pero no se notaba mucho porque igual seguíamos funcionando como familia cristiana. Él enseñando, investigando y publicando sacrosantas verdades y yo disfrutando (y agotándome) de los niños y de las posibilidades que Alemania nos regalaba y de los amigos que siempre estuvieron por ahí abrazándome cuando me hizo falta.

El quinto de nuestros hijos, el que lleva el nombre del famoso santo de Asís, nació en noviembre del 2003, en Toronto, Canadá. Hasta allí nos fuimos con la intensión de echar raíces. Él había conseguido una titularidad para enseñar teología en la Universidad de Toronto. Ese fue un año brutal. No me acuerdo de haber trabajado tanto en mi vida como lo que trabajé en ese año y no me acuerdo de haberme sentido tan sola como me sentí entonces. Los niños, las rutinas, el cambio de idioma y, sobre todo la insatisfacción constante de mi esposo que enseguida estuvo desencantado de Toronto y poco a poco también desencantado de la vida familiar, de su pareja, de sus hijos. Todo empezó a quedarle chico y a serle poco.

Creo que ese año supe que algún día me iba a abrir de esta relación. Fue una decisión lenta por los motivos y los miedos que nos paralizan a muchas mujeres, por “proteger” a los hijos, por el deber de estar juntos hasta que la muerte nos separe. Y también fue lenta porque en el fondo seguía queriendo, respetando y temiendo a ese marido que se parecía casi nada al muchacho con el que habíamos intercambiado anillos en Guadalupe. Yo tampoco era la misma.

Contado así parece nada, pero estuvimos 8 años en Canadá. Yo comencé a trabajar en lo que siempre había hecho vocacionalmente: proyectos sociales, estrategias de inclusión. Era como una madre soltera con cinco hijos. Discutíamos mucho, sobre todo a la hora de cenar cuando alguno de los niños “daba la nota” o la comida no estaba caliente. Seguíamos yendo a Misa los domingos y los niños con nosotros a menos que tuvieran una buena excusa para faltar. Yo me rodeé de amigos, de estudiantes de español, de colegas, de proyectos. Esa ha sido siempre mi estrategia infalible de supervivencia a una pareja en la que no había diálogo ni discusión constructiva.

En el año 2011, cuando recibió una oferta de trabajo de la Universidad de Graz, en Austria, él saltó en una pata. Los niños y yo nos estremecimos. Mi hija más grande acababa de terminar el secundario y no quería irse. Yo pensé que había llegado el momento de separarnos. Pero otra vez me faltó coraje. Yo no me animaba a quedarme en Canadá con los niños y volverme a la Argentina ya no era una opción porque mis hijos hablan español como gringos y se consideran ante todo canadienses.

La situación familiar y nuestra relación no mejoraron con la mudanza. Los niños siguieron hablando en inglés y añorando lo que habían dejado atrás. Mi reintegración al mercado laboral se hizo cuesta arriba y, sobre todo, se hizo más marcada la insatisfacción de mi ex esposo conmigo y con los hijos. En ese tiempo se gritaba demasiado en mi casa. Yo no dormía muchas noches en la habitación matrimonial y estar con él se me hacía muy difícil. Él era un académico y profesor de prestigio internacional y yo su ama de llaves.

En el 2012 comencé una relación principalmente epistolar con otro hombre. Mi amante vivía en la Argentina y yo en Austria. Hablábamos y nos reíamos mucho. Él sabía de mi vida y de mi día a día familiar más de lo que mi propio esposo, siempre de viaje o encerrado en sus estudios, se interesaba en averiguar. Esa relación fue un paréntesis y cuando a este señor se le ocurrió enviarme un chiste antisemita, hice click y desapareció de mis contactos.

Cuando, controlando mi computadora, mi ex se enteró de mi romance, el final se desencadenó. Él me pidió por escrito, con palabras, con llanto, con arrepentimiento y mea culpas que no lo abandonara, que le diéramos otra oportunidad a nuestro matrimonio. Dijo que él me perdonaría mi infidelidad, que cambiaría radicalmente, que lamentaba haberme desatendido, haber puesto en un segundo plano a los hijos y a la familia. Lo dijo con lágrimas en los ojos. Yo sólo tenía que mirarlo a él y pensar en él y concentrarme en él. Una de las últimas “tarjetas de amor” que me mandó decía: “Tú no puedes hacer feliz a todo el mundo. Concéntrate en hacerme feliz a mí”. No le creí. No porque lo considere un mentiroso sino porque lo considero incapaz de pensar y de ejecutar fuera de su propio eje, poniendo al otro primero o siquiera al lado para marchar juntos.

Entonces vinieron la ira y las mezquindades que preceden a tantos divorcios. De todas maneras, nos divorciamos de común acuerdo después de más de 20 años de vida común. Él gestionó la anulación de nuestro matrimonio religioso con un escrito en el que declara haberse casado y permanecido conmigo bajo presión y a expensas de su vocación religiosa. Él declaró que habíamos tenido 20 años de pura infelicidad y que nunca quiso formar una familia. El juez de la Iglesia (porque la Iglesia tiene un sistema judicial propio) me invitó a declarar y a presentar testigos que lo convencieran de que esa tarde en la que se cortó la luz en Palermo Viejo nos habíamos casado por amor. En una larga carta le expliqué al señor juez que no me interesaba gastar mis nervios en una batalla contra el sistema vaticano que sabía perdida. En noviembre del 2018 recibí otra carta del Tribunal Diocesano de Graz Seckau: el matrimonio celebrado el 27 de julio de 1994 en la Basílica Nuestra Señora de Guadalupe, en Buenos Aires, es inválido a causa de la voluntad viciada de uno de los contrayentes, la voluntad de mi ex.

Así es como yo vengo a ser soltera para la Iglesia y divorciada para las leyes civiles. La anulación de mi matrimonio religioso fue para mí un golpe bajo. Mis hijos, que son menos católicos y más libres, hasta se rieron de la teatralización del final de esta historia. Yo no he perdido la fe, pero mi fe y mis esperanzas ya no están en la Iglesia Católica, una estructura de poder que fría y leguleyamente nos dio la espalda.

Todos estamos bien, aunque con heridas inocultables o que no queremos ocultar. Los dos niños más pequeños están en la escuela secundaria y viven conmigo. Mi hija mayor tiene una pareja alemana y me ha dado tres nietas, la segunda estudia psicología y tiene una pareja austríaca y la tercera, una militante vegana, tiene un novio inglés.

Yo, que siempre dije que jamás tendría una pareja con la que no tuviéramos la misma lengua materna, volví a incumplir una promesa. A fines del 2016 conocí a Franz. Lo vi parado en una esquina de Graz, esperándome con las manos en los bolsillos un mediodía claro y frío a comienzos de diciembre. El me encantó y me sigue encantando. Hablamos mucho. Nos escuchamos más. ¿Ese es el amor verdadero? No voy a preguntárselo a ningún tribunal eclesiástico. Ese es el rostro de mi felicidad esta mañana en la que celebro mi vida, su vida y la vida de mis hijos.
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Virginia Pérez Aráoz. Periodista y Comunicadora Social, nació en Córdoba pero vive en Graz, Austria, donde se dedica al diseño en implementación de estrategias de inclusión social. Escribir ha sido y es la pasión motora, las historias de vida su especialidad. En el trabajo con personas que hablan diferentes idiomas y ninguno común –en este momento, con mujeres refugiadas e inmigrantes– ha encontrado el nuevo desafío: contar la vida y comunicar los sentimientos sin palabras. Vive en un país de habla alemana con sus hijos que entre ellos hablan en inglés, disfruta leyendo y escribiendo en español y se desvela encontrando espacios en los que el idioma no sea una herramienta de exclusión. Hace 23 años que no vive en Argentina, pero vuelve cada año a reencontrarse con la familia y con los amigos, porque en definitiva ellos son su Patria.

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